Soy escéptico con la psicología de bolsillo, de prêt-à-porter me gusta llamarla. Aunque hubo una época ―todos tenemos un pasado― en que leía con fruición manuales de autoayuda. Todavía conservo, no sé si por mucho tiempo, un estante en mi librería repleto de títulos como Puedes ser otro y feliz, Ayudarse a sí mismo, Sé tú mismo. Títulos de este jaez se encuentran a granel si uno se pasa por la nutrida sección de marras de cualquier librería. Se venden como churros. Si no, pueden probar a poner en google “sé tú mismo”, “quiero ser feliz” o algo semejante que se les ocurra. Hasta puede que den con una secta de esas que prometen el oro y el moro en el más allá. Todos vienen a decir lo mismo: abre la ventana, estira los brazos y grita “la vida es maravillosa”. También tengo algún clásico, Hablar en público del doctor Vallejo-Nájera, Inteligencia emocional de Goleman, La ventana de Johari; los mestizos que combinan psicología, filosofía y ficción, incluso religión y esoterismo, género muy en boga hoy en día, como El Alquimista de Paulo Coelho, Cuentos para pensar de Bucay, El loro de siete lenguas de Alejandro Jodoroswky o los exitosos Más Platón y menos prozac y ¿Quién se ha llevado mi queso?; y por último, como rareza, alguno enfocado a lo mío, Escribir para curarse, verbigracia. Al que me he resistido numantinamente es al archivendido Es fácil dejar de fumar si sabes cómo, y mira que siempre que lo veo lo cojo y lo hojeo, como si tuviera una margarita entre las manos, lo compro, no lo compro, hoy no. Reconozco que si bien hoy siento recelo frente a este tipo de publicaciones ―se me hace que sus autores son una suerte de vendedores que tratan de endosarte un felpudo como si fuera una alfombra persa― contribuyeron en buena medida a poner negro sobre blanco algunos aspectos de mi personalidad hasta entonces ignorado. Llegado al punto en que has escarbado hasta el nivel freático de los fundamentos psicológicos y necesitas profundizar, bucear por las aguas subterráneas de la mente humana, los mandamientos que te han sido revelados por la montaña de libros no te ayudan. Te ocurre como si llegaras al polo norte con una brújula, y una vez allí te emepezaras a preguntar qué hay más al norte del polo norte. Seguramente haya algo de rebeldía o inconformismo hacia una manera de ver las cosas reduccionista. La psicología es una materia cuyas fronteras están poco delimitadas. Muchos psicólogos, queriendo abarcar demasiado, meten los hocicos donde no les corresponde. Como cuando los físicos se empeñan en demostrar la existencia o la no existencia de Dios, o cuando la religión pretende dar explicaciones científicas basándose en algún versículo de la Biblia.
Uno de los campos donde la psicología ha conseguido poner una pica en Flandes es el mundo laboral. Quién no ha pasado por un proceso de selección y se ha visto sometido a todo tipo de de pruebas, alguna de las cuáles coquetean con el código penal: test de chinitos, series de números, poligonitos aerofágicos, preguntas que tratan de buscarte las cosquillas de la contradicción, dinámicas de grupo con tintes de reality. Recuerdo uno de estos procesos nada más terminar la carrera. En una de las aulas de la universidad autónoma de Madrid nos habían congregado a unas quinientas personas, en respuesta a un sucinto anuncio en la prensa que decía “Multinacional líder en el sector automovilístico busca ingenieros técnicos de telecomunicación”. Una vez allí, muchos tratamos de conocer más detalles: qué empresa, a qué tipo de puesto aspirábamos, etc. Se nos decía que no estaban autorizados a proporcionarnos esa información y que sólo les sería desvelada a los que alcanzasen el proceso final. Después de dos meses de más tests, dinámicas, pruebas caligráficas, etc. fui uno de los diez afortunados en alcanzar la prueba final, una entrevista personal de una hora con la psicóloga que había liderado el proceso. Allí me fue anunciado el gran secreto: la empresa era una conocida marca de neumáticos y el puesto consistía en vender ruedas. La entrevista comenzó con la pregunta “háblame de tu familia”. “Pues bien, mi padre pegaba a mi madre, mi hermano violaba a mis hermanas, y yo tiraba macetas por la ventana, vamos una familia normal”. Cinco minutos duró el interrogatorio. “Nos pondremos en contacto contigo. Que tengas suerte”. No la tuve, afortunadamente.
Otro aspecto llamativo del contubernio entre psicología y empresa, son las técnicas enfocadas a la mejora del rendimiento y la consecución de objetivos. No hay empresa puntera que se precie que no mande dos o tres veces por año a sus cuadros directivos un fin de semana a un parador, en algún lugar bucólico como Sigüenza o Burgo de Osma, a realizar ejercicios espirituales posmodernos. Tapar los ojos al personal y abandonarlos en el bosque para que busquen el camino de vuelta. Si lo consiguen, quedará demostrada su capacidad para superar los contratiempos. Saltar una hoguera, o cruzar a toda pastilla, descalzos, por una superficie de brasas. Jugar al primero y último de la clase, con los clásicos tándems estímulo-respuesta y premio-castigo, como poner lamparitas en los pupitres de los talluditos alumnos, con lucecita roja y orejas de burro para el que menos ventas haya conseguido. Capítulo aparte merecen las técnicas, ¡dios mío!, antiestress. Están las relajantes: baños de burbujas de ozono, musicoterapia, risoterapia. Y las agresivas: el punchin ball, jugar a la guerra con proyectiles que son bolitas de pintura, aparentemente inofensivas, pero cómo joden cuando te alcanzan; caminar por la Gran Vía, a hora punta arrastrando una ristra de plátanos ―gente sin complejos―. Y el último grito: la destructoterapia, muy eficaz. Líate a maporrazo limpio con el objeto de tu estress: el ordenador, el móvil, la PDA, el coche, etc.. Y como las ideas peregrinas no conocen límites, una técnica que me ha sorprendido recientemente, y mira que es difícil, es ―agárrense los machos― la aullidoterapia. Creo que no hace falta que les describa en qué consiste. ¡Auuuuuuuuuu!
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