Mientras cercenaba los vellos del interior de las aletas nasales he recordado a JE. La próxima vez no dejes de cortarte esos pelos, me espetaba irritado cuando nos veíamos, atardeciendo sus ojos oscuros tras las montañas de sus pómulos. A él le debo este hábito. A eso ha quedado reducido JE en mi memoria. Obviamente, el empeño de tironear de los pelillos del recuerdo, tiene sus frutos. Bajo el bulbo velloso, la piel irritada y el borbotoncillo de sangre está casi todo. El “casi” no es más que la licencia que confiere a la frase el regusto de humildad adecuado a la exégesis del hábito, que es lo que importa. No en vano, es lo que queda. Todo lo demás, con “casi” o sin él, ya no tiene relevancia. Cómo nos conocimos, cuántas veces nos vimos, lo que hablamos, lo que hicimos, a dónde fuimos juntos… En fin, esa historia que me tuvo de cabeza durante tanto tiempo y que quizá fue determinante para tantos acontecimientos venideros, ha quedado sepultada bajo la costra que un grueso y molesto vello negro arrancado dejó un día de propósitos renovadores. ¿Cuántos pelos me he tenido que arrancar de debajo de las aletas de la nariz para que el “todo” devenga en una sucesión tan esforzada como perezosa de hechos recitados tan desapasionadamente como una tabla de multiplicar? No llevo la cuenta de semejantes afanes. ¿Para qué? Lo que suscita mi curiosidad es que lo que un día me llevaba la vida en ello haya quedado reducido a una manía estúpida ejecutada con fruición de manera clandestina. Por no citar otras. ¿Cuántas personas han quedado arrumbadas en el camino no sin antes dejar en mi comportamiento un tic, un gesto, una mueca o una frase suya con la que responder ante ciertas circunstancias?: A F le debo, aparte de fumar, la costumbre de frotarme los pulgares bajo las mesas de los bares para sobrellevar los onerosos silencios cuando quedo con alguien con quién no tengo la suficiente confianza; a J entrelazar los dedos de las dos manos, y producir un chasquido digno de dentera al abombar los dorsos. Muy útil como sustituto del suspiro; a A, esa manera irónicamente beata de mostrar asombro con frases del tipo “¡Por los clavos de Cristo!” o “¡Santísima Virgen de Atocha!”; a C, terminar una risotada con un gruñido porcino; a L, sobetearme el lóbulo de la oreja derecha cuando estoy pensativo. Podría continuar y la lista sería interminable, pero para muestra esta botonadura. Incluso podría extraer reveladoras conclusiones, o inferir algunas reglas o leyes que permitan clasificar las personas, la influencia que tuvieron, la huella que dejaron, el tipo de relación que tuve con ellas, a partir del hábito he heredado. Así las relaciones tormentosas, tórridas y despechadas, como las de JE, dan lugar a un hábito regido por el par placer-dolor, como quitarse un vello de la nariz a tirones. Las relaciones amistosas que prometían y al final se esfumaron de la noche a la mañana, producen hábitos regidos por el par alivio-repugnancia, como pedorrear con la boca en lugar de decir ¡anda ya! o ¡a la mierda! Esto creo que se lo debo a P, o quizá sea a T. Ahora que lo pienso, uno no está exento de contagiar hábitos absurdos en los demás. Sin ir más lejos, anteayer, me quedé pensativo sin saber por qué, mirando a través del espejo del baño de mi empresa, como I se quedaba mirando al techo con la cabeza ladeada sacando la lengua mientras meaba. Ahora caigo, eso es mío.