A esto he llegado, fíjate tú. He reducido mi conversación, otrora fluida y enjundiosa, a dejar que otros se explayen mientras yo respondo con monosílabos o, si acaso y tirando de la reserva, salir por peteneras con un refrán o un lugar común. “Un día de estos” es mi favorita, por no decir la única, si me inquieren por algún rasgo de mi comportamiento, arraigado como las cicatrices de la varicela, aunque hoy en día se considere una aberración moral hacerlo o dejarlo de hacer: “¿cuándo vas a dejar de fumar? ¿por qué no te apuntas a un gimnasio?”, verbigracia. También es cierto, que a veces se me va la olla y lo suelto aunque no venga a cuento. “¿Por qué no me tiras la basura hijo, mientras yo preparo la cena?” Es lo malo de quedarse con la música y dar por sentado que todas las letras son iguales, y para qué molestarse en hacer trabajar a la(s) neuronas. “¡Como te arrime!” Replica mi madre ofendidísima. Entonces caigo en la cuenta. “¡Faltaría más, madre!”.

Ahora bien, de resultas de estar permanentemente en estado de alerta, acariciando la culata del revólver, lo que más deleite me produce es emitir sentencias lapidarias. Tengo una edad en que creo que… a ver como digo esto sin ofender a nadie… Resumiendo, que estoy hasta los huevos de todo lo que me rodea, empezando por mí mismo. Como la caridad evangélica, pero al revés. No se vayan a pensar que soy un borde. ¡Quiá!. Que tengo mi corazoncito, de piedra, pero lo tengo. Vamos, que de 24 horas que tiene el día, al menos un par de ellas, se me olvida el estamento sentimental al que pertenezco e, incluso hay quien dice que parezco humano. El resto del día, vamos, disparo a matar. Una de mis balas preferidas: “Esto es una casa de putas”. ¡Oh, me priva! ¿Hay frase más contundente, eufónica y genuinamente española, más si cabe que el chupachús o la fregona? He de decir que últimamente, como los políticos de izquierda y derecha, me estoy moderando, por no decir cursilizando, y ando buscando el centro en mis pronunciamientos. Desde el día en que, de nuevo, sin venir a cuento disparé munición del susodicho calibre, y ví aproximarse el caucho de la alpargata de mi madre a la velocidad del cachivache ese del parque de atracciones, girar sigilosamente alrededor de mi cadera y retroceder como un boomerang sobre mis nalgas, repetidas veces hasta ponerme el culo como la geta de un guiri en Torremolinos, la he cambiado por “Esto es una casa de lenocinio”, que, quieras que no, para mí, que soy un lince en léxico, dice lo mismo, y para el vulgo, en un 99 por ciento, ni se enteran. Y a uno que está centrado, sobretodo en sí mismo, ese extremo se la trae floja.

¡Ay que ver como está el mundo chico! Me decía un amigo ayer. ¡Esto es una casa de putas, Crescencio!. Lo de Crescencio es una concesión, porque se trataba de mi amigo Crescencio, valga la redundancia. Normalmente no soy tan espléndido. ¡Cuándo cambiará esto! Un día de éstos. Nótese que no he dicho: “Un día de éstos, Crescencio” pues semejante alarde de magnanimidad únicamente lo merecería un amigo íntimo, que no era el caso. Obviamente, una persona como yo no puede tener un amigo íntimo que se llame Crescencio. Y que me disculpen los Crescencios. Mis respetos, pero no podéis ser mis amigos íntimos. Un trauma infantil que no me apetece contar. Pues si lo hiciera, dicen los psicólogos que el trauma se esfumaría. Entonces qué coño haría una persona como yo sin traumas, o lo que viene a ser lo mismo, sin la razón de su existencia, la que justifica su enfrentamiento acérrimo con el resto de la humanidad.

Hablando de casas de putas, ayer estuve en una. Una de verdad, no hablo en sentido figurado. ¿Que cómo me dio por ahí? De esas cosas (otra de mis recursos lingüísticos, por cierto). Bajaba con mi coche por la cuesta de San Fernando, no sé a dónde iba, o quizás viniera de vete tú a saber dónde, en esto que empiezo a notar que el coche se va quedando sin fuerzas, que piso el acelerador y siento que no me responde. Como quien le pisa un pie a una estatua. A trancas y barrancas, entre pitidos de automovilistas histéricos que trataban de esquivarme, consigo hacerme con el andén. Llamo a la grúa. Le comunico mi posición. Estoy junto a una especie de entrada de camiones, pasado el puente de San Fernando, antes de la curva. Sí, sí, no me diga más, está uste al lado del Club. ¡Qué Club, ni que niño muerto! Contesto. Y el tío de la grúa, o eso creía yo por el tono viril de la voz, luego resultó ser una tía, machorra, pero tía, erre que erre con el Club. Pasaba el tiempo, los minutos como horas, y uno que es impaciente por naturaleza, me dije, ¡coño!, este tío (que en realidad era una tía), tiene mi móvil, pues que me de un toque cuando llegue. Me voy a refrescar la glotis al Club de marras. El Club, que no deja de ser otro eufemismo, de casa de putas. Y ahora esperarán que les cuente mi experiencia en la casa de putas. Pues lo siento, pero no viene a cuento. Como escritor, tengo por norma contar lo relevante y pertinente, y prescindir de detalles superfluos. Además, quién no ha estado en una casa de putas. Me refiero a las de verdad, no a los sucedáneos metafóricos, que en mi caso es casi todo lo demás. Una noche loca, una despedida de soltero, una tarde de despecho… ¡Será por ocasiones! El caso, es que me cundió para refrescarme la glotis y otras glándulas, antes de que me llamara el tío de la grúa, que, no sé si lo he dicho ya, en realidad era una tía. Eso fue minutos antes de que me encontrara con mi amigo Crescencio. ¡Coño tú por aquí! El tío, la tía, perdón, de la grúa se llevó el cascajo de mi coche, y yo me volví con mi amigo Crescencio a casa. Cuando paró el coche frente a mi portal me miró con ojos de rana hiposa y me salió con este comentario extemporáneo: “Oye, ¿te puedo hacer una pregunta personal?” Atónito, porque nadie nunca me había salido con una frase tan original, no supe que contestar. Ante mi silencio, debió deducir que debía proseguir con cualesquiera fueran sus inquietudes y añadió el siguiente y no menos sorprendente comentario: “¿Cómo es que un tío como tú, ya sabes, católico, de derechas y, perdona la expresión, maricón, se ha dejado caer por una casa de putas?” “Pues de esas cosas, amigo Crescencio, de esas cosas. Además yo no voy a casas de putas, si acaso a casas de lenocinio.” Después de esta confesión, aparte del favor que me hizo trayéndome a casa hasta la puerta, me vi en la obligación de añadir a mi amigo Crescencio el epíteto de íntimo, hecho que no deja de ser una contradicción, una bomba de relojería en los cimientos mismos de unos principios que yo creía firmemente asentados. Y En esas estoy. Tratando de buscarle los tres pies al gato al pastoso compendio filosófico que me he fabricado para tapar las grietas de un pensamiento prematuramente agrietado. No hay manera de que me duren las convicciones . Así me luce el pelo. “¡Te están saliendo canas!” Me decía otro amigo, todavía no íntimo, y cuyo nombre prefiero omitir, no sea que se repita el ejemplo de Crescencio. “Pues claro, so jilipollas, qué quieres, a mi edad, por lo menos no se me cae como a ti”. Lo mío es la réplica navajera. A las putas hay que tratarlas a patadas. Las sucedáneas me refiero, no las auténticas, que tienen todos mis respetos. Que tienen un oficio muy sacrificado. Y muy antiguo, por cierto. Oye, ¿y si me dedico a la prostitución y me dejo de tonterías? Un día de estos.