Mi amigo Periferio ―que no es nombre inventado, el pobre se llama así. Maldición que tienen los nacidos en tiempos en que se puso de moda llamarse según dónde uno hubiera nacido― se presentó en mi casa con cara de traerse algo entre manos.
―Y bien Peri… ―que así se le conocía pues resultaba menos ridículo―, ¿qué se cuece en esa cabeza?―. Le inquirí
―Nada, nada. Que pasaba por aquí, y me ha parecido que no podía dejar de pasar a saludarte. Fíjate, ¡qué curioso!, que me he dicho mientras subía, éste está tramando algo. Voy a enterarme―. Me contestó, haciendo gala de su origen gallego.
―¡Mira Peri, mira! No te me vayas por los cerros de Úbeda, que nos conoceos―. Esta vez, como no estaba de humor, no hice la broma de utilizar “periferia” por “cerros de Úbeda”, como solía hacer.
De momento, mi curiosidad quedó frustrada. Durante una hora, mientras revisaba unos exámenes, estuvo dándome evasivas y hablando de lugares comunes sobre nuestras respectivas profesiones.―Chico, de esas cosas… Qué quieres que te diga… A ver cómo te lo explico, quién te manda haberte dedicado a la enseñanza… Mi opinión como mecánico, y no te lo tomes a mal, es que hay que tomarse las cosas con “filosofía”. Vamos, yo que tú lo dejaría correr―.
―¿Dejar correr qué cosa, Peri?―. Llegados a este punto, cuando me disponía a subirle una décima y dar por aprobado un examen lamentable, tiré por la borda el conato de misericordia que comenzaba a aflorar con la visita de mi entrañable amigo; corroboré el suspenso, y aparté el fajo de exámenes de mi vista. Me quité las gafas y me zambullí en pleno en la mirada de mi amigo, dispuesto a averiguar de una puñetera vez en qué andaba.
―¡Vamos hombre!, ya sabes, querido Rusti (por Rústico, desgracia que tiene uno por nacer en tiempos en que estaba de moda llamarse según capricho del santoral).
―No sé, cuéntame tú―. Insistí.
―Si lo sabes de sobra, no hagas como siempre, como si no fuera contigo la cosa―. Enrocado.
―¿Qué cosa?―. Persistí.
―Mira cabroncete, no empices―. Erre que erre.
―Tómate una copa anda. Vamos a estrenar ese pacharán que hice para los Santos. Ya estará maduro―. A ver si así suelta prenda, me dije.
―Espero que este año te haya salido menos dulzón que el año pasado―. Él, cómo no, siempre con su apostilla cáustica.
―Pues tú bien que venías todas las tardes a chiscarte media docena de copas―. Tampoco yo me quedé atrás. Mi amigo Peri, según sus propias palabras, tenía un problema que los médicos no habían dado con la solución. Y es que una copa llevaba a la otra, y como un coche sin frenos, hasta que no se esmorraba, no veía la manera de parar. Vamos, que era alcohólico, dicho con mis palabras. Eso sí, no me explico cómo, pero bebido era cómo mejor reparaba los motores.
―Esta vez, Rusti, he de reconocer que has estado a punto de rozar la maestría. Te felicito, amigo―. Fue su dictámen, tras la primera.
―¡Y qué bien entra, eh!―. Tras la segunda.
―¡Y qué buen color tiene!―. Tras la tercera.
―Mira Rusti. La botella ha alcanzado el nivel en que se puede ver o medio llena o medio vacía. Y ya sabes que no soporto los dilemas. Anda echa―. Tras la cuarta.
Con la quinta traté en vano de zanjar el asunto, le tiré de la lengua, y a punto estuve de sacarle algo, pero enseguida le entró la risa, que derivó en malestar al negarme a servirle la sexta, si no largaba. A lo cuál me replicó con la amenaza de no repararme el problema de calentamiento de mi tostadora, que así llamaba a mi destartalado auto. A punto de llegar a las manos, llamaron al timbre.
―Deja, voy yo, total ya me iba―. Se ofreció. ―¡Hombre Laura! Qué se le ofrece a una dama con un nombre tan vulgar, lo cuál no le impide ejercer la enseñanza de una materia tan sutil como la filosofía―. Y desapareció escaleras abajo entre risotadas. Cuando alcanzó el portal, se le oyó decir “Tómatelo con filosofía, Rusti”, seguido de una carcajada histérica.
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