El afán desmedido de ponerle etiquetas a todo nos obliga a esquilmar el diccionario, de tal modo que al final tenemos que acabar tirando de prefijos, sufijos, y extravagantes construcciones sintácticas para diferenciar lo nuevo de lo viejo. Cosas de la modernidad, perdón, posmodernidad. ¿Acaso ultramodernidad? como ha bautizado José Antonio Marina a nuestra época. El tiempo pasa volando y los tiempos históricos que solían acotarse por siglos, o apurando mucho, décadas, ahora se suceden, solapan o simultanean en un mismo telediario. Qué de cosas pasan: guerras, desastres naturales, conquistas científicas, vuelcos políticos, cambios de costumbres, hitos sin precedentes… ¿Quién de ustedes no ha sido testigo hoy mismo de un acontecimiento reseñable? El problema surge a la hora de llevar la cuenta. Imposible perder el hilo de los acontecimientos. Somos muchos los que deambulamos por la plaza pública con el paso cambiado. Menos mal que nos queda la red de redes para suplir la desazón que produce el desconcierto informativo con una realidad matrix hecha a medida.
Salimos a faenar al mar de la actualidad con el propósito de llevarnos todo el caladero a cubierta. De ahí que las redes que nos proporcionan los tradicionales medios de comunicación se nos antojen diminutas. El fenómeno del blog responde a la proliferación de capitanes sin licencia que surcan las aguas, no para robarles su parte a los pesqueros “legales”, sino para hacerse con esas especies que aquéllos suelen despreciar.
La posmodernidad se caracterizaba (dudo si el pretérito imperfecto es el tiempo verbal adecuado) por enfocar la existencia como un juego de cajas chinas. La realidad insertada en otra realidad que a su vez se descompone en otras interminablemente, y todas, comos si se tratase de un truco de magia, resultan ser la misma. Teatro dentro del teatro; novelas que tratan sobre la propia estructura y personajes de la narración. Desestructuración. Descomposición. Desintegración. Desmitificación. Des-. Prefijo imprescindible. Los puntos de vista se multiplican, sin que ninguno prepondere. Relativismo absoluto. Ausencia de criterio. Equidistancia. Caos en definitiva. Caminamos dando tumbos, mirándonos al ombligo. Nos damos de cabezazos unos con otros Con cada golpe fundamos una república nueva donde las leyes que regían la anterior son derogadas por razones de supervivencia. El traje que nos enfundamos para gobernar a nuestros súbditos virtuales, hecho de retales de vidas soñadas que anidan en nuestra imaginación, no deja de ser la misma vestimenta deslavada de tanto enjuague, si bien, procuramos cambiar el detergente para al menos disimular el fraude con una fragancia distinta.
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