Ocho de la mañana. Catorce grados en este punto de la ciudad. Los vehículos, los peatones y las hojas caducadas, vagan sonámbulas. Se han echado a la calle sin haberse mudado. La ropa de ayer, valdrá para mañana, vuelta del revés, lo de atrás, delante; y lo de dentro afuera. El cielo tiene el color de la carretera. Los fantasmas de los vivos controlan la ciudad desde el techo. Un espejo que refleja el laberinto del callejero, donde se proyecta el vaho de los cuerpos, empañando la atmósfera. Nubes que respiran del humo de las chimeneas y tosen proyectiles por los tubos de escape.
La metrópolis se despierta, sus habitantes acuden a sus puestos. Grupos de niños arracimados en la verja, esperan a que se abran las puertas y comience la clase de lengua. Los últimos apuran un cigarro que comparten, entre el desorden de las prendas del uniforme que poco antes sus madres inútilmente han amañado. Lo han comprado en el estanco, dos calles más abajo, con los restos de la paga, estirada hasta no quedar nada, quizá se lo hayan sacado a esa muchacha que se come una manzana, al otro lado, mientras espera el autobús sentada en la parada. La tormenta ora amenaza, ora se esfuma. La mañana entra y sale, como renglones luminosos de una persiana destartalada. Las farolas se encienden y se apagan. Los obreros se desperezan dentro de una taberna. Café azul en la garganta para templar el vaivén hipnótico de su parpadeo fotovoltaico. Productos latinos dice un cartel en la puerta. Al otro lado, el menú del día: hoy habrá paella, mañana codido madrileño y al otro fabada. Los trabajadores en fila desordenada, con el almuerzo bajo el brazo, esperan el autobús que les lleva a la faena. Una mujer despeinada arriba sacude la almohada. ¡Señora no son horas! El atasco culebrea husmeando entre los cruces el olor de su presa. Un conductor delante escupe por la ventana. Al de atrás le pitan, por quedarse parado, cuando había tienpo de pasar, antes de que el semáforo se cerrara. Se ha quedado mirando a ambos lados. Una muchacha desgarvada con cascos en la oreja, pasa ligera ante la puerta de una iglesia evangelista. Entorna los ojos para enfocar el mensaje colgado sobre el dintel: “Dios llama a tu puerta, ¿le vas a abrir?”. Estalla un globo de chicle y sigue rauda hasta perderse a lo lejos, donde empieza el muro que separa la vía del tren de la calzada. Abajo y en caracteres diminutos, Cris y Fran, dos nombres enlazados y perdidos en la maraña de trazos violentos y colores estridentes que saturan la superficie hosca del cemento. Al menos dos palabras que se entienden en esta mañana tan extraña, en que a todo el mundo le ha dado por comer manzanas, como si hubieran sido todos expulsados del paraíso, y éste ya no fuera referencia inmutable cuando se despiertan y cuando se meten en la cama.
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