En mayo de 1990 se lanzó el primer programa de correo electrónico moderno, basado en una interfaz gráfica, mucho más cómodo e intuitivo que las aplicaciones de línea de comando que existían hasta entonces. Ese mismo año desaparece ARPANET, la red de computadoras que surgió en 1969 con propósitos militares y que había sido el embrión de lo que hoy conocemos por Internet. Al susodicho programa de correo se le bautizó con el nombre de Eudora, en honor a la escritora sureña Eudora Welty, autora poco conocida internacionalmente, pero que en Estados Unidos gozó de gran popularidad y prestigio. Uno de sus más afamados relatos cortos, subgénero en el que destacó notoriamente, no en vano la crítica la considera uno de sus más altos exponentes de todo el siglo XX, se tituló “¿Por qué vivo en la oficina de correos?”.
En China Groove, Mississipi, la incomprendida hermana mayor de la familia más rica del pueblo, tras salir malparada con todos sus miembros, principalmente con su hermana pequeña que recientemente había vuelto a casa después de separarse de su marido y antiguo novio de aquélla, opta por marcharse a vivir en su lugar de trabajo: la oficina de correos más pequeña de todo el estado. Apenas llegaban cartas y la mayor parte de la correspondencia que por allí circulaba pertenecía a su familia. Sus madre, su abuelo, su hermana y su otrora adorado tío, todos le habían jurado al marcharse no acercarse por la estafeta durante el resto de sus días. Tampoco lo harían la mayor parte de los vecinos, por no perder el favor de la familia más poderosa del pueblo. Lo cuál no suponía mayor problema para ella, pues viviría felizmente entre la tabla de planchar, la máquina de coser, el cultivo de guisantes y la radio que emitía noticias de guerra.
Actualmente, Eudora sigue existiendo como cliente de correo, pero de manera testimonial. Su empleo se limita a los usuarios de Mac y a los disidentes del monopolio Windows. Internet no es lo que era. Tampoco las oficinas de correos. Hoy, la hermana díscola de la historia de Welty tendría que buscarse otro lugar de trabajo para evadirse del mundanal ruido. Los buzones tradicionales rebosan propaganda publicitaria, a veces electoral, recibos del banco, carteles de “precioso gatito perdido”, o ilegibles mensajes manuscritos de alguna señora polaca o rumana emigrada que se ofrece para limpiarte la casa y nos asegura “discreción”. Los electrónicos, a su modo, presentan el mismo aspecto de empacho, solo que aquí se le llama “spam” y suelen ser más indecentes. Diariamente recibo una media de 10 mensajes sobre tratamientos de alargamiento del pene, pastillas de viagra, de lo afortunado que soy por haber sido el ganador del primer premio de una lotería, o los clásicos de la viuda cuyo marido tutsi murió bajo cuchillo de los hutus, y no sabe qué hacer con la ingente cantidad de dinero que le dejó y quiere compartirla conmigo. Luego están los mensajes de tus contactos tipo “se ha descubierto que al fabricante de calzoncillos X le ha salido una partida infectada de ladillas, además los fabrican en Maputo explotando niños, deja de comprarlos, pásalo” o “se necesita sangre para Mijaïl, si eres del grupo cero negativo ven a donar al hospital de La Princesa”, las cadenas de chistes malos, los videos de zumbados, de atropellos y caídas, que le deben hacer gracia a todo el mundo menos a mí… La identificación entre los medios y los fines es tal que la etología contemporánea es un compendio de catálogos publicitarios y monólogos del club de la comedia. No digo yo que volvamos a la idea romántica del sobre lacrado que al abrirlo y desvelar su contenido nuestras manos tiemblen y nos achicharremos con la cera ardiente que rebosa la vela que sujetamos, pero alguna alternativa habrá que buscar, no sea que un día enviemos una declaración de amor y nos confundan con un vendedor de tostadoras.
Leave a reply