Durante una crisis de muermo, otra más, me echo a la calle travestido de reportero trepa a hacer una encuesta para colgarla en la portada de mi blog. Pongo el estetoscopio en el pecho de mis congéneres para desmentir mis sospechas de que aquí laten más las piedras. Un estudio de mercado. A ver por donde van los tiros. Valores, principios, ideales ya se que no quedan.¡Demodé!. Esta temporada se lleva otra cosa. Volverán a los escaparates, no lo dudes. Cando vuelvan las oscuras golondrinas. Me voy por lo alto. Quiero sobrevolar las miradas; buscar los puntos de fuga; conocer los referentes, las personas que aparecen envueltas en vaho al otro lado del espejo, y que al pasar la mano pensamos ¡ojalá fuera cierto! ¡Quien fuera como…! ¿Cómo quien? Pregunto. Apunto concienzudamente en mi libreta. Me vuelvo a casa con un catálogo de mitos que arrojo a la basura, contenedor de papel, con la esperanza de que se recicle en papel para multas . Tengo varios Grandes Hermanos, mogollón de triunfitos, Belén Esteban, Fernando Alonso, tropecientos futbolistas, otros deportistas de élite, ningún político. Al parecer, también nos hemos ido de rebajas a buscar mitos. ¡Qué digo! Al todo a cien.
No todo son bagatelas. Todavía hay quien suspira por Marilyn o Marlon Brando, verbigracia. Siempre nos quedará Hollywood. Nadie comparable a la Hepburn, en mi humilde opinión. La busco en Internet para resarcirme de mi malograda encuesta. Me zambullo en la lectura de un artículo sobre una nueva biografía: Hepburn: la mujer detrás de la leyenda . El autor, un tal William J. Mann me parece serio, al menos es la impresión que me da la lectura del prefacio, y que la reseña en el periódico me había hecho pensar en lo peor. Ya se sabe, nuevas revelaciones, lo nunca contado, escándalos y demás material morboso que tan apreciado por los periodistas. ¡Que la realidad no te estropee un buen titular! No es para menos. El autor asegura, y da buenas razones basadas en testimonios contrastados, que la consabida relación con Spencer Tracy no fue más que una tapadera para ocultar su más que fundamentado lesbianismo. Asimismo se deja entrever la homosexualidad de Tracy. Lo cuál echa por tierra la teoría asentada de que Tracy nunca quiso separarse de su esposa por sus convicciones católicas. A mí esto de desvelar los secretos de la gente, sea la orientación sexual, como si es la que adoptan para ir al váter, me parece vulnerar el derecho más sagrado de las personas, que no es otro que el de la libertad individual de ser como quieran ser, independientemente de que a los ojos de los demás, sean de su generación o de otra posterior, pueda parecer incomprensible. ¿Es ético hacerlo con quienes ya no pueden defenderse? El hecho de que sean personajes célebres, ¿nos da licencia a privarles de ese derecho? Esto daría para un debate interminable. A mí que la Hepburn fuera lesbiana, o pansexual como Sanchez Dragó, me la pela. No participo de ese afán, tan de moda por otra parte, de sacar del armario a todo quisque, aunque sean cadáveres. Lo que me parece más interesante de esta biografía se resume en una frase, que era la favorita de la megaestrella, Catch me if you can!(Atrápame si puedes). A la Hepburn le divertía jugar al escondite con la prensa. Concedía entrevistas donde se inventaba situaciones, chismes, pasajes de infancia totalmente inventados e historias de amor de película, como la suya con Spencer Tracy. ¿Qué había de cierto en todo ello? El autor asegura que la realidad era todavía más fascinante. Un papel de Óscar que quizá se lo concedan allá arriba, donde seguirá, sin duda, brillando. Otros, mientras tanto, entretenidos con la fanfarria de los escandalillos de poca monta de nuestros sucedáneos de mitos.
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