Querido T.K.P.

Hoy ha sido un día agotador. Más que eso. Siento cada día que pasa como una prueba divina,  y cada día me parece que estoy siendo sometido a la más dura de todas. Afortunadamente me quedan estos momentos de sosiego en la azotea después de comer, cuando los hermanos se encierran en la capilla a rezar, los niños están durmiendo y el resto de los voluntarios se ha marchado. Aquí puedo fumar sin que me amonesten, tomarme un chai pausadamente, y respirar el aire de Calcuta que, en este punto, mezclado con el fragor de la ropa tendida, las caladas de cigarro y los sorbos de te, se hace menos nauseabundo. Mientras tanto, te escribo. Sé que es un ejercicio inútil, que nunca llegarás a leer esto. Solo es una manera de demorar la pregunta que no tiene respuesta: ¿Dónde estarás?

Apenas han pasado diez días desde mi llegada. ¿Por qué he vuelto Tikepi? Todo sigue igual, pero nada es lo que era. Calcuta sigue siendo un infierno. El clima en esta época del año es igual de insoportable que durante el resto del año, solo que sin monzones la atmósfera es como una plancha rociada de ácido. No paro de sudar en todo el día. Si al menos pudiera ducharme en condiciones. Mientras froto mi cuerpo tengo la sensación de tener más sudor y gel que agua que cae como hebras deshilachadas, calientes y livianas. Los aljibes están en las últimas y por falta de lluvias cortan el agua de nueve de la mañana a nueve de la noche. Suficiente, piensan. Muchos días, ni siquiera me ducho por la noche. Antes de que vuelvan a dar el agua me he quedado frito. A veces, camino de Mother House por la mañana, me dan ganas de zambullirme en esas acequias horrendas que  hay junto a las mezquitas del barrio árabe, donde los mahometanos practican sus abluciones. Y qué decir del ensordecedor griterío de la muchedumbre caótica que transita por las calles, del atronador rugido de los cláxones de los autobuses, el desgarrador silbido de los raíles de los tranvías, de la lamentable letanía mortífera de los incontables menesterosos tirados sobre aceras destartaladas, del tintineo estridente de los cascabeles de los rickshaw wallaces… Todo eso que entonces me pareció armonioso y ahora lo percibo como fogonazos evacuados por las troneras del averno.

Hasta hace dos días, los niños eran mi refugio. A Santos le ha crecido un tupido bigote. Todas las mañanas me espera sobre el zócalo del zaguán, con sus largas y delgadas piernas cruzadas como un maestro de yoga, para que le alce y caminar con sus torpes zancadas de marioneta. No sabía que podía andar. Ladaki sigue con su pose de marajá altivo. Cuando dejo a Santos, viene corriendo como si me quisiera confesar un secreto, se sienta a mi lado, me recorre con la mirada y gira la cabeza hacia otro lado desdeñosamente. Robert está mucho más histérico, no para de gritar, dar palmas, y agitar su cuerpecillo cuando le sostienes por los codos para que trate de andar un poco. Imposible. Ya no le gusta salir a la puerta a contemplar el tráfico. Al menos ya no me muerde. Raju está mucho más relajado. Apenas tiene heridas. No se muerde los brazos ni se da golpes contra las columnas. Tengo la sensación de que le están administrando una medicación demasiado severa. Sigue siendo adicto al chai. Oswald sigue siendo el pequeño pulpito risueño que se retuerce en su silla de ruedas y que se carcajea hacia dentro cuando hacemos derrapes con la silla sobre el patio recién baldeado. Kalu sigue rapeando. Dije sigue con sus rabietas y  gimoteos demandando permanentemente que estés a su lado, y sólo a su lado. Ala sigue gañendo cuando tratas de quitarle la pelota que se mete debajo de la camiseta. Dirwanan  sigue siendo un misterio. Ya no le gusta ponerse mis zapatillas, ni me tira de la mano con su fuerza descomunal para llevarme a los columpios. Está tristón. Su mirada es profunda y vacía. Sami sigue trepando por mi cuerpo en cuanto me descuido. Y finalmente, Balu, mi favorito. Tan patoso y juguetón como siempre. Hoy ha estado en la cama todo el día. Me temo que la TBC empieza a agudizarse.

Ahora apenas puedo refugiarme en ellos. Cristina, la voluntaria italiana, me encomendó a su marcha que me encargara de Mr. Haru, un enfermo de TBC del pabellón de los adultos. ¿Sabes hacer masajes? No. Pues yo te enseño. Haru es un esqueleto viviente. Está postrado en la cama, apenas si puede moverse. Es como si le hubieran echado encima un cubo de pegamento. Tiene modales de aristócrata. Me trata como a un esclavo. No sabes lo que me cuesta ir hasta su cama, nada más hemos servido el desayuno a los niños. No te haces idea de lo que me supone  enfundarme los guantes, rociar el aceite sobre su  piel coriácea y comenzar a frotar sus huesudos miembros. Tengo la sensación de estar  asestando azadas sobre un terreno pedregoso. Hoy me ha abroncado porque ayer no vine. Los jueves es el día libre para los voluntarios. Pero él no lo entiende. No hay día que no piense que no voy a volver. No veo la hora de terminar. Cuando creo que ya es suficiente, me paro, me abanico con las palmas de las manos y hago ademán de quitarme los guantes. “My friend, please” espeta en tono admonitorio golpeando al aire su barbilla. No me puedo negar. No sé decir que ya es suficiente como hacía Cristina con su sonrisa socarrona.

Ayer me hice con un ejemplar de “Por quién doblan las campanas” de Hemmingway en la librería Oxford de Park Street. Lo ví por casualidad y me acordé que siempre lo llevabas contigo.  Pretendía leerlo durante los largos trayectos de autobús, pero no me enseñaste como eras capaz de mantener el equilibrio de la vista con tanto traqueteo, despachurramiento y bullicio. Al menos sosteniéndolo entre los manos siento que me acompañas.

Los hermanos comienzan a cantar, esas canciones tan alegres como ñoñas, con letras que deben decir algo así como “Dios te ama, ama a tu hermano, bendice el regalo de la vida”. En fin. Me marcho antes de que salgan y me sorprendan merodeando por aquí, y lo peor, que adivinen en mi mirada que maldigo todo esto, no quiero contravenir su mensaje. Una vez fue el mío también. Quizá algún día vuelva a serlo.

Namaste.