Creí haberlo olvidado. El polvo en las yemas de mis dedos al pasar, como acariciando el vientre de un amante, mi mano sobre el respaldo sucio de la silla, me ha hecho recobrar la vista, retroceder sobre las huellas del tiempo que he dejado sin rellenar. Ahí están, ante mis ojos, en forma de laberintos dactilares, para perderme, para delatarme. Ahora entiendo cómo fue que me quedé en blanco, por qué no saqué lo que llevaba dentro y escribí las respuestas. Estaba ofuscado. Perseguía obsesivamente una quimera y terminé persiguiéndome a mí mismo. Jugué a solas al policía y al ladrón, sin conseguir nunca atrapar ni ser atrapado. Está todo escrito. Mis manos levantan atestado de los hechos. Nihil obstat. El tiempo no pasa en balde. No es un río que muere en el mar. El polvo que cubre los objetos es el plácton que me transforma en salmón. Nado a contracorriente, remonto el curso de la ruta descartada en los momentos de persecución, surco los rápidos, me zambullo en las profundas aguas de los remansos y abro los ojos antes de proseguir por el cauce que me lleva al origen de todo. Donde muere el pez y nace el hombre. El que se pregunta por qué el cielo es azul aún cuando está cubierto de nubes oscuras, y aprecia el olor a raíces húmedas del aire tras la tormenta, pese a estar empapado y tiritando de frío. Quien tiene la piel escamada y respira por las heridas del costado.
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