Por fin de nuevo ha salido a flote una de mis vocaciones frustradas que había dejado arrumbada por unos meses: la de inventor. Esta vez va en serio. Y no se trata de poner mis impagables conocimientos científicos al servicio de una tara personal. Como cuando, consciente de mi tendencia sexual desviada, diseñé aquel jersey-slip con capucha que ocultaba bajo el forro un sofisticado circuito a base de sensores térmicos y motrices que comunicaban mis genitales con el corazón y éste con el cartílago de las orejas, de manera que si se daba el caso en que mi cuerpo experimentaba una sensación llamémosla “positiva” ante la visión de un muchacho atractivo, en forma de erección, de sudor en las axilas, de pálpito acelerado, o de rijosidad cutánea en las mejillas, valgan estos pocos ejemplos, la circuitería a través de sus mediciones objetivas, modelaba una serie de impulsos eléctricos que contrarrestaban llegando a anular el impulso libinidoso. Funcionar, funcionaba a ratos. Además solo servía para el invierno. Y aún así, pues la tela era de nylon, que es cojonuda para acumular energía electrostática, pero da mucho calor, y uno que es propenso a sudar con facilidad, imagínense la de situaciones embarazosas en que me vi envuelto. Luego llegaba el verano, en que por razones obvias era contraproducente usar esta prenda, y toda la represión que había estado hibernando, salía con toda la fuerza bruta de la naturaleza, como las compuertas abiertas de una presa. Al final, acabé utilizándolo para mi ajuar masoquista de masturbador desesperado.

Tampoco esta vez voy a utilizar la ciencia como coartada moral. Como cuando pegué un pelotazo especulativo con la finca que heredé de mi tía Herminia. Aquel secarral que en su día nadie hubiera dado un duro por él. Quién me iba a decir que la línea del AVE iba a pasar por allí. Quinientos kilos de sopetón, como llovidos del cielo. Parejos vinieron los cargos de conciencia. Yo que había abominado tanto de la burguesía. No había manera de deshacerme de los quebraderos que una severa educación obrera y evangélica me propinaban. Así que no me quedó otra que idear un reductor-amplificador de materia orgánica con el que fuera capaz de hacer pasar un camello por el ojo de una aguja. Si resultaba tan sencillo como en mi cabeza se dibujaba, igualmente fácil sería que un rico entrara en el reino de los cielos. Mi salvación quedaría asegurada.
Al final derroché tanto dinero construyendo un acelerador de partículas, y pagando indemnizaciones a todos los pastores de la provincia, (en la primera fase experimenté con ovejas, que eran más fáciles de encontrar que los esquivos camellos, aparte de más manejables), que dilapidé toda mi fortuna y ya no me fue necesario buscarme artimañas para salvaguardar mi alma.
Esta vez se trata de un invento prodigioso a la par que sencillo y que beneficiará a toda la humanidad. Mi economía no da para grandes alardes. Además, fíjense ustedes en los siguientes inventos, aparentemente prosaicos y simples, pero qué haríamos sin ellos: la fregona, la bombilla, el tampón, la tirita, el cortaúñas, el papel higiénico, etc.

He ideado unos tapones para los oídos. No para dejar de oír, sino para oír lo que queremos oír. Es decir, si por ejemplo, usted se levanta por la mañana con ese aspecto espantoso con que suele hacerlo, y su marido, esposa, hijo, amante… tiene la desgracia de toparse con usted, y le sale del alma de aquello de “estás horrible”, el tapón inteligente sustituirá la palabra horrible por “divino/a” por un decir. Así de simple. El mecanismo es bien sencillo: un diminuto micrófono en la parte externa, un microchip que incluya un completo diccionario, un altavoz hacia el interior para transmitir el cambiazo y, por último, unos delgados e inocuos tentáculos que puncen estratégicamente la corteza cerebral, en las áreas del lenguaje, para que las palabras seleccionadas estén en sintonía con los deseos de la persona que porte los tapones. Todo esto dentro de un discreto tapón. No se vayan a pensar que tiene el aspecto de uno de esos antiestéticos audífonos para sorods. ¿Se imaginan las consecuencias positivas que se pueden derivar de mi revolucionario invento?

Ya tengo completa la fase de investigación. Me queda darle unas pinceladas al desarrollo del producto, y enseguida estará listo para su comercialización. Si alguno de ustedes tiene a bien participar en lsu divulgación, por mí que no quede. Yo les envío, por el módico precio de 500 euros, un pack de cuatro tapones (2 juegos, de quita y pon), se lo prueban y se lo cuentan a sus amigos. Si consigue convencer a algúno de ellos, se llevarán una comisión de 50 euros. Cuantos más amigos convenzan (o enemigos, dense cuenta que a partir de este momento esta distinción será ociosa), más dinero. Para sugestionarles les aconsejo que antes les pongan los tapones. Así que, manos a la obra, y que corra el boca-oido.