La meseta del Golán es una de esas zonas de frontera a la que se llega con la actitud de quien va a ser examinado por una doncella con demasiados pretendientes. Uno se pone a la cola a esperar su turno, revisando continuamente que todo esté en regla, y cuando le toca pasar ante ella lo hace con extrema precaución, dispuesto a asumir lo que le venga, sea un abrazo o una somanta de palos. Y ¡Oh sorpresa! Cuando llega al lugar, descubre que la doncella ha huido del altar y allí no queda más que el velo abandonado, ya acartonado y amarillento de tanto tiempo que ha pasado. Desde que Israel se adelantara a la ofensiva de la liga árabe y conquistara estas tierras, junto a la península del Sinaí, la Franja de Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este, durante la guerra de los seis días, allá por 1967, pareciera que por aquí no ha pisado huella humana. A diferencia de otros territorios ocupados, donde el estado de Israel colocó estratégicamente a sus colonos, esta región de poco más de mil kilómetros cuadrados presenta un aspecto desolado. Algunos kibbutzim, el poblado de Qazrin, y la misteriosa comunidad drusa en las laderas del monte Hermón. Poco más. Lo demás, restos de la batalla: campos cercados con carteles que advierten del peligro de adentrarse en ellos por estar sembrados de minas, pequeños poblados sirios destruidos, con algún minarete todavía en pie, acribillado de metralla, y algún cañón oxidado perdido entre los campos, apuntando a la puesta de sol.
Saliendo de Tiberias hacia el sur, tomamos la carretera 98, dejando atrás Yardenit, el lugar donde el Jordán sale del lago de Tiberíades. Esta carretera asciende hasta la meseta del Golán, y va bordeando la zona neutral definida por la ONU, entre Israel y Siria. Hasta que uno se pierde entre carreteras secundarias, obligado por los continuos cortes y desvíos impuestos por el ejercito israelí (aquí los mapas y las guías sirven de bien poco) y no se vuelve a retomar la 98 hasta que nos hallamos en las inmediaciones del kibutz de Merom Golan, que fue el primero en establecerse en la zona tras la guerra. Allí hacemos un alto en el camino para celebrar el encuentro con la civilización en el mirador que hay junto a la carretera. Unos paneles sonoros explican lo que tenemos ante los ojos y los avatares bélicos que allí acontecieron.
Paradójicamente esta región que todavía huele a pólvora, es probablemente el lugar de Israel donde mejor se respira la paz y el sosiego. Alejados de los grandes centros de peregrinación religiosa, donde uno se siente asediado, cuando no bombardeado, por decenas de grupos organizados, encabezados por guías que vociferan en diez mil y una lenguas las mismas historias, entre rumores de oraciones y chasquido de obturadores. Aquí no viene nadie. Un camión y dos turismos he contado en cien kilómetros.
Al final de la jornada, me he parado a contemplar la puesta de sol sobre el lago de Tiberiades, justo al borde de la antigua frontera Siria, en el lado oriental del lago, cerca de Kursi. Allí cuentan los evangelios que Jesucristo hizo que el demonio saliera del cuerpo de un hombre y se metiera en el cuerpo de unos cerdos que se precipitaron al mar desde lo alto del acantilado. Pareciera que desde entonces todos los demonios han seguido el mismo camino, quedando su fuego destructor sofocado en las aguas bajas del mar de Galilea. Arriba solo queda el fuego cruzado entre el sol que se va hundiendo entre las cimas del monte Arbel y los cañones herrumbrosos que solo disparan recuerdos viejos de quien se los encuentra entre las espigas crecidas de los campos en primavera.


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