El 21 de julio de 1943, después de regresar de su primera misión en la base militar francesa de La Marsa, cerca de Túnez, donde había sido destinado recientemente, Antoine de Saint-Exupéry termina de escribir lo que sus exegetas consideran el testamento literario de uno de los escritores imprescindibles del siglo XX: La Carta al General X. Parece obvio que detrás de la incógnita se esconde la figura del General Charles De Gaulle, por aquel entonces al mando de las tropas francesas, y quizás último responsable de la reciente orden de no permitirle volar. Era demasiado viejo, padecía una acusada miopía y las secuelas de varios accidentes aéreos habían mermado notablemente su capacidad física. “Sólo sirve para jugar a las cartas” comentaría el propio De Gaulle cuando le informaron de sus pretensiones, que no eran otras que seguir volando, para luego escribir: otra manera de volar o de hacer volar con la imaginación a sus lectores. Quien había sido pionero abriendo rutas con la legendaria compañía del correo Latécoère, sobrevolando el desierto del Sáhara hasta las costas de Senegal, y de ahí a los Andes cruzando el Atlántico; era relegado a un destino pegado al suelo, lo cuál debió ser recibido por el autor de “El Principito” como una condena a cadena perpetua.

Los compañeros acaban de caer rendidos entre los lances de la partida de naipes nocturna y los comentarios previsibles sobre el transcurso de la jornada y los amores añorados. Un día de guerra muere en el campamento. El viento helado del desierto forcejea en las lonas de las tiendas contra el ronquido desacorde de los soldados apilados en las literas. Alguien se revuelve en su catre, intentando conciliar el sueño. Una noche más permanecerá en vela. Tiene que terminar esa carta. Las palabras que van saliendo bajo la luz trémula de un candil, ya poco tienen que ver con la reivindicación de su derecho a volar, que era la motivación original de la misiva que había comenzado días atrás. Son palabras de fuego que queman el papel nada más tocarlo. Como sentencias de un profeta del antiguo testamento, centinela en la noche del desierto, que advierte de que el verdadero enemigo de su tiempo no es el que se combate en aquella guerra. El gran enemigo de su tiempo es la sed: “Odio mi época con todas mis fuerzas, en ella el hombre se muere de sed.”(1)

Un año más tarde, su avión se perdería en algún lugar entre el cielo y el mar, durante un vuelo de reconocimiento en las costas de Córcega. Quizás quienes le buscaron durante días hicieran suyas sus propias palabras, cuando buscaba a su querido compañero Guillaumet perdido en los Andes: “Y cuando de nuevo me deslizaba entre las paredes y los pilares gigantes de los Andes, tenía la impresión de que ya no te estaba buscando, sino que te estaba velando, en silencio, dentro de una catedral de nieve.”(2)

Hace unos años, durante un azaroso viaje por Senegal, recalé en Saint Louis, ciudad con aire colonial decrépito situada en un islote en medio del río Senegal, próximo a su desembocadura, al norte del país. Allí me alojé en el Hotel La Poste, donde se hospedaban los primeros aviadores de la compañía aérea de correos francesa. Probablemente allí descansara unos setenta años atrás Saint-Exupéry. No muy lejos, al norte, cruzando el río, se asoman las primeras dunas del Sahara, en la frontera con Mauritania; y hacia el sur, sobre el litoral atlántico se alinean como pespuntes que cosen la tierra al mar, los majestuosos baobags. En alguna de sus habitaciones, quizás soñara el personaje de “El principito”, en medio del calor sofocante de la noche tropical. Sin duda, debió engendrarse allí, una noche. Como el sobresalto de un sonámbulo en medio de la calle, que contempla a los transeúntes como fantasmas hasta que alguien se acerca y le susurra aquello de “No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”.(3)

Recordando pasajes de “El Principito” me fui a dormir la primera noche, maldiciendo mi suerte por no tener conmigo algún ejemplar que bendijera mi sueño. Todavía era temprano para meterse en la cama, pero el trayecto desde Dakar había sido agotador. Enseguida me despertaron unos porrazos en la puerta. Una negra tan entrada en años como en carnes entró como si tal cosa en la habitación y se recostó en mi cama. Debió de tratarse de un malentendido. Cuando me dirigía hacia mi habitación, me había parado a contemplar absorto las viejas ilustraciones de las líneas aéreas francesas que decoraban el hall. Entretanto alguien se me había acercado y me había soltado una parrafada que yo despaché con un “bien sûr”. Una vez me hube desembarazado de la negra Tomasa, así la bauticé, resolví salir a tomar un poco de aire. Deambulando sin rumbo, fui a parar a la animada rue Blaise Diagne. Entré en “Le Marco Jazz” hipnotizado como rata en Hammeling por las notas sensuales de un saxo. Trasegando Gacélles4 confraternicé con los cuatro gatos que formábamos todo el público del grupo que tocaba en directo.

Dos días después volvía, tras cruzar el puente de Faidherbe, obra de Gustave Eiffel (cuyo emplazamiento original iba a ser sobre el Danubio y por paradojas del destino fue a parar allí), el motor de mi pick-up dio sus últimos estertores antes de expirar. Tras varios intentos de reanimarlo, desistí y me bajé del coche a llamar por teléfono a la compañía del alquiler. Nada más salir de la cabina me ví rodeado por siete niños que me miraban asombrados como si me hubiese caído del cielo. En tres horas tendría otro pick-up, me habían asegurado. Mientras esperaba me fui con los niños que me invitaban a jugar a un partido de fútbol con una especie de tuerca de tubería. De vez en cuando, alguno de ellos me tiraba de la camiseta para decirme “un cadeaux, s’il vous plait, monsieur” (4). Cosa que hicieron todos cuando, exhausto me senté en el suelo a descansar. Ya no me quedaban ni bolígrafos, ni caramelos, así que me los camelé enseñándoles el funcionamiento de mi réflex. Les hacía gracia verse unos a otros a través del objetivo. Poco a poco fueron cogiendo confianza. Uno de ellos me quitó las botas, y se reía a mandíbula batiente mientras caminaba con sus pies menudos zambullidos en mis 45. Otro me quitó el cigarrillo. Le dio una calada, vomitándome el humo en la cara para sentenciar que su estilo era muy superior al mío. Finalmente llegó Obien, el muchacho que me había atendido en la oficina de alquiler de coches en Dakar, con un nuevo pick-up. Les hice una foto a aquellos siete principitos de los que sin darme cuenta había aprendido tantas cosas. Con aquella instantánea reflejada en el espejo retrovisor me fui alejando, camino de Kaolak donde haría noche antes de adentrarme hacia el interior del país, con la garganta aliviada, y algo menos sediento de lo que estaba al llegar dos días atrás.

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(1) Carta al General X.
(2) Tierra de Hombres.
(3) El Principito
(4) Un regalo, por favor, señor.