El ferry acaba de entrar en la bocana de la bahía de Tánger. Los viajeros, deseosos de pisar tierra, se agolpan en la proa. Escrutan y husmean la ciudad ya al alcance de los sentidos, pero todavía desdibujada bajo unos párpados que se desperezan del cansancio del viaje. Enseguida la mirada comienza a enfocar la colina sobre la que se amontonan los cubos de la medina. La velocidad se ralentiza para comenzar la maniobra de atraque. Dos horas y media desde Algeciras, tan sólo 31 kilómetros y hemos cambiado de país y de continente. Estamos en el umbral de la puerta de África, a punto de descender el desnivel económico más pronunciado del planeta. Muchos lo cruzan para huir en busca del paraíso. Otros, en cambio, lo hacemos en sentido inverso, paradójicamente con el mismo objetivo. Unos y otros se cruzan, se esquivan la mirada, la sostienen y, a veces, se topan de frente. El estrecho es un remolino voraginoso de aguas y vientos, un calidoscopio de imágenes en colores primarios, de recuerdos, sueños y espejismos. A un lado y otro se ve al vecino quieto, distante, callado y gris, como desde el borde de una trinchera. Ya en tierra, sorteamos los grupos de caza-turistas que chapurrean todas las lenguas, y nos ofrecen sus servicios como guías. Por aquí pasan más de dos millones de personas al año. Especialmente intensos son los meses veraniegos en que miles de magrebíes, emigrantes en Europa, cruzan por este punto para regresar a su patria.
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