Hora de retirarse. ¿Cuántos kilómetros habré hecho hoy? Calculaba ―siempre exagero― que debía de haber caminado unos diez o doce. Una luminosa y tibia tarde de otoño. Algo insólito en esta estación lluviosa, que sorprendentemente este año por fin se ha manifestado. Me puse la chaqueta y me senté en un banco a descansar un rato, antes de enfilar la cuesta y buscar el coche. La gente que pasaba, mostraba también signos de cansancio: piernas arqueadas, manos caídas y un halo de resignación en el rostro. La luz tenía a esa hora un tono evidenciador como cuando termina la función y se encienden las luces de la sala. Unos se abrigaban, otros a cuerpo gentil, todavía en mangas de camisa. La temperatura en días así es una cifra que no dice nada. Hace el tiempo que a cada uno le de la gana.
Mientras ascendía, de cuando en cuando, no podía resistirme a darme la vuelta. Algo de cansancio y recuperación de fuerzas había. Pero tiraba más de mí la tentación de echar una ojeada al horizonte, donde el sol se ponía con notable artificio entre cortinajes anaranjados, como si algo allá a lo lejos ocurriera y me lo estuviera perdiendo. En una de estas, antes de seguir adelante, miré hacia el balcón segundo de un edificio desvencijado, de esos difíciles de situar en el tiempo, más de cincuenta años hará que lo hicieron, en algún momento de un período largo de otros cincuenta años a partir de entonces. Poco antes de mudarse los padres de esa anciana que me mira con cara de no haberse movido de la ventana en todo este tiempo. En ese segundo piso debió de nacer, y allí verá por última vez el ocaso, butaca priviligiada desde donde se ve tan nítido y centrado. Fue la ultima vez que me giré hacia poniente, aunque todavía me quedara cuesta y tiempo de sobra antes de que un sol genuflexo hiciera reverencia y tirara del telón para hundirlo en el lecho de la noche y transfomarlo en manta. Los ojos cavernosos de aquella mujer sola, que miraban a todas partes sin pestañear, habían convertido el crepúsculo en espectador de una puesta en escena mejor interpretada. Con implacable parlamento, habían aniquilado la tarde, quedando tendida de bruces en su cara. Todas las voces, desperdigadas por el valle, también la mía, enmudecidas entre el rugido ensordecedor de la cascada de sus cuencas sombrías; engullidas nuestras esperanzas dentro de la sima titubeante de sus pupilas. Caminé en el tiempo, casi tantos kilómetros como había paseado, hasta llegar al coche, orientado por la flecha azulada de mi sombra.
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