Cuando intento recordarte apareces como un fantasma al que se invoca para conocer lo que no se debe. Tu voz suena hueca como si viniera del otro lado del tabique, en ese piso deshabitado . Tu rostro, una fotografía en un portarretratos contra la pared. ¡Hace ya tantos años! El resultado de dos fechas que se restan. ¡Las vueltas que han dado nuestros mundos! Acoplados el uno en el otro; tu norte es mi sur, el hemisferio que gira del revés, me exprime las entrañas y me hace confundir el día con la noche. Buscarte es meter la cabeza en un agujero negro; olvidarte, tirar una cerilla al sol.

Cuando quieres, sin embargo, te encarnas allí donde menos se te espera. Como esta tarde mientras hacía acopio de ropa en desuso para entregar a las hermanas trinitarias. Has aparecido en el bolsillo del traje que llevé para la boda de mi hermana y que no me he vuelto a poner, entre las páginas de aquel breviario viejo que robé de la sacristía de la parroquia el mismo día que te enterramos. Días atrás nos habíamos reído tanto, ¿recuerdas?, leyendo las prescripciones sobre como prepararse para comulgar, y que pese a que en otra situación nos hubieran parecido irritantes, por excesivamente doctrinarias, en aquel momento nos resultaron divertidas. Sobretodo cuando apareció el cascarrabias de Don Imeldo e hizo aquel comentario: “me alegro que hojeéis ese libro, es muy bueno”. Te leo algo de lo que debimos de leer en aquella ocasión:

Disposiciones para recibirle. Dos son las principales; una de parte del cuerpo, y la otra de parte del alma. De parte del cuerpo es el ayuno natural, que consiste en no haber tomado después de la media noche cosa alguna, ni por modo de comida, ni de bebida, ni por medicina, sea advertida o inadvertidamente, por olvido o sin él, a no ser que se reciba como viático. Otra disposición de parte del cuerpo es el asco y limpieza. La disposición esencial y absolutamente necesaria de parte del alma, es ir a comulgar en gracia de Dios; porque este Sacramento no solamente es de vivos y pide, estado de gracia, sino que es la vida misma. Por consiguiente, el que por su desgracia se halla en pecado mortal, de ningún modo puede llegarse a recibirle, sin ponerse antes en gracia por medio de una buena confesión; y digo confesión, porque el acto de contrición perfecta, aunque debe procurarse, y procurarse mucho, no basta sin confesión para llegarse a comulgar. Así lo tiene declarado el Santo Concilio de Trento.

Mientras ésto leía, los músculos de mi cara se han tensionado forzadamente para adoptar una ténue mueca risueña. Sin embargo, el tacto macilento de las hojas, que parecían estar a punto de desmoronarse entre mis dedos, y el rancio olor a moho, por unos instantes, me han hecho sentir que lo que sostenía entre las manos era tu cadáver. Seguidamente he vuelto a guardar el breviario en el bolsillo del traje que nunca utilizaré y he conducido hasta el cementerio. Sin bajarme del coche y con el motor en marcha, frente a la puerta, me he detenido apenas un minuto. Me he marchado, pues queriendo estar cerca del lugar donde reposa tu cuerpo, inopinadamente me había alejado. Allí no estabas, ya te habías ido. ¡Qué solos quedan los muertos! he pensado, recordando el verso de Bécquer. ¡Qué soledad la mía! ¡Quién fuera siquiera renglón perdido, letra pequeña y velada inscrita páginas atrás del presente, donde nadie tuviera dioptrías suficientes para enfocar su significado arcano, tan solo ser, de pascuas a ramos, el sudario de los muertos!