Otra vez he cambiado el diseño de la página, como se habrán dado cuenta. ¡Ah, que no lo habían notado! ¡Que es la primera vez que entran! En ese caso, wilkomen, bienvenues, welcome. Dejen sus problemas y preocupaciones afuera y entren: se encontraran con los míos. No sé a qué responde tanto cambio en tan poco tiempo. Quizá sea fruto de mi desequilibrio, que se suele manifestar en este tipo de cosas banales, a las que tanta importancia daría un psicólogo frustrado (¡quién no lo es hoy en día!). De igual modo ocurre con la manera de vestir. Por eso me cuesta horrores describir este aspecto cuando me inscribo en una página de contactos (¡lo he vuelto a hacer!): clásico, informal, pijo, fashion, hippi, retro… tengo de todo, y de varias tallas, pues engordo y adelgazo con la facilidad de quien estira y apelmaza un chicle. Si un desconocido abriera mi armario (¡qué imagen más sugerente!) me preguntaría por cuánta gente vive en mi casa. No daría crédito si le asegurara que toda esa ropa tan variopinta pertenece a la misma persona.

La primera opinión negativa sobre el flamante diseño me la he llevado esta misma tarde. He llamado a Flavia, una chica argentina, medio italiana, que trabaja para mi empresa en un centro de llamadas situado en Rumanía (ya saben, ahorro de costes). Tiene una imagen idílica de mí. La razón es una foto retocadísima que la envié. “¡Qué tú hasés acá trabajando, deberías estar en Joligud!” me decía la pobre. Como sabía que este fin de semana le tocaba estar en el tajo, le he dado un toque. “No te gusta” he sentenciado ante su silencio. “Chico, es que me recuerda a una esquela”. Como buena argentina, además tiene estudios de psicoanálisis. Supongo que por eso me ha asaltado con esa paranoia de si tengo tentaciones suicidas. Pues no. Hombre, es cierto que de vez en cuando me quisiera morir. Se trata de un anhelo larvado en mi interior desde la infancia más remota que inopinadamente aflora en situaciones de éxtasis. Como cuando estoy corriéndome una buena juerga, medio bebido, con el punto vamos, rodeado de gente con la que me siento confortable; inmerso en una de esas situaciones en que estás exultante, ríes y te ríes de todo, abrazas y te abrazan, y harías el amor con todo el mundo, hombres, mujeres y ancianos. Y de repente, siento un cosquilleo molesto, como el revoloteo de un pajarillo de plumas de metal oxidado atrapado en mi pecho. No sé por qué, pero siento ganas de dejar de vivir. Nunca tengo esta sensación, como sería más lógico, en momentos trágicos, o tras una frustración personal. Puedo llegar a la desesperación más tenebrosa pero jamás a experimentar el deseo de irme al otro barrio antes de tiempo. También siento un deseo autodestructivo parecido cuando contemplo el panorama desde un enclave elevado, sea un monte o una torre. “¿Y si me tirara?, parece tan sencillo”, he pensado más de una vez. Ambas situaciones creo que responden a la misma sensación: el vértigo existencial. El mismo que experimento cuando escribo. ¿Será ésta la motivación que me ha llevado a cambiar el diseño anterior por una estética fúnebre, según Flavia? Va savoir.