A la pregunta que me formulaba mi abuela todas las mañanas, ¿A dónde acude toda esa gente que se siente por ahí afuera?, respondía con una invención que nunca me costaba elaborar: al cine, a misa, a la compra. Trataba de no repetirme. Todo fuera por mantenerla al corriente de las costumbres de la gente. Eso la hacía sentirse parte decisiva de la vida, aunque fuese con el papel marginal de observadora suplente. Cuatro plantas por encima de un suelo donde casi nunca ocurría nada relevante: un atraco, un atropello, el infarto de un vecino; si había suerte. Cualquier ruido externo se transformaba, al cruzar la ventana del salón, en una sopa de letras dispuesta por mí de manera truculenta para que los oídos de mi abuela pudieran trazar sencillas elipses alrededor de acontecimientos extraordinarios. Para ella todo era extraordinario, siempre que la hiciera creer que afuera varias personas se juntaban para hacer la misma actividad. ¡Ella que se sentía tan sola! Y la realidad es que por aquella ventana sólo se veían pasar personas solitarias que a lo sumo tropezaban al cruzar la calle; o algún coche que desde la perspectiva casi cenital de mi apartamento parecían ser conducidos solos. Un frenazo o un acelerón; el taconeo de unos pasos precipitados; y sobretodo la brisa, eran la materia prima con que confeccionaba las historias que le contaba. Sin repetirme nunca. Su cabeza ya no daba para conocer el mundo tal como se desarrollaba, pero sí para detectar algo que ya me había inventado con anterioridad. Sentía entonces que la estaba engañando. Soy vieja pero no tonta, parecía decirme al ladear la cabeza para apartar de su mirada la luz frontal de la ventana.
A mi abuela la mató la enfermedad, sí. Pero ésta era un francotirador apostado siempre en el mismo lugar, perfectamente detectable desde la ventana del salón. Mis historias esquivaban sus disparos, cuando no, actuaban de inquebrantable escudo que los repelía. El día que mi imaginación empezó a tambalearse, mi abuela se fue haciendo cada vez más vulnerable. Una ventana en un cuarto piso, en mitad de una calle estrecha de un barrio dormitorio de una gran ciudad, dan para pocas historias. Las que le contaba a ella las leía directamente en su rostro iluminado por la luz de afuera. No sé por qué, un día la luz se fue haciendo más tenue, y su cara fue adoptando la mueca de la última página de un libro que suplica cerrarse sin ser leída. Creo que ese día me quedé contando historias hasta que anocheció sin que ella me preguntara ¿A dónde acude toda esa gente que se siente por ahí afuera? Debí repetir, una a una, todas las historias que me había inventado todo el tiempo que había estado a su cuidado. La gente se agolpa a las puertas de la iglesia, abuela. ¿Sabes? Hoy hace la primera comunión, el hijo pequeño de Mari Carmen, la chica de la que te hablé ayer, que es la actriz protagonista de esa película que estrenaron el otro día, y que trataba sobre una cajera de un supermercado que se enamora de un cliente pesado que pedía cambio todos los días sin comprar nunca nada… Porque vivíamos al lado de una iglesia, de un cine y de un supermercado; de un parque, de una gran avenida, del río y del mar; junto a lo que hiciera falta con tal de hacerla creer que todavía permanecíamos cerca de la vida. Y la vida estaba escrita en su rostro. El día que me resultó del todo ilegible, la vida en sí misma dejó de interesarme. Nunca me había resultado atractiva. Solo que cuando se reflejaba en su rostro… no sé… se hacía más llevadera. Me pregunto por qué le hacía tan feliz escuchar todas esas tonterías que le contaba.
Hoy hubiéramos celebrado su cumpleaños. No sé en qué día nació, ni qué edad tenía. La gente de mi generación no se preocupaba por esas cosas, decía. No obstante, lo celebrábamos varias veces, cuando estaba el día nublado y se escuchaba el gorjeo cercano de algún pajarillo. Igual que esta mañana. Por eso me he puesto a comer tarta frente a la ventana, mi querido nieto. Además debe de ser mi cumpleaños y debo de andar por la edad que ella tenía cuando le contaba historias, más o menos.
Dime hijo, ¿a dónde acude toda esa gente que se siente por ahí afuera? Cuéntame…

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