Entre las contradicciones que más me irritan de nuestro tiempo está el afán exhibicionista de mostrar por evidencias lo que se sabe que son meras especulaciones o lucubraciones fantasiosas que suelen responder a una motivación interna, sutilmente inconfesable, de ajustar la realidad del mundo a la imagen subjetiva fraguada en la hoguera de las veleidades personales. Podría enumerar un sinfín de chorradas que se cacarean como verdades irrefutables. Por un lado nos enseñan que debemos ser “nosotros mismos” (sic), que hay que pensar por uno mimo, no dejarse influir, y mucho menos manipular por nada ni por nadie. Quién no recuerda las escenas de “El club de los poetas muertos”, con aquel profesor, el tal Keating tratando de insuflar s sus alumnos las doctrinas del librepensamiento. Pero se nos olvida que ello requiere esfuerzo y sacrificio. Aquí todo quisque se las da de escala-pupitres.

La publicidad está impregnada de consignas libertarias “No es lo que valgo, es lo que soy” dice Antoñito Banderas en un spot de relojes. Hemos salido, hace tiempo ya, de una sociedad con una moral demasiado estricta, nos hemos rebelado contra ella, con y sin causa, que nos hemos dado de bruces contra el resbaladizo y transparente muro de nuestras propias limitaciones; que pensamos que no está, pero ahí permanece, inexpugnable. Escalarlo requiere tenacidad, perseverancia, pericia para saber cuando soltar una mano, cuando balancearse para tomar impulso; caerse muchas veces, y fundamental, levantarse muchas más, las que hagan falta. Vale la pena ver directamente lo que ocurre tras el cristal, porque probablemente, veamos cosa muy distinta de la que trasluce en la retaguardia. A mí me resultan cansinos los que van de rebeldes y transgresores. ¿Y quién va de otra cosa hoy en día? Luego rascas y no ves que bajo la máscara que nos hace genuinos no hay otra cosa que el rostro de la mediocridad. Las mismas ideas (¿?) dichas con las mismas palabras y el mismo tono.

El origen de las consignas es bastante difuso, caótico, tal somos. Por ejemplo, un reciente estudio auspiciado por la universidad X (este tipo de encabezados siempre da un aire de infalibilidad al asunto) por el que se demuestra que cagar con la ventana del váter abierta previene la calvicie. Pues nada, ahí tienes a tu santa esposa, al otro lado de la puerta, mientras depones, gritándote, ¡Virgilio, abre la ventana, que no quiero tener un marido alopécico! Y tú, ala, en pleno mes de Enero, sujetando la hoja de la ventana, aterido de frío, y con los glúteos en piel de gallina. A los cinco años, compruebas que tú debes ser la excepción que confirma el susodicho estudio, auspiciado por la universidad de marras. Entonces decides afeitarte la cabeza, porque es sabido por todo el mundo, que un tío con el cráneo liso como una bombilla, resulta más sexy, donde va a parar, hay que ser hortera hoy en día para llevar cuatro tirabuzones debajo de las orejas y seis pelos como cuerdas de guitarra cubriendo los parietales.

Las ideas marcan los tiempos. El pensamiento y las palabras que describen el nuestro levantan acta de nuestra generación. Entre tanta cochambre, ¿quedará algo legible para las generaciones venideras? Por encima de modas, tendencias, estudios, bulos, rumores, dichos y contradichos. El rebelde que me interesa es el que encara la búsqueda de la verdad a sabiendas de que nunca la va a encontrar, y que cuando tenga una pista que le aproxime a su hallazgo, le tiemblan las manos, de emoción y de miedo: a perderla y a saber que puede ser falsa.