Corren malos tiempos para la gente lenta. Los lerdos como yo que rumiamos omnívoras sensaciones, miradas oblícuas, mudas palabras y roces de pieles distanciadas, para terminar el día repanchingados en catres celestes, mirando la noche atónita, dolientes de digestiones pesadas. No tienen nuestras manos el tacto de la madera que alimente el motor de un tiempo ferroviario que traza rutas sin traviesas al ritmo que las borra, de tratos fugaces, pactos al quite y relaciones humeantes.
Lo que cuenta es lo que se descuenta, el rosario de la aurora, un día para la historia. Un puñetazo en la mesa, una pedrada en la sien, un trago en la noria. Traer no debes traer nada. Gente de bien. Ninguna idea en la cabeza. Despensa para anoréxicas. La tripa abierta para preñarla de navajas. Cortes en las muñecas, las venas huecas, tuberías de la razón atascadas de cenizas. Y si te da por pensar que eres alguien en quien piensan los demás cuando sueñan, te equivocas. Así mismos se piensan del modo en que tú te piensas. Qué te has creído, ninguno tiene otra cosa sino orgullo. Mañana a toda prisa correrán a por el mendrugo. Duro suplicio, subsistir en tan magno presidio con emolumento tan casto. Vete a lo seguro. Haz lo que de fruto, injerto de herencias esquejadas y botines podados. No digas más que lo que se haya dicho ya en plazas tapiadas a los recovecos, iluminadas por el sol que más calienta, techadas con esdrújulas palabras, de suelos lamidos y fachadas pisadas: cajas de resonancia de ecos siniestros.

¿Dónde estás que no te encuentro? Tú que me piensas sin saberlo. En quien sueño despacio y quieto. Te tengo cuando duermo. Te vas cuando despierto. Por eso como lo que como. Lo que abunda en el destierro. Alimento de pocos. Empacho de hombres solos. Harto de rezos que piden ver algo cuando ya se ha visto todo. Y pese a que lo que me pide el cuerpo es que se hunda el cielo mientras blasfemo, me queda la fe para no hacerlo. No sé cómo expicarlo, pero siempre me invento algo nuevo, mientras te espero.