“La magia de librar batallas más allá de lo humanamente soportable se basa en lo mágico que resulta arriesgarlo todo por un sueño que nadie más alcanza a ver excepto tú”.
Esta frase pertenece a la película One million dollar baby de Clint Eastwood. El contrapunto a esta sentencia sería aquella de El Alquimista, “Cuando se quiere algo, todo el Universo conspira para que esa persona consiga realizar su sueño”. Supongo que en función de cómo le vayan a cada uno las cosas se elegirá una u otra. Yo eligo la primera, por dos razones: me parece más ajustada a la realidad, y además es mucho más brillante, o brillante a secas, porque así dicho parece que la de Coelho siéndolo menos, lo es.
Qué cosas son los sueños. Hasta en las personas que podamos considerar más anodinas, si rebuscamos, encontramos rastros de un camino hacia algo grande que algún día quisieron alcanzar y que, por algún que otro traspiés de la vida, abandonaron. Qué sería de nosotros sin los sueños. Probablemente seres más satisfechos. ¿Felices? Quizás. Pero, qué tipo de felicidad sería la que traiciona los pensamientos más nobles y sublimes, la que tiende emboscadas a los sueños que tejen nuestra conciencia de seres dotados de la capacidad de amasar el barro del que fuimos hechos y crear, seguir creando sobre lo que heredamos, inventar o reinventar lo que ya se ha olvidado, continuar la labor de los que nos han precedido, y pasar el testigo a los que nos sucederán. Caer en la cuenta de que en lo más profundo de nosotros habita el dios creador, y si fuimos creados a su imagen y semejanza, tenemos la obligación de remedarle y engendrar nuevos mundos en este mundo viejo y anquilosado.
Tengo la sensación de que vivimos una época desligada del pasado y del futuro. Que desprecia lo anterior y le importa un bledo lo que venga después. No en vano, todo lo que ocurre en nuestros días, hasta lo más fútil e insignificante, se considera histórico. Porque se ignora de manera impúdica la Historia. O se la considera como una sucesión de momentos oscuros plagados de persecuciones, guerras de religión, esclavitud, inquisición, miseria y demás penalidades. No hay que mirar atrás, es uno de las consignas del pensamiento de prêt-à-porter que nos aflige. Tampoco en lo personal. Hay que vivir el momento, el mundo está en peligro, nos lo estamos cargando, otro de los mandamientos de la nueva moral barriosesamera que se difunde con ráfagas incesantes desde los alminares de los medios que ametrallan las ondas y el papel. Y quién puede sobrevivir, permanentemente sorteando los tiros que nos asedian por doquier, sin ser atravesado por uno de esos proyectiles que nos inyectan dosis a granel de estupidez, banalidad, e ideas tan arbitrarias como fatuas.
A veces, me cuestiono sobre si no seré justo con lo que me rodea, incluso si no estaré siendo intransigente, de quién soy yo para establecer juicios acerca de cómo deben ser las cosas. Me aterra pensar que pueda convertirme en uno de esos intelectuales-periodistas-artistas y de más fauna que satura el espectro del folclore filosófico nacional, que desde su particular minarete vociferan sus “amalajá-malajá” para aleccionar a la gente de cómo tienen que pensar y comportarse, cómo estar al día, cómo ser modernos y progresistas. Luego uno rasca y no encuentra más que obviedades, lugares comunes, y pedorreces ensartadas en una espiral de contradicciones orientadas a un único fin: vivir cómodamente, sin preocupaciones, arriesgando lo justo, no plantearse nada más allá de los límites del plano cero que pueda hacer tambalear los simples principios de la sociedad del bienestar que fomenta el consumo de cosas innecesarias e ideales de usar y tirar. Esto me recuerda al diálogo que sostienen Lime y Holly, los dos protagonistas de El Tercer Hombre. El malvado Lime, interpretado por Orson Wells, le dice a su amigo: Recuerda lo que dijo no sé quien: En Italia, en 30 años de dominación de los Borgia, no hubo más que terror, guerras, matanzas, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo Da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron 500 años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado? El reloj de cuco. Hasta la vista Holly.
Este diálogo me hace plantearme un dilema: Ocurre con los sueños lo que afirma Eduardo Mendoza sobre la novela contemporánea; es decir, que en una época desprovista de toda épica, en que no hay guerras, ni hambrunas ni demás sucesos “horripilantes”, la novela ha dejado de tener la autoridad que tuvo en el pasado para ser relegada a un “entretenimiento de sofá”. ¿Son nuestros sueños un entretenimiento, un trámite de almohada para coger el sueño? ¿Son tan inanes e inocuos como un bestseller? Volviendo a One million dollar baby creo que a falta de grandes sueños colectivos, nos quedan los que sólo le pertenecen a uno, y nadie más alcanza a ver, aunque para llevarlos a cabo tengamos que librar batallas más allá de lo humanamente soportable.