Estoy convencido de que los pilares que sustentan a una sociedad civilizada y desarrollada descansan sobre los pequeños detalles del comportamiento de sus ciudadanos. Durante un viaje por un país remoto, andaba yo una mañana temprano contemplando desconcertado las curiosas esculturas de monos que decoraban el templo más importante de la ciudad en que me encontraba, animal que por aquellas latitudes era venerado por ser portador de la sabiduría. En esto que empecé a sentir un malestar creciente en el estómago seguida de una acuciante necesidad de exonerar mi vientre. Afortunadamente en las inmediaciones había unos lavabos. Más tarde, cuando me uní al grupo, mientras caminábamos por los jardines del templo, departía con un argentino, profesor jubilado de historia, en los siguientes términos:
―Saliste despavorido, ¿te asustaron los monos?.
―No. La cena de ayer no me debió de sentar bien.
Al observar que me frotaba las manos con hojas que iba arrancando de los arbustos que flanqueaban el camino, hizo la siguiente observación.
―Ten presente amigo, que la clave del progreso estriba en limpiarse el culo con papel higiénico. El uso de agua corriente, la electricidad y la expansión de internet son hitos minúsculos comparados con lo anterior. Esto es algo que he aprendido después de muchos años y miles de kilómetros de recorrido por el mundo.
Reconozco que es una de las frases que han hecho mella más que en mi modo de ver las cosas, en la forma de ordenarlas y situarlas en el tiempo. “¡Hay que ver lo que ha cambiado España!” comentaba con un primo carnal el otro día. “Parece que fue ayer cuando en el pueblo había luz a 125, nos bañábamos en un balde de cinc y teníamos que irnos al vallejo a evacuar y luego limpiarnos con un canto”. Si tuviera que relatar mi pequeña historia personal, sin duda, la estructuraría en capítulos cuyo encabezamiento sería el breve relato de las cosas que marcaron un antes y un después. Fechas habría pocas. Más que comenzar al modo de “Sicilia, 1927..”, como lo hacía Sophia, el entrañable personaje de las chicas de oro, lo haría con frases tipo “cuando sustituí la hucha por la cartilla del banco”, “cuando aprendí a distinguir el cuarto creciente del decreciente”, “el día en que mi madre dejó de cortarme el pelo”, “cuando pasé del 486 al Pentium, del Peugeot 205 al Rover, de usar Baron Dandy a Paco Rabanne”….. Todos estos hechos galvanizan los episodios que transcurren en cada etapa de la vida, y constituyen los peldaños que ascienden por la escala del progreso personal. Sin duda, el uso del papel higiénico sería un referente repetitivo. Entre aquel duro y áspero papel de “El Elefante”, conocido como papel “lijiénico”, hasta los modernos de doble capa y textura suave y delicada, pasando por los perfumados y coloreados a juego con los azulejos del baño, cuántas cosas se podrían contar, incluso escribir. He de confesar que cuando empecé a escribir lo usaba como medio para mis borradores, pues la inspiración me venía en “esos momentos”. Quizá de ahí surgiera la predilección por los temas escatológicos que, según un buen amigo, tengo. En cualquier caso, cuando empecé a utilizar cuadernos, di un paso decisivo, puede decirse que civilizado. El uso de las cosas ha de adecuarse a sus fines, y mezclarlos o confundirlos constituye una perversión.
Recientemente, Albert Boadella ha protagonizado un video “casero”, en que critica el comportamiento miserable de la prensa catalana con el partido político Ciutadans de Catalunya, que él y otros intelectuales han auspiciado como respuesta a la deriva nacionalista que ha llevado la práctica totalidad de la clase política desde Tarradellas. En la parodia, un Boadella en disposición de entrar en el retrete de su casa, ensalza las propiedades del papel de Avui, La Vanguardia, El Periódico y otros, por ser “incisivos y absorventes” (con la mierda se entiende). Hace muchos años, cuando el uso del papel higiénico no se había democratizado todavía, era habitual leer el periódico mientras se deponía, pues se usaba después para limpiarse. Dos virtudes en una. De ahí la costumbre atávica de algunos en seguir leyendo la prensa sentados en la taza del váter. Me temo que el ejemplo de Boadella será secundado por muchos. En breve, puede que empecemos a prescindir del papel higiénico, pues los titulares, las columnas, las crónicas y los editoriales se demostrará que son más eficaces para arrastrar las zurraspas. Ese será el momento clave para responder a la famosa pregunta que se plantea uno de los protagonistas de Conversación en la Catedral de Vargas LLosa, “¿En qué momento se jodió el Perú?”, susituyendo Perú por Cataluña, España, Europa o la civilización occidental en general.