Una calle sin número ni letrero, un barrio obrero a las afueras,
un piso cualquiera del tercero, frente al colegio
pagado a plazos con tanto esfuerzo, tanto dinero,
Dolores Romero se prepara para teñirse el pelo.
Sale de la cocina, recorre el pasillo de la casa
carrespea y cierra todas las puertas y ventanas
no quiere que se enteren las vecinas
se seca las manos en el mandil
y descuelga el teléfono, es su hija
la peluquera. Llegará tarde, no hay prisa
Llaman al timbre, ¡qué sinvivir!
Están cambiando los buzones del portal
los viejos de madera por otros de metal
Es el muchacho de al lado que hace poco se ha mudado
Le entrega una carta echada en lugar equivocado
en el piso bajo, hace diez años deshabitado
Nadie ha querido comprarlo,
esa es la casa del ahorcado.
Dolores se encierra en el baño
la carta tiembla entre sus manos.
No tiene remite. Ya sabe ella
quien es el emisario.
Afuera suenan los tiros
de la peli de vaqueros.
Chica no vayas a tardar, que me meo,
grita su marido tumbado en el sofá.
Dolores se mira en el espejo
y se cepilla el cabello.
Entre pasadas gira la cara
y alza el cuello.
Se arranca alguna cana
y tira la carta al suelo.
Su hija ha llegado,
mamá aquí te espero.
Otro día, hoy no quiero.
Dolores se coloca la melena
siente el tacto del cabello
como las piedras del arroyo
deben sentir la corriente
―hoy tengo pena―
consciente de que las cosas
van y vienen
por encima y quedas
mientras uno permanece.
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