A lo lejos, sobre uno de los puentes que descienden del Campo de las Naciones hacia una de las rotondas de la M-40, una hilera de gente bajaba lentamente como una procesión que acompaña al féretro hasta el cementerio. Uno tras otro, cabizbajos y taciturnos, como movidos perezosamente por unos engranajes que unieran sus manos al mango del paraguas y éste a su vez girara al ritmo del leve aguacero que caía a la hora de comer. Les observaba con un anhelo solidario de unirme a su movimiento, mientras forcejeaba con mi paraguas bajo la marquesina del autobús. ─Esto me pasa por comprárselo a los chinos─, pensaba. Para qué me iba a gastar el dinero en uno caro, si me lo acabo olvidándo en cualquier parte. Cuando terminé de enderezar las varillas, me dirigí hacia el restaurante. En la puerta coincidí con algunos miembros del cortejo fúnebre que llegaban con paso decidido. Ya no parecían ni cabizbajos ni taciturnos. Plegaban resueltos sus paraguas y los arrojaban en un macetero vacío que hacía de improvisado paragüero.
Hasta que el camarero nos tomó nota, la conversación se centró entorno a Mateo, que se acababa de comprar un piso a 50 km de Madrid, por el “razonable” precio de 57 millones. Durante el primer plato la liga de fútbol animó el debate. Para el segundo, había girado bruscamente hacia el tópico de que no se sabe de nadie que haya presenciado nunca el entierro de un chino, y las consecuentes especulaciones que se deriban de este hecho. Ya en los postres, la siguiente frase inició el totum revolútum argumental a la última parte de la comida: ”Este domingo ha sido la hostia, partido de liga, fórmula uno, campeonato de tenis, vamos que solo me faltó echar un polvo”.
En contadas ocasiones, me salen como vómitos de un volcán en erupción, juicios ardientes y proféticos que no puedo controlar cuando oigo la sarta de jilipolleces insustanciales que día tras día indefectiblemente escucho. Ayer, en el desayuno, no pude soportar, una vez más, la manoseada argumentación de que el matrimonio no es más que un papel, y que mejor “vivir en pecado”. “¿Dónde coño queda el compromiso, entre tú y la persona a la que más quieres, el amor de tu vida? ¿Y el compromiso ante Dios, o en lo que diantres creas, tu país, el gobierno o el sistema solar? ¿Qué cojones va a ser un papel?” No hace falta decir que mis encendidas palabras fueron motivo de un esplendoroso desgüeve por parte del auditorio.
Hoy, en cambio, he dejado que la conversación dócilmente rebotara en mis tímpanos como la lluvia sobre el paraguas. Poco a poco me he dejado empapar por una extraña sensación de nostalgia. Las caras de mis compañeros y las de la gente de alrededor, de repente me parecieron rejuvenecidas, como si les estuviera observando desde un tiempo posterior, asomándome a un álbum de fotos antiguo.
Y esto me ha hecho reflesionar sobre si el motivo de mi desazón, cuando no desesperación, hacia lo cotidiano no será la distancia patológica que tomo como si la realidad me pellizcara. Y al volver sobre ella, la siento ajena, como si yo nunca hubiera estado allí. Por eso me es tan fácil juzgarla.
En esto pensaba de vuelta, mientras la lluvia me iba calando poco a poco, sin siquiera darme cuenta de que me había vuelto a olvidar el paraguas.
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