Dos conversaciones en la senda de mis orejas. Las manos taquigrafían mensajes mutilados en la pantalla. Media docena de brazos acodados en la cadera, esperan. Ojos de lápiz que perfilan la escena. Cuelgo las voces. Corto las miradas. Mazazo en la mesa. Deshilachados ecos en torsión mecánica. Reclino la cabeza sobre el respaldo de mi asiento. Banquillo de acusados. Intervalo de bostezo.

Mis ojos se pierden entre las ramas desnudas de los árboles de viento tiritados, rasguean el cristal tintado, como perros abandonados en la nieve que quieren entrar dentro a calentarse en la lumbre. Aquí ladramos todos. Es la costumbre. Un pajaro cualquiera, no entiendo de aves, se posa en una rama. Se balancea, pía, otea. Ahueca las alas y se larga. Reanudo la tarea. Fin de la huelga. Mi cuerpo ronronea. La mirada dirige la orquesta. La voz que no sale. Se ha ido fuera, cruza el horizonte, vuela. Pájaro anónimo que busca la primavera.