Si me hubiera quedado en casa esa tarde guardando reposo como me recomendó el médico, no me hallaría ahora inmerso en este berenjenal. Mira que no suelo coger el teléfono cuando en el display aparece “número privado”. Casi siempre son teleoperadores latinos que quieren endosarte una tarjeta de crédito, una televisión de plasma o quieren cambiarte el contrato de la luz, del gas… venderte duros a peseta, en definitiva. Esta vez era una voz conocida, si bien hacía meses que desconocía en qué andaba.
Graciela, vieja amiga, y latina: dominicana para más señas. Era de esas personas cuyos movimientos ya te resultan tan previsibles que te dejan de interesar. Un culo inquieto. Una catacaldos. Nunca paraba más de tres meses en un mismo trabajo, ni las parejas le duraban más de dos semanas seguidas. Eso sí, incompresiblemente estaba siempre locamente enamorada, y se encontraba la mar de a gusto en su nuevo empleo. Como buena lianta que era, atraía los follones como las ferritas al imán. Ni te imaginas lo que me ha ocurrido hoy, esperaba que me dijera tras escuchar su inconfundible Hooola, pronunciado como si le diera una calada a un puro. ¡Dios santo, sea lo que sea, no quiero oírlo! me decía haciéndome cruces en el pecho. Lo que a cualquiera que no la conociera podría resultarle sorprendente, a mí me agotaba moralmente. Y sin embargo, una vez más, volvió a embaucarme. Pese a que siempre ponía en marcha todos los mecanismos de defensa, no sé cómo lo hacía para atraparme entre sus redes. Nunca la escuchaba; en cambio, su voz te entraba por la boca, te adormecía y te despertaba en otra realidad, susurrándote cuentos de personajes risueños. Tiene que ser bruja, estoy convencido. Esta vez me proponía un negocio absurdo que, inopinadamente, secundé entusiasmado. Estaba hecho a mi medida, me decía. Una oportunidad que no podía dejar escapar. Aquello iba a ser la bomba. Me iba a forrar en cuatro días. Yo que abominaba el dinero fácil y despotricaba contra los especuladores; que echaba en cara a la gente más joven su entrega suicida a una sociedad opulenta, cómoda y frívola, en cambio, me lancé a los brazos de un negocio que tenía todos los ingredientes opuestos a lo que predicaba con denuedo. La Seguridad Social fue la culpable. Si me hubieran dado cita una semana antes para operarme de ese maldito forúnculo, me hubiera ahorrado este bochorno. O si al menos me hubiera salido en otro sitio, me habría ido esa tarde al cine, a pasear… a hacer cualquier cosa menos quedarme en casa. No, tenía que salir ahí mismo, en la rabadilla. Por guardar reposo bocabajo y coger el teléfono sin mirar. Por no incorporarme a tiempo, por vago. Hooola, tengo algo a tu medida y esta vez no es una cita, no te asustes. No tienes que hacer nada, tumbado en casa te lloverán los billetes verdesss. El silbido prolongado de la ese final fue la mecha que hizo detonar el ansia de hacerme rico en un santiamén.
Rígido como una tabla de planchar acudí a la presentación del revolucionario cosmético para varones del que yo sería uno de sus promotores. Only one for the one and only era el palíndromo utilizado como eslogan de la campaña, pues lo extraordinario del producto consistía en que servía de crema hidratante, exfoliante, antiarrugas, contorno de ojos, servía lo mismo para el rostro que para el cuerpo, te dejaba el panículo adiposo como una tableta de chocolate, servía de crecepelos, anticaspa, te bronceaba la piel…todo en un producto prodigio. Incluso, esto me da apuro decirlo, pero, untada en el pene, además de aumentar el tamaño de manera considerable, servía de profiláctico, y ¡uf! Imagínense, vigor y placer sin límite. ¡Anda ya! Estarán pensando. También lo pensé yo cuando Graciela me contaba estas cosas aparentemente disparatadas por teléfono. Pero la curiosidad, que tira de mí más que mi maltrecha voluntad, hizo que acudiera al evento. Una más que creíble demostración me convenció sin titubeos. Un tipo calvo, fondón y más feo que Picio se transformó en poco menos de una hora en un atractivo efebo, de largos cabellos y mirada seductora. Aunque parecía cosa de brujería, de la que no soy partidario, hice mis cálculos y firmé. Quinientos euros el tarro, con una comisión a pachas, quién podía resistirse. El que la probara repetiría, sin duda. Un tarro por semana, pues se trataba de un tratamiento de por vida si se querían mantener los efectos suponía unos beneficios irresistibles. Las herramientas de las que me debía pertrechar para iniciar el negocio eran bien sencillas: un ordenador y un teléfono, pues la venta se realizaría a través de Internet y de una línea 806; un microondas, un exprimidor, un cuchillo y una batidora. ¿para qué se preguntarán? Pues para elaborar la crema. No se crean que la susodicha crema se elaboraba en una manufactura en la India, la China o el Vietnam donde unos cientos de nativos explotados la fabricaban a a base de productos exóticos. No. Era bien sencillo. La clave estribaba en conocer la fórmula secreta. Fíjense ustedes en la mayonesa. Salsa exquisita donde las haya. Huevo, aceite y sal combinados adecuadamente. Pues esto es igual. Simplemente hay que conocer los ingredientes y las proporciones. Gracias a Graciela, que pese a todo lo que he dicho de ella, tenía un agudo olfato para los negocios, fui agraciado con el conocimiento de la fórmula que me haría millonario de la noche a la mañana. El precio que habría de pagar, aparte de ingresar la mitad de las ganancias en una cuenta gibraltareña, consistía en acceder a una sencilla e inocua operación mediante la que me sería introducido un microchip que controlaría mis movimientos en todo momento. Evidentemente no me opuse. Insistieron en que para intervenirme debía de posicionarme panza arriba, mas por las razones que he expuesto al principio, no les quedó más remedio que hacerla del revés. No sé qué demonios me hicieron, pues obviamente no pude verlo, pero sentí una punzada en una zona indeterminada entre el culo y la mitad de la espalda que me hizo ver las estrellas.
Suponiendo que a estas alturas no me hayan tomado por iluso, y aún así, se estarán preguntando donde está el intríngulis del asunto. Pues bien, estando mi ánimo como debía estarlo quien descubre una bolsa de petróleo en un secarral heredado, con todo dispuesto para lanzarme a la venta sin escrúpulos del ungüento mágico, recibí una llamada del Hospital Nuestra Señora de la Altagracia, para citarme para ser operado del dichoso forúculo, del cuál me había olvidado por completo. Pues aunque mi rabadilla seguía en estado maltrecho, yo lo asociaba a la inserción del microchip. Aquella llamada supuso mi perdición. Cometí la torpeza de ir al hospital con la misma chaqueta que había llevado a la presentación del cosmético. En el bolsillo interior estaba el post-it con la sencilla fórmula.
Mientras estaba convaleciente, tumbado bocabajo en mi sofá, sonó el teléfono. Era Graciela que me urgía a salir corriendo y huir donde nadie me encontrara. Nos han robado la fórmula y no reciben señales tuyas, con lo que el principal sospechoso de alta traición eres tú. Pon la televisión y te enterarás. No salía de mi asombro. El cirujano que me había extirpado el forúnculo anunciaba a bombo y platillo en una rueda de prensa retransmitida por El Pimiento, el descubrimiento de un cosmético revolucionario para hombres cuya fórmula, detrás de la que llevaba diez años de onerosa investigación, acababa de patentar. ¡Canalla! Grité enfurecido. Salí con lo puesto y sin un duro. No puedo decir a dónde me dirigí, pues podría dar pistas de mi actual paradero. Comprenderán que mi vida corre peligro. Pues además de mi traición por accidente, soy responsable de la distribución de la crema milagrosa en el extraperlo. Si alguna vez, por la calle Preciados, ven a un senegalés vender la crema Oli Oli, junto a colonias de imitación, sepan que el contenido es el mismo que la original, y además de ser mucho más barata, contribuyen a mantenerme en el exilio de una manera más confortable. A veces me pregunto, cómo hubiera sido mi vida, si no hubiera cogido aquella llamada, o si no hubiera echo caso a Graciela, y hubiera optado por seguir dedicándome al diseño de lencería masculina, un trabajo mal remunerado y poco comprendido, pero que me daba momentos de satisfacción que no he vuelto a tener jamás, como cuando un ligue se bajaba los pantalones y exhibía unos calzoncillos diseñados por mí.
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