«Un zumbido sordo y persistente late acelerado del lado de acá de la epidermis geométrica de los adustos y bruñidos adoquines».
Un buen adoquinazo es lo que me lanzó con la mirada mi amiga tras acabar exhausta la lectura del párrafo de uno de mis primeros textos con pretensiones literarias. ─¡Una coma, por favor! ─. Sentenció tras tomar aire, mientras se abanicaba con el folio y me miraba con cara de estudiante parisina en mayo del 68. Eso me pasa por someter mi obra al juicio de personas no cualificadas, pensé. Con lo que me había costado construir esa frase. Y lo logrado que me quedó el paralelismo entre los pasos que golpean el suelo y el latir de mi corazón que hace lo propio contra el pecho. ¡Para desmayarse de éxtasis! Hoy cogería la tijera de podar y resumiría la frase en un sencillo “se sentía inquieto”.
Cuando alguien empieza a escribir, sin nadie que le oriente, sin método, ni orden ni concierto, como era mi caso, uno se siente como Joseph Grand, el personaje de La Peste de Camus, que entre los huecos que le dejaba el estudio estadístico de la enfermedad, se afanaba en componer la primera frase de su novela. ”La elegante amazona cabalga suave. No. La dulce amazona cabalga elegante por la suave pradera…”
Demasiados adjetivos. Frases extremadamente largas. Uso de palabras rebuscadas. Argumentos retorcidos. Eso me decían los que consideraba que eran acreedores de enjuiciar mi obra adecuadamente. ¡Chorradas!. Me sentía incomprendido, y eso, cuando eres un niñato, mola.
Y hete aquí, que empecé a fumar. Primero por timidez, supongo. Luego por adicción, acoplada, supongo también, a la timidez, porque el que nace con ella, a la tumba se la lleva. Que en esa época devoré muchos manuales de autoayuda: como superar la timidez, como hablar en público, acéptate como eres; y ahí me quedé, vamos, como estaba. Acababa de salir del armario, y empezaba a frecuentar locales de ambiente. Después de deglutir mi batido de vainilla, ir varias veces al servicio, y leerme todos los folletos de todas las paredes y todas las mesas, en algo tenían que emplear mis manos el tiempo, si no quería parecer un idiota con ellas metidas en los bolsillos, y solo sacarlas para escarbarme las narices. Y como uno no ha sido agraciado con el don del baile ni el del palique, y el virginal niño de los batidos era demasiado remilgado como para meterse en un cuarto oscuro, el cigarillo fue mi salvavidas. Luego me aficione al gin-tonic. Alcohol y tabaco, los perfectos embajadores para conquistar la noche: sórdidas experiencias sexuales, situaciones embarazosas, malentendidos, grescas, drogas, algunas de diseño y otras de dudoso gusto y peor efecto. Total, para nada. Cuando la noche se desvanecía como la carroza de cenicienta, algo había que hacer para intentar completar lo que la realidad me escatimaba. Osea, escribir. Si Mary Shelly, junto con otros escritores, se encerró en un castillo de Transilvania, bien puesta ella de sustancias del diseño de entonces, para escribir Frankenstein, mis noches de exceso estaban más que justificadas. Algo brillante tenía que salir.
─»Y esta sarta de jilipolleces, estabas drogado o qué»─. Pues sí, oye.
Superados ya los tiempos exagerados, el único vestigio que me queda es el tabaco. No hay manera. He llegado a la absurda conclusión de que si dejo de fumar, mi estilo literario se verá afectado negativamente. Claro que ésto no suena más peregrino que muchas argumentaciones que se hacen para justificar otros hábitos y costumbres que sostienen nuestra civilización. Y ¡ay! si renegáramos. Nos convertiríamos en seres políticamente correctos, anodinos, ñoños, cursis y horteras.
Pla decía que fumaba para buscar adjetivos. Yo lo hago para desterrarlos. Quizás porque él encuentra los imprescindibles y yo me topo con los innecesarios. ”¡La vida es sustantiva! ” le espetaba la profesora a su alumna en la obra ”Collected stories” de Donald Marggulies. Amén.
Entre calada y calada, metiendo el aire en mis pulmones con el mismo ansia que una locomotora lo vomita cuando atraviesa un túnel, poco tiempo y menos aire me queda para componer largas y enrevesadas frases. Que uno tiene la costumbre de luego leer lo que ha escrito de viva voz, y en cuanto me excedo, enseguida me viene la imagen de mi amiga, como un trauma infantil, que entonces se trincaba tres cajetillas de tabaco rubio.