Hoy necesitaría un cuerpo de recambio para que se ganara el pan por mí mientras yo me quedo en la retaguardia. Hoy prefiero escribir una crónica de guerra en lugar de hacerla. Me seduce más escuchar el silbido de las balas que otros disparan y ver sobrevolar los aviones de combate tumbado en la trinchera. Sin embargo, el toque estridente de la corneta me obliga a enfundarme el uniforme a toda prisa. Al ponerme la guerrera una mirada furtiva se me escapa hacia el espejo. La mirada… esclava de tantas cosas. ¿Quién tiene una mirada limpia? Que tire la primera piedra. No obstante, vivimos en la permanente intifada, haciendo cola en ópticas dos por uno, para hacernos con lentes de aumento, más unas de repuesto, que enfoquen la mota ajena. La viga, la nuestra, nos sostiene. ¿Para qué quitarla? Una diana con mi rostro me urge para graduarme la vista. Aunque ella sola se corrige de pascuas a ramos, para mostrarme quién soy, justo cuando no quiero saberlo. Como el diafragma de una cámara que se gira a derecha e izquierda para enfocar otra cosa, y de repente, fugazmente, aparece un fogonazo de verdad que se pierde enseguida, y por mucho que se quiera repetir, no aparece; así mi alma resucita y muere tras una mirada de soslayo en el espejo. La piedra, sin embargo, ha sido lanzada. ¿Quién la ha tirado? Por mucho que me empeñe en mirarme y remirarme, de frente, de perfil, adopte muecas más o menos ensayadas, no volverá a aparecer. La imagen revelada que profetiza lo que me aguarda: no te vistas, sal desnudo al campo de batalla, vas a morir de todas formas, es preciso que el grano muera para que dé fruto.

La emprendo a pedradas contra el espejo. Yo no escondo la mano cuando se trata de mí mismo. No estoy limpio pero tengo la esperanza de estarlo cuando derribe el muro que tapia el cristalino, construído a base de piedras amontonadas, de otros lances, otras batallas en que no pinto nada. La guerra está dentro, no fuera, aquí en la trinchera. El aliado y el enemigo están dentro de la misma persona: uno lleva mi cuerpo, envuelto en una guerrera; el otro me mira de reojo, desnudo desde el espejo. Cara a cara, con los puños prietos y en alto. La mirada hecha piedra; la piedra que arranca el ojo enfrentado. El espejo hecho trizas. El cuerpo desnudo cae encima del uniforme hueco y polvoriento. Aliado y enemigo caen lapidados. ¿Quién es quién? ¿quién soy? ¿El cuerpo que me sostiene, con su punto de vista; o el reflejo que rebota en el espejo y, ocasionalmente, se abalanza sobre mí en forma de piedra justiciera?