−¡Por los clavos de Cristo! exclamó Su Majestad tras despertarse de súbito ante aquellos temblores. Sin duda se trataba de un terremoto, como el que asoló Lisboa en 1775, pensó en un principio, mientras su mayordomo aporreaba la puerta urgiéndole a abandonar de inmediato sus aposentos. Mas el rey permanecía impertérrito amarrado a una columna del dosel de la cama, siguiendo con la mirada la borla del gorro de dormir que pendulaba por su cara, con el mismo gesto de asombro que cuando la noche anterior, al bajar a la cocina en busca de alguna pitanza que le ayudara en su desvelo, descubrió un sostén, que por la talla descomunal solo podía pertenecer a la reina, dentro del cajón de los cucharones de remover potaje en cuaresma.
−¡Su Majestad la reina! exclamaron con magnificencia al otro lado de la otra puerta, la que comunica el dormitorio del rey con el pasillo que conduce hacia el ala de palacio donde se encuentran los aposentos de Su Majestad, La Otra. Por la sensualidad de la voz le pareció al rey que debía de ser la ayudante de cámara de la Reina.
−Dulcecilla damisela, la más delicada petunia de mi jardín. Farfullaba el rey. La reina, sin esperar aprobación del interior, sin más, abrió con sus propias manos, sendas hojas de la puerta de teca africana (este detalle viene a cuento para señalar la fuerza que, a pesar de ser reina, tenía la soberana). Con los brazos en jarras y mirada indignada, permaneció unos segundos antes de prorrumpir en alaridos y deambular por toda la habitación como si se estuviera orinando. Al final se paró ante la puerta, pegó un taconazo, que hizo temblar el suelo, más si cabe que por el efecto del supuesto terremoto, y colocó su mano derecha como si fuera a sostener una bandeja. Apareció la ayudante de la ayudante de cámara y colocó una fusta en vez de una bandeja. La reina se acercó a la cama con gesto rabioso y comenzó a propinar golpes sobre la colcha de seda de Cachemira. El rey seguía atónito siguiendo la órbita de la borla de su gorro de dormir.
−¡Sal de ahí maldita zorra!, girtaba la reina. Por fin, asomó tímidamente, sus orejillas puntiagudas, amarrando temblorosa con las pezuñas el borde de la colcha de seda de Cachemira, aullando lastimeramente, la galga favorita de caza del rey.
− ¡Degenerado! gritó la reina, asestándole a él fustazo que te va y fustazo que te viene, ante las miradas entre atónitas y socarronas del numeroso servicio de palacio que se habían ido arremolinando entre las jambas de ambas puertas, hembras a un lado, varones al otro.
−¡Cleotóndido para de una vez, maldito bufón! Todas las miradas se dirigieron hacia el ventanal del dormitorio, pues aquel vozarrón provenía del patio de armas. La reina procedió a abrir los postigos del ventanal de vidrios de Murano con la misma desenvoltura que anteriormente había abierto los portones de teca africana de la habitación del rey. Allá abajo, sosteniendo un farolillo se encontraba en medio de la soledad de la noche, Zacarías, el guardián de los perros de caza de palacio. Desconcertados, se miraron entre sí. ¡Ayúdanos Zacarías, que vamos a perecer en el terremoto! le suplicaban . Llévate a la perra de aquí y vete a dormir, le exigió la reina. La luz del farolillo hacía que la figura encorvada del pobre Zacarías se proyectase sobre la fachada este en proporciones terroríficas. Y debió ser la contemplación de esa figura agigantada y tenebrosa al asomarse lo que le hizo desmayarse a Su Majestad El Rey. Ante lo cuál, la reina comentó lo siguiente: ¡calzonazos!

−No es un terremoto, es Cleotóndido, el bufón, que se ha empeñado en matar las cucarachas de la escalera de caracol de la torre de palacio. Exclamó, con voz tierna, como quien consuela a un niño asustando ante la tormenta diciéndole que son los angelitos traviesos del cielo que pedorrean.
−¡Sólo me quedan dos! Se le oyó decir a Cleotóndilo. Había recorrido, arriba y abajo, setenta y ocho veces la escalera de caracol. Nadie daba crédito a que el origen de aquellos temblores fueran las pisadas de aquel ser ridículo. Y menos creíble todavía resultaba el hecho de que aquel despropósito tuviera como objeto acabar con una plaga de cucarachas. ¡A esas horas!
−¡Por Dios Cleotóndido, que no hay quien pegue ojo en todo palacio! refunfuñó el pobre Zacarías intentando aplacar las ansias insecticidas del bufón mayor de la corte.
−No sé muy bien cuál es el origen de esa absurda teoría que se ha extendido por todo palacio, de que hay una plaga de cucarachas que amenaza con socavar los cimientos de palacio. Tengo que para mí, mi dilecto amigo, que la confusión viene de la costumbre atávica de los bufones de convertir hasta las cosas más insignificantes en grandes gestas dignas de ser narradas por un destacado juglar como a sí mismo se tiene ese condenado bufón. Comentaba El Rey, al día siguiente en su semanal despacho con el Marqués de Ultralandia.

Aquel desbaratador menester que mantuvo en vilo a todo palacio aquella noche, víspera de la Asunción de Nuestra Señora, vino a cuento de una terrible dolencia que aquejaba a nuestro ínclito bufón. Hacía siete noches que Cleotóndido se había despertado de súbito, con un intenso picor en los glúteos. Era como si una legión de cucarachas describieran trayectorias circulares y concéntricas sobre la superficie de sus nalgas. Esta fue la descripción exacta que le dio a la curandera Oblidia, la mañana que precedió a la noche de autos, cuando el picor, que se había ido agudizando día a día, y noche a noche, había llegado a un extremo insoportable. De ahí, deduzco partiera el origen del rumor. Pues si en su explicación hubiera utilizado otro insecto, lombrices, sin ir más lejos, y tratándose de partes tan sufridas, hubiera venido más al caso, otro gallo hubiera cantado. Aquel picor tenía una peculiaridad, le hizo saber a la curandera, pues nunca era simultáneo en ambas nalgas, sino intermitente. Comenzaba siempre por el derecho, luego cesaba y continuaba por el izquierdo. Jamás a la vez.

Oblidia, la curandera, aunque contaba con el más sonado descrédito del común de los mortales del lugar, gozaba de un prestigio inquebrantable entre los artistas, de ahí que Cleotóndido no dudase un segundo en acudir a ella en busca de socorro. Tras escuchar al bufón, le hizo bajarse los pantalones. Le magreó bien las nalgas, y acto seguido se las enjuagó en una palangana. Derramó el agua sobre un puchero y lo puso a hervir. Luego vertió parte en una probeta, donde añadió una pizca de azufre. Un vómito de gas amarillento los envolvió durante unos segundos. Ante lo cuál provocó que el picor se propagara de los glúteos hasta los ojos.
−No hay duda. Sentenció la curandera ante aquel fenómeno. Se ufanaba de practicar con maestría las mismas técnicas que los sabios egipcios del libro del Éxodo habían utilizado con José en la interpretación de sus sueños cuando se hallaba preso del faraón. Sólo que ella no las aplicaba a los sueños sino a las dolencias. No me pidan que les explique el retruécano porque a tal extremo mi entendimiento no alcanza. Pues bien, según la egregia curandera, la cosa estribaba en que había una plaga de cucarachas que recorría la escalera de caracol que iba desde las bodegas de palacio hasta lo alto de la torre, lugar que habían elegido las cucarachas para ejercer la instrucción militar, antes de expandirse por todo el edificio con el objeto de derrumbarlo, con todos dentro. Éste hecho tendría lugar la noche de la víspera de la Asunción de Nuestra Señora. Lo cuál, no era otra cosa sino fruto de la conjura del marquesado de Ultralandia para acabar con la monarquía de la casa de los Endolandos. Y aquel picor era un augurio que había elegido las posaderas de Cleotóndido para manifestarse. Según la doctrina egipcia, el hecho de que el picor fuera intermitente, venía a señalar, que no era una, sino dos las procesiones que poblaban las escaleras de caracol. Una ascendente, y otra descendente. Y éstas no eran simultáneas. Es decir, cuando las cucarachas llegaban a la cima, no descendían, sino que esperaban a que se reunieran todas arriba, y entonces bajaban. El efecto de subir se reflejaba en el picor del glúteo derecho, y el bajar en el del izquierdo. Siempre siguiendo las enseñanzas de los sabios egipcios veterotestamentarios.
El remedio que le proporcionó Oblidia, la curandera egipciaca, así era como se la conocía, fue que aquella misma noche, víspera de la Asunción de Nuestra Señora, a las dos cuarenta y siete, número cabalístico cuya explicación se reservó, Cleotóndilo subiera y bajara la escalera de caracol cuarenta veces, los años que tardó el pueblo de Israel en alcanzar la tierra prometida. Lo debía hacer con unas botas de suela de plomo de cinco kilos cada una, encargo que le encomendó al herrero de las caballerizas, mientras rezaba ochenta rosarios, uno por subida, uno por bajada, por reforzar el combate con la advocación de la Virgen, en aquella noche aciaga.
−La coronación de la Virgen Santísima como Reina de cielos y tierra. Padre Nuestro… Al llegar al último misterio glorioso mientras bajaba las escaleras, por última vez, Cleotóndilo, exhausto se desplomó y no bajó rodando los peldaños que quedaban hasta la bodega, pues los diez kilos de plomo de las botas le hicieron quedarse como clavado por los pies. Cuando lo hallaron los habitantes de palacio, yacía despanzurrado boca abajo, roncando como un bendito. Allí no encontraron cucaracha alguna, ni muerta ni viva, pero era evidente que aquel hercúleo ejercicio le había aliviado del picor. Mientras lo observaban, se daban codazos entre sí, sonriendo tímidamente al principio, para enseguida carcajear a mandíbula batiente. Allí lo dejaron reposando, mientras todos volvieron al lecho para dormir a pierna suelta.
Según cuentan los miembros del servicio de palacio más allegados al rey y a la reina, hubo un segundo episodio del terremoto, algo menos intenso, y mucho más breve, cuyo epicentro tuvo lugar en el dormitorio de Su Majestad el Rey. Su Majestad la Reina, no durmió esa noche en sus aposentos.
Nueve meses más tarde la reina dio a luz a un varón, después de siete hembras, ¡por fin un heredero para la Casa de Endolandia, al que, por recomendación de Oblidia la Egipciaca, bautizaron con el nombre de Cucaracio, quizás fuera por el color abetunado de su piel, y que reinaría con el título de Cucaracio I “El Esperado”.