La inesperada muerte de la hermana pequeña de Doña Letizia ha despertado de su letargo el espinoso debate sobre el suicidio. Junto a la noticia de la tragedia hemos podido encontrar estos días monográficos en que se intentaba arrojar algo de luz sobre un ámbito donde la tiranía de las tinieblas es implacable. Son los efectos colaterales de noticias como ésta que suelen conmover a esa entelequia denominada opinión pública además de suscitar la voracidad insaciable de conocer al detalle los pormenores de lo sucedido. Luego está la controversia sobre si debería primar el derecho de los ciudadanos a tener información veraz del suceso por encima de la libertad de la familia para afrontar el luto en privado. Se ha pedido prudencia y respeto encarecidamente desde la Casa Real. Prestigiosos periodistas han aconsejado la emisión de un comunicado en que se proporcione toda la información posible para evitar de este modo que se dé pábulo a la especulación con tintes carroñeros de la que suelen hacer gala la hipertensa prensa del corazón, aunque también, si bien de modo más sutil, la oficialmente seria
Participo de esa opinión aunque no tanto por el, a mi juicio, dudoso efecto extintor de rumores flamígeros, sino porque pienso que si se hiciera exponiendo los hechos abiertamente, sin concesiones a lo escabroso pero proporcionando los detalles imprescindibles, contribuiría a poner cerco alrededor de un tabú que en los tiempos en que estamos resulta trasnochado. Hace ya largo tiempo en que a los suicidas, aparte de condenarles eternamente a achicharrarse en el averno, se les negaba ser enterrados en terreno consagrado. Es hora de tratar este tema como es debido, bajo una perspectiva psicológica más que moral. Aunque, según los casos, ésta no deba ser descartada totalmente, en modo alguno debe imperar sobre aquélla. Por supuesto que para quien le toque de cerca pasar por el luctuoso trance de encarar la desaparición de un ser querido de una manera tan incomprensible como irracional, cualquier planteamiento está fuera de lugar, pues lo que toca en esos momentos es llorar y poco más. A los demás nos corresponde compadecernos con el dolor ajeno. Flaco favor haremos a familiares y amigos, y también a la memoria de la persona desaparecida, si nos ahuyentamos del problema como si se tratase de una maldición inexorable.
En España se producen más muertes por suicidio que por accidente de tráfico. En 2005 (últimos datos del Instituto Nacional de Estadística) se produjeron 3381 suicidios frente a 3332 muertes en accidente de tráfico. Eso sin tener en cuenta un gran número de defunciones por causas desconocidas, muchas de ellas suicidios no confirmados al cien por cien. Sin embargo, estos datos se ocultan adrede. Jamás se habla. Se prefiere ocultar el cadáver bajo el velo de la superstición. Existe, además, la opinión generalizada de que la exposición abierta de estos datos daría lugar a un efecto de mimesis. No ocurre así con el tratamiento que se le da a los homicidios, las violaciones, los maltratos o algo tan en boga como los actos terroristas. Es verdad que la difusión de cierto tipo de información no está exenta de riesgos. Que éstos vayan siempre encaminados a alimentar los instintos criminales de la gente es más que discutible. La clave estriba en administrar y promulgar la información de manera cuidadosa. En cualquier caso, su ocultación es propia de regímenes totalitarios, y resulta incomprensible que se esgrima este argumento en sociedades abiertas y democráticas. Sobre este aspecto voy a exponer algunos ejemplos.
A mediados de los 80 el Chronicle, el periódico de mayor tirada de San Francisco, que había estado publicando los sucesos sobre suicidios en el Golden Gate Bridge durante más de veinte años, dejó de hacerlo siguiendo las directrices de la Asociación Americana sobre Prevención del Suicidio que por aquel entonces presionó en pro del silencio mediático sobre este tema. El coronel de marina Ken Holmes, a la sazón máxima autoridad a cargo de las tareas de mantenimiento y vigilancia del puente más famoso del planeta, levantó el veto acudiendo a los medios locales cuando se produjo el suicidio número 850 (la media anual de los últimos años) para denunciar que la ausencia de publicidad en nada había contribuido a evitar los suicidios.
En 1991 la novela de Derek Humphry Final Exit en la que se daban consejos sobre cómo suicidarse, se convirtió en un best seller en los Estados Unidos. Unos científicos del departamento de Psiquiatría de la Universidad de Cornell de Nueva York estudiaron los posibles efectos que la publicación del libro hubiera podido generar. La conclusión no dejó lugar a dudas. Se habían disparado el número de suicidios por asfixia con bolsas de plástico como se describía en la novela. El fenómeno no era nuevo. Ya en 1774, tras la publicación de Los sufrimientos del joven Werther de Goethe en la que un joven brillante se pega un tiro por culpa de un amor no correspondido, desencadenó en la época una oleada de suicidios por el mismo método. El libro fue prohibido en numerosos países. No sabemos si nuestro Larra, unos cincuenta años después, se inspirara en Werther para terminar sus días.
Los psiquiatras afirman que el suicidio puede ser estimulado. Sin embargo, esta tipología constituye un pequeño porcentaje dentro de un espectro de casos inabarcable.
¿Cuáles son las razones que pueden llevar a un individuo a quitarse la vida? Responder a esta pregunta sería como tratar de robar el fuego a los dioses. No por ello debemos dejar de trabajar sobre algunas pesquisas que la ciencia nos ofrece.
En general el porcentaje de hombres que se suicidan es mucho mayor que el de mujeres, si bien son éstas las que lo intentan más veces. Los veinte y los sesenta son las edades de mayor densidad de actos perpetrados. Los meses entre marzo y julio los más proclives. Los países desarrollados, con mayor distribución de la riqueza, sociedades abiertas y liberales, y mayor porcentaje de alfabetización, son los que cuentan con una mayor tasa de incidencia. Lo cuál lleva a algunos a reafirmar su condena al perverso sistema capitalista que aparte de alienar a sus súbditos, en este caso los desquicia irremisiblemente. Por el contrario, si echamos una ojeada a la tabla publicada por el European Journal of Psychiatry vemos que a la cabeza y destacados del resto figuran los países de la antigua URSS, con cifras de alrededor de 40 suicidios por cada 100.000 habitantes. Asimismo llamativa resulta la escasa tasa del Reino Unido con una tasa de 7,7 (datos referidos a 2002) frente al 20 que suele ser la media de los países desarrollados. Quizá tenga algo que ver el profundo debate, y al parecer fructífero, que se generó en el seno de la sociedad británica cuando se dio cuenta de que algo había que hacer cuando en los años 60-70 tenía una de las mayores tasas de suicidio mundiales. Aunque sorprenda a algunos, el perverso capitalismo tiene mecanismos de autocorrección. Destacable también es la baja tasa que tienen los países mediterráneos comparada con los centroeuropeos. Los sociólogos apuntan a la herencia católica (Irlanda también tiene una tasa baja) frente al determinismo calvinista (véase el caso de Suiza).
En lo que a España se refiere, seguimos siendo algo diferentes al resto. Según los datos del INE para 2005, tenemos una de las tasas más bajas de los países desarrollados. Aunque se disparó durante los 90, entre 2001 y 2005 se ha estabilizado, con unos 3000 suicidios anuales. La tasa de hombres cuadruplica a la de mujeres. Por edades, se reparte casi equitativamente. Por provincias, curiosamente, las menos pobladas son las que tienen una tasa más alta, como Teruel, Soria o Ávila. En cambio, Madrid y Zaragoza cuentan con las tasas más bajas. Sorprendente es el caso de Madrid. Cabría pensar que una metrópolis es el caldo de cultivo perfecto para el suicida. Pues no siempre. Y eso que contaba con el principal punto magnético en que mayor número de suicidios tenían lugar de todo el país: el Viaducto de Segovia. Eso pasaba antes de que se colocasen las mamparas de vidrio tan discutidas en su momento. Sobre este asunto merece la pena profundizar, pues este debate también en su día se produjo en otras ciudades como París con la torre Eiffel o Nueva York con el Empire State, donde mucho antes habían tomado medidas preventivas similares. Los que se oponían a dicha medida aducían que quien se quiere suicidar lo va a hacer de todos modos. Sin embargo, la mayoría de los expertos aseguran que la accesibilidad a los medios es determinante a la hora de llevar a cabo los fines. Tomen como ejemplo la relación directa que existe entre la facilidad de hacerse con un arma y el número de homicidios en Estados Unidos. No en vano, las profesiones con mayor índice de suicidios son aquellas en que el arma es la herramienta de trabajo: policías, militares, forestales… Curiosamente el estado de Nueva York, donde la ley sobre obtención de armas es la más restrictiva del país, tiene una de las tasas más bajas de asesinato por arma de fuego. El debate sigue abierto en San Francisco con el Golden Gate Bridge. Una ciudad que hace gala de su espíritu abierto y permisivo, algo que a todas luces resulta saludable, incluso envidiable, pero que en el caso que nos atañe quizá convendría poner en entredicho. Lo cierto es que si quitarse la vida no resulta tan sencillo, lo normal es que el potencial suicida busque ayuda. Cuando en Inglaterra se redujeron drásticamente los niveles de monóxido de carbono en los hornos de gas (suicidarse introduciendo la cabeza dentro era uno de los métodos más socorridos. Véase el célebre caso de la poetisa Sylvia Plath) la tasa de suicidios cayó en picado. Dentro de este capítulo conviene mencionar el uso inadecuado de barbitúricos y antidepresivos. Si no van acompañados de una terapia apropiada pueden resultar contraproducentes pues generan una dependencia que en un momento dado de angustia o ansiedad extremas pueden convertirse en el arma letal. De hecho, las muertes por ingesta masiva de estos medicamentos es el método más utilizado.
Para terminar, me gustaría citar un interesante estudio llevado a cabo por la Universidad de Viena en el que se establece una relación directa entre el coeficiente intelectual y la propensión al suicidio. Tras analizar multitud de casos de científicos, intelectuales y artistas se llega a la inquietante conclusión de que sólo la gente brillante se suicida. Rebatido por amplios sectores parece evidente que el perfil de genio loco, solitario e incomprendido, con escasas o nulas habilidades sociales, es un candidato con muchas posibilidades para engrosar la siniestra lista de los que deciden escribir por sí mismos el capítulo final de su existencia. De ahí lo acertado del debate abierto de un tiempo a esta parte sobre la necesidad de potenciar la inteligencia emocional frente al tradicional enfoque sobre una inteligencia centrada en la pragmática del éxito.
CODA. Testimonio número 1000 en el poste 69 del Golden Gate Bridge, mitad del puente, lado Este.
Atardece sobre la bahía de San Francisco a mis espaldas. Las montañas que cercan la ciudad son túmulos sombríos. Los habitantes como una tribu salvaje celebran la consagración del vellocino de oro, refundición de vómitos y escupitajos de sus gargantas que poco antes hincaban dentelladas en el fuego fatuo del astro. Soy un Moisés proscrito que arroja las tablas de la ley al océano infinito, donde pertenecen, donde soy. El viento fuerte que hace tambalear el puente es la voz del mar que me llama a acatar sus mandamientos.
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