Escribo sin modelo
A lo que salga,
Escribo de memoria
De repente,
Escribo sobre mí,
Sobre la gente,
Como un trágico juego
Sin cartas solitario,
Barajo los colores,
Los amores,

Las urbanas personas
Las violentas palabras
Y en vez de echarme al odio
O a la calle,
Escribo a lo que salga.

(De Historia de Gloria, Madrid: Cátedra).
Gloria Fuertes

Así sea. All menos a esta hora de la tarde en que las cosas se empiezan o se terminan de un modo precipitado y resuelto como una interjección que suena a chasquido de dedos. Mañana a la tarde algo intrascendente ocurrirá (el tiempo con que nos ha tocado lidiar no da más de sí); cosas sucederán que me obliguen a cubrirme la espalda, mostrarme de cintura para abajo, desnudarme completamente o taparme entero. Hasta puede que, haciendo un alarde de optimismo, suceda algo extraordinario y me de la vuelta para encararte. Mientras tanto, aun sabiendo que me sigues el paso, no sé si a la par, por delante o por detrás, te hablaré como quien departe con las hojas de los árboles. No obstante comparto con ellas el mismo idioma: desnudo o exuberante en función de la estaciones; seco a veces; trémulo o rígido, según nos de el aire; frágil en la oscuridad, y contundente cuando la luz incide de cara. Y si te parece confuso, contradictorio o versátil lo que digo, he de decirte que tengo la coherencia de los abedules, y soy lo que escribo, ni más ni menos. Al menos de momento, en esta hora de la tarde, mantengo una postura invariable. Qué haré mañana, qué no habré dicho o diré de más para tener que mudarla y desdecirme para salir al paso de lo que ahora afirmo con la claridad del cielo despejado que se refleja en la pantalla mientras esto escribo. Qué vientos impredecibles traerán tormentas que me nublen la mirada y me hagan enmudecer. Tendré entonces que hacer de la memoria un paseo y darle la vuelta al camino, volver a ponerme las mismas camisetas, pero del revés. Porque entonces no me saldrá nada para escribir, y si sale será porque tire del recuerdo de un paisaje que creí haber visto y pateado. Un camino flanqueado de abedules, y alfombrado de hojas columpiadas en el empeine de mis zapatos. Yo estuve allí, me diré. Pero el recuerdo no será mas que el eco de una voz afónica que resuena angustiada en el corredor de una prisión. En los toboganes de antaño ya no rodarán las hojas sino las manos aherrojadas de un condenado que se deslizan entre los barrotes blancos como la corteza de un abedul. El tiempo que me queda hasta que eso ocurra, mi cometido será escribir a lo que salga, según voy caminando; lo que me susurran las hojas que quedan tras de mí, pegadas a la espalda, como una camiseta sudada que cada tarde me quito para dejarla aquí arrojada en esta página, porque en algún sitio hay que dejarla. Mientras tanto, sigo caminando de aquí para allá, donde sea, a ver lo que sale, con otra camiseta recién lavada, quizás no salga nada, ¡Dios no lo quiera! Que apriete pero no ahogue, yo se lo pagaré con lo que aquí escriba, lo que salga del sudor de mi espalda. Así se haga.

Me gustaría subir a lo alto de un abedul.
Escalar por su tronco blanco
y trepar por sus ramas negras.
Hasta que no pudiera soportar el peso
y me devolviera de nuevo a la tierra.
Sería una bonita manera de ir y regresar.
Hay cosas peores que columpiarse en los abedules

de Abedules, Robert Frost.