n hecho tan insignificante como que se funda una bombilla no tendría más trascendencia a menos que no se tuviera otra con que sustituírla, y ésa fuera la última bombilla que quedara sobre la tierra. ¿Sería uno capaz de tener la ocurrencia de tomar una esfera de cristal, hacerle el vacío, y situar en su interior un filamento de carbono, platino y tugsteno, por el que hacer pasar una corriente eléctrica? Me temo que no. Lo mismo ocurriría con la mayoría de los utensilios que nos rodean cuya existencia se nos antoja como caída del cielo. Y eso que he puesto como ejemplo un objeto aparentemente simple, cuya evolución, a diferencia de otros como el ordenador, ha variado poco desde su origen. Por no hablar de conquistas sociales o políticas.

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La ingratitud sería el reproche más acertado que nos podrían hacer nuestros antepasados. Vivimos como si hubiésemos sido traídos al mundo una noche de reyes en que unos magos opulentos hubieran situado al pie de la chimenea todo tipo de recursos y comodidades que han ido apareciendo durante miles de años de historia. Nuestras ciudades están plagadas (nombres de calles, estatuas, edificios, etc.) de referencias a celebridades que han dejado una huella indeleble en la historia y que ignoramos impúdicamente. No hace mucho, un político español emplazaba a la prensa a reunirse con él en la sala Clara Campoamor, quien quiera que fuese esa mujer, concluía. Pues resulta, que la susodicha era, ni más ni menos, que la mujer que consiguió el voto femenino en las elecciones de 1931, y que casualmente pertenecía al mismo partido político que aquel que se permitía hacer una declaración de alcance en una sala que hoy lleva su nombre. Un profesor mío de la universidad nos explicaba el teorema de Raleigh, haciendo referencia al controvertido escritor, pirata y amante de las ciencias, como ese señor o señora. No se trata de estar constantemente honrando la memoria de los prohombres que nos han hecho la vida más confortable, con cánticos de alabanza o llevando flores a sus tumbas. Pero sí me parece fundamental conocer los rudimentos de sus biografías: quiénes fueron, en qué época vivieron, cuáles fueron sus inquietudes; y así poder comprender qué tipo de motivaciones pudieron llevarles a alcanzar sus logros, los cuáles no surgieron como por ensalmo, sino tras años de perseverancia, fracasos e incomprensión, cuando no fueron perseguidos implacablemente por ser considerados herejes o chiflados. No creo que Newton elaborara la teoría de la gravedad una tarde campreste en que recibió un manzanazo mientras descansaba. Thomas Alva Edison estuvo, según cuentan las crónicas, ochocientos días y ochocientas noches experimentando con la composición de un filamento que no se desintegrara. Parece que fundió más de mil bombillas hasta que consiguió la definitiva. Cuando un discípulo suyo le preguntó si no se había sentido desanimado ante tantos fracasos, Edison respondió: “¿Fracasos? No sé de qué me hablas. En cada descubrimiento me enteré de un motivo por el cual una bombilla no funcionaba. Ahora ya sé mil maneras de no hacer una bombilla”.

Lo tendré presente la próxima vez que me quede a oscuras, en sentido metafórico quiero decir. Una buena terapia para no caer en el desánimo, mientras enrosco una bombilla nueva en el casquillo de la existencia, hasta dar con una que aguante la luz y se disipen las tinieblas. Hasta que la cuenta no alcance la cifra de mil, no hay por qué preocuparse.