No he sido capaz en todo el día de encontrar el lugar donde perpetrar mi propósito siniestro. Al borde de la desesperación, he acabado merodeando por la calle Preciados. Precisamente hoy, primer día de rebajas. He pensado que, quizá, entre los senegaleses del top manta, los carteles humanos de “compro oro, compro plata”, los firme-usté-aquí-buen-hombre de controvertidas ONGs y la última organillera de Madrid, podría encontrarlo. Si no al mismo diablo, al menos alguien de su séquito a quien poder vender mi alma. Aunque fuera a mitad de precio, todo sea por no contravenir al calendario. Mi gozo en un pozo. Me he ido con el rabo entre las piernas, escoltado por los acordes melancólicos de un adagio de Albinoni que interpretaba un grupo de búlgaros bajo la marquesina de una tienda de lencería; o puede que fueran rumanos; gente del este, qué más da. Un tipo esquivo el tal Lucifer. ¡Con que de Madrid al cielo! Se suponía que esta ciudad era el polo sur de la dualidad maniquea: una suerte de Caño Cañaveral de donde parten los trasbordadores que van al paraíso; y también los que se esmorran contra el rastrojo del averno. A mí el cielo no me interesa. Me refiero, en estos momentos, no me entiendan mal. Una vez muerto, quiero ir. Qué insensato no quisiera ir al paraíso, sea lo que sea y esté donde esté. Ni ojo humano, ni mente humana puede concebirlo, el apóstol más querido dixit. Pues eso. Mi intención era ir esta tarde. A echar una ojeada; a hacer turismo, simplemente, qué hay de malo en ello. Yo El Prado, la Cibeles, la Puerta de Alcalá, la Plaza Mayor, el Palacio Real y el Retiro los tengo muy vistos.
¿Qué cómo se me ha ocurrido algo tan… estrafalario, por decirlo de una manera suave. Pues bien, a este tipo de preguntas suelo contestar con el explícito comentario de “chico, de esas cosas”. Andaba yo repanchingado en el sofá mecanografiando canales en el mando, ahíto tras haberme zampado un roscón familiar a solas, al menos me tocó el premio: una figurita de una especie de elefante sin panza. Que si un corresponsal te da la última hora de la T4 de Barajas; Ernestina, una tipa con acento argentino, le recomienda a sagitario que se cuide mucho de esa amiga tan íntima, cuyas intenciones se le antojan sospechosas; repaso lacrimógeno de “las más grandes” que se nos fueron, y despellejando viva a la que nos queda, mira que te tengo dicho que mandes a tomar por culo a cachuli, y haz tu vida, le espeto antes de cambiar y ver como copulan dos osos polares. No echan más que mierda, me he dicho, y le he dado al botón de off. Y entre el insoportable silencio en que se ha quedado la casa, me he dicho, a tomar por culo, voy a vender mi alma al diablo. Total, qué tengo que perder, en una sociedad moderna como la nuestra, una democracia avanzada todos los derechos me asisten. Si no quedo conforme, doy el cambiazo y vuelvo a mi vida habitual. Que el bicharraco ese del Leviatán se la quiere quedar, pues le planto una querella criminal, y me quedo tan ancho. Que el magisterio fiscal me manda a freír espárragos, siempre me quedan los platós. Ya me veo en el tomate, la cámara acercándose con sigilo en diagonal y contrapicado al rostro crispado de Jesús Javier Vázquez, en breves momentos, la increíble historia del hombre que vendió su alma al diablo, y de fondo una música inquietante y tenebrosa, como la de Psicosis. Pero todo esto eran hipótesis frustradas. Además, para qué diantre iba a querer el diablo mi alma, si no he matado una mosca en mi vida. Ahora que lo pienso, puede que tan peregrina idea haya surgido por la Navidad. Yo que me creía inmune a tan infame despilfarro de bonachonería. Cierto es que voy a la contra, y en estas fechas me muestro más borde, si cabe. Pero no puedo resistirme a la tiranía del recuerdo. Vivencias que permanecían tejidas a la piel del niño que fui, se desabrochan de manera incontrolada en estas fechas. Mientras me comía el roscón, me vino a la cabeza la imagen de Macías, el camarero del bar de mi barrio. Aquel tipo anodino, siempre con cara de haberse despertado de un susto. Los muchachos del barrio solíamos hacerle burla. Uno de nosotros entraba en el bar y le gritaba “Gorila Maguila”, y salía escopetado. No me pregunten por qué nos metíamos con el pobre Macías que no se metía con nadie, ni por qué le decíamos aquello, quizá se pareciera a algún personaje de alguna serie ñoña de la época. El caso es que, de repente, un día dejó de aparecer por el bar y se encerró en casa. Por la noche se le veía vagar entre los contenedores de basura. Dicen que daba sustos de muerte a los que por allí se acercaban. Se comportó así durante aproximadamente un mes, al cabo del cuál desapareció. Un año más tarde apareció en un flamante Mercedes que dejó aparcado en mitad de la calle. Entró en su casa, como si tal cosa, ante la mirada atónita de los vecinos, salió con un par de bolsas, se montó en el coche, arrancó, se detuvo unos metros más adelante, junto a los contenedores de basura donde vertió las dos bolsas y se largó para siempre. La sorprendente explicación que corrió por todo el barrio a todo este asunto es que había hecho un pacto con el diablo.
¿Te acuerdas de Macías? Le pregunté por teléfono a mi madre (uno no puede tomar una decisión de tal envergadura sin hacer partícipe a su madre). Tuve que recordárselo. Pues voy a hacer lo propio. Carraspeó y solamente me dijo que era un catacaldos, y allá tú, ya eres mayorcito para saber donde te metes. Demasiado condescendiente, me dije. Algo inusual en ella. Al minuto de colgar ya me estaba llamando. Hijo, mira que tu llevas una vida muy sufrida, de entrega desinteresada e inquebrantable sometimiento a este mundo absurdo. El cielo ya lo tienes ganado. No lo pierdas por un capricho. Madre, esto sólo es un paréntesis, la repliqué.
El cielo es un destino lejano, queda mucho por delante, hay tanto que vivir, tanto de lo que poder arrepentirse todavía. El corazón me latía alterado porque no soportaba ni un minuto más el alma que lo encorsetaba. Al diablo con ella. El cielo, el cielo. Aquí el cielo es una bóveda de granito pintado con técnica de cuadratura. Quien ose atravesarlo se quedará pegado a modo de querubín sacamantecas de Lucas Jordán en escorzo. Volar o hundirse, no hay más. Y lo mío es naufragar. Además, no tengo vocación de figurante de techos. Por eso quise que el tesoro escondido en la bodega de mi bajel fuera entregado a alguien solvente. No me gustaría que fuera a parar en manos de cualquier mequetrefe con ínfulas románticas de pirata esproncediano. En una situación de frenesí como la que me encontraba, podría ser pasto fácil de alguna secta, un partido político, una asociación cultural o grupo ecologista del tres al cuarto. No. Por ello, me he dedicado toda la tarde con ahínco a rastrear parques, calles y plazas, mas no he encontrado consulado ni negociado alguno del puñetero Leviatán. Pueden entender ahora cómo me siento. El diablo tiene muchas caras, anda por todas partes al acecho, decía el padre Frías en clase de religión en el instituto. ¡Y una mierda! ¿Dónde vive? ¿Dónde actúa? ¿Dónde se manifiesta? No existe. Y si alguna vez existió, fue derrotado. Los lugares por donde le he buscado deben ser protectorado del cielo. Aquí la gente es feliz por decreto. Ya no lucha. ¿Para qué? El mal fue vencido. Una estatua en el Retiro da fe de ello. Se la podría demoler como a la de Franco en la plaza San Juán de la Cruz. Un día de estos. Cuando pasen las rebajas, metan a la cárcel a la Pantoja, ETA deponga por fin las armas, se acaben las obras de la M-30, y todo esté atado y tan atado que no se nos ocurra otra cosa de qué hablar, nada qué hacer, la vida sea nada rellena de nada y no quede más remedio que tirar la estatua del demonio para poner qué se yo, un gurruño de PVC, obra de un artista de vanguardia, fiel reflejo de nuestro tiempo y sus habitantes. Y después ya se verá. Quizá aparezca el malo malísimo de Lucifer merodeando por Preciados en busca de infelices a los que comprar su alma para hacerse con un ejército capaz de restaurar su reinado de tinieblas.
ET OMNIA VANITAS.
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