Déjalo, no abras, será un pobre. Porque los pobres van a casa de los pobres a pedir. Lo aprendí de niño y lo acabo de recordar, mientras dejaba que sonara el timbre del telefonillo varias veces, insistentemente. Déjalo, me decía. Déjalo. Será… da igual. Solamente a quienes les da igual quién salga a abrir la puerta, se permiten llamar a casas donde no se recibe. Nadie es bienvenido. Mi puerta se abre y se cierra sin ser notada, como si no existiera. Mi casa no tiene puerta, solo muros. Por fuera, hay que echarle imaginación para afirmar que al otro lado pueda vivir alguien. Por dentro… Solo yo sé que tras la puerta no hay nada. Quienquiera que fuese se ha cansado, o lo ha intentado escaleras abajo. Parecía que sonaba el timbre del tercero, luego el segundo, el primero, y volvía el rinrín hasta el tercero, aquí no ha vuelto a subir. Como si el edificio respirara buscando el aire por lo bajo, esquivando el humo que se acumula en el último piso, que emana de mi casa en llamas. Así es como me he acordado de que había quedado contigo y me he quedado sentado, clavado como cuando llamaba un pobre cuando era niño. Déjalo, que se vaya a otro barrio, un barrio obrero, ese pobre desgraciado. Cuando éramos pobres éramos amigos. Compartíamos la miseria, el sueño de ser ricos. Ahora soy rico, pero me siento pobre. Tú, ya no. Ya no cabes por mi puerta. No tengo fuerzas para romper el muro que aporreas. Tendría que alimentarme. He tenido tanta hambre que se me ha olvidado como abrir la boca para comer, siquiera pan y agua, ni aire para respirar me entra. Me pregunto si estaré vivo, y mi casa no sea mi casa sino el féretro donde yazgo, y lo que oigo no es el timbre de la puerta, sino los rezos de quienes visitan a los muertos, los parientes, los amigos, puede que tú, recordando que, cuando pobres, estábamos vivos.
Leave a reply