Era el primer día que Juán nos acompañaba a Nabo Jibon, el centro dirigido por los brothers de la orden de las Misioneras de la Caridad, al que asistíamos como voluntarios todas las mañanas. Él ya había estado en Calcuta hacía siete años. Cuando el autobús dobló para enfilar el puente de Howra su cuerpo serpenteó entre brazos y cabezas de los ocupantes que atestaban el interior, hasta poder avistar por la ventanilla el barrido caótico de vehículos y transeúntes que iban y venían a esa hora y a todas horas. Cuando pasamos al otro lado, se incorporó y dijo “Joder, este puente, lo mismo que hace siete años”.
El Rabindra Setu, más conocido como puente de Howra, es probablemente uno de los lugares más concurridos del planeta. Comunica la ciudad de Calcuta (14 millones) con Howra (2 millones) cruzando el Hoogly, uno de los múltiples brazos en que se ramifica el Ganges antes de desembocar en el golfo de Bengala. Las guías dicen que a horas punta (¡cuándo no es hora punta en Calcuta!) se podía tardar hasta 45 minutos en atravesarlo. Sea cual fuere el tiempo que llevase en cruzarlo la sensación era la misma: la de estar atrapado en una prisión amotinada junto a la humanidad entera el día del juicio final. Todo los ruidos, todas las lenguas, todas las almas parecen caber entre sus hierros plateados, como moléculas escindidas de su estructura. A los bocinazos reiterativos de los vehículos se suma el alarido estridente de las gargantas de los revisores de los autobuses urbanos, que uno no sabe si gimen de horror, tratan de llamar la atención de los viandantes con su howrahowrahowra, que dicho tan seguido en un tono tan apremiante suena a grito ancestral de guerra en medio del campo de batalla; o lo gritan como un conjuro que tratara de animar a los motores carrasposos para que batieran bielas a mayor velocidad. Y por si no fuera poco el estruendo de sus gargantas, además van propinando golpes enérgicos sobre la maltrecha carrocería como si de un tambor se tratase. En medio de aquel pandemónium uno baja la cabeza y se cose los labios con silencio, poco más se puede añadir. Hasta que alguien de al lado te rescata de la zozobra: “Which country?”. “Spain” contesta uno. “Oh, nice country!” te responden con una sonrisa de oreja a oreja. La conversación termina con un “how do you like India?” por aquí y un “very much” por allá. ¿Puede haber en toda la India mejor marco para encuadrar este breve diálogo?
La primera vez que crucé el puente de Howra no fue en autobús sino andando. Una vez que se pone un pie dentro, te sientes arrastrado por una marea de cuerpos apretados que incluso caminan a un ritmo mayor que los vehículos en la calzada. Parece que todo el mundo va en el mismo sentido, incluso los que vienen de cara. Llegas a tener la inquietante sensación de que si te paras, morirás pisoteado de manera instantánea. Otra procesión de cestos rebosantes de frutas tropicales y descomunales paquetes encordados sobrevuela las cabezas. Cuando se llega al final, el corazón palpita con ansiedad, acusando la falta de oxígeno; elemento que parece haber huido entre el sudor de los cuerpos que se deslizan y las ráfagas de los tubos de escape, transformándose en bandadas de cuervos que salen despavoridas de entre la estructura metálica del puente.

Ya en el otro lado, uno no piensa en otra manera de regresar que meterse en la estación de Howra, y dirigirse hacia el embarcadero de donde sale el Ferry que le lleve a la otra orilla. Mientras navega con parsimonia por las aguas del Hoogly uno se pregunta si aquel otro puente colgante que se ve a lo lejos, mucho más moderno y amplio, construído para descongestionar el tráfico de éste otro, habrá servido para algo.