
Como si de cobayas de un experimento científico se tratase, los personajes de esta serie son observados, que no captados, a través del objetivo de la cámara, camuflado de cuarta pared del laboratorio. Desde el lado de acá presenciamos no un instante, uno cualquiera pudiera ser, ni siquiera el más crucial, ni tampoco un resúmen, sino el despliegue completo de la reacción de cada uno ante la prueba aleatoria a la que están siendo sometidos y cuyo propósito ignoran. Cada fotografía, mediante la sencillez estética y la desnudez conceptual nos permite movernos anchamente por los ejes del espacio y del tiempo de unos submundos poco cartesianos. A lo que se enfrentan resulta tan imprevisto como nula su respuesta. De nada sirve lo aprendido hasta ahora. Aquí no hay reglas que valgan. Nada hay de utilidad dentro del bagaje que les ha acompañado hasta aquí. Tampoco nadie que les pueda socorrer. Su mente, atrapada en un bucle infinito, busca y rebusca entre la materia gris alguna referencia a la que poder amarrarse para identificar lo que tienen enfrente; establecer equivalencias u oposiciones; determinar la divisoria entre lo adecuado y lo no conveniente; lo correcto y lo equivocado; la verdad y la mentira, el bien y el mal en definitiva. En vano podemos esperar, asomados al visor, el momento en que surjirá la resolución. Se puede disparar en cualquier momento. Da igual. Tenemos la impresión de que seguirán así, detenidos en la eterna duda, adoptando la misma mueca fatigada, el mismo ademán perezoso. Como a la mujer de Lot, estos conejillos de indias se han transformado en estatuas de sal por aferrarse a lo conocido y no querer avanzar. O quizás sea la atmósfera que les envuelve, densa como el uranio, la que les paraliza. Quién sabe. Nos preguntamos si el fotógrafo, escondido bajo la bata blanca de investigador tenaz, nos quiere demostrar que existe un embrión de audacia y riesgo larvado en el comportamiento de sus criaturas. Que salga aflore es cuestión de tiempo y paciencia. Nos afanamos pues en gritarles desde este lado: corta el cable, ese no el otro; pulsa el cuarto interruptor a tu izquierda; levanta el cubilete de en medio; toma el camino de la derecha. En vano. Entre su mundo y el nuestro media una barrera insonorizada, y trasnparente. Desde aquí todo es más sencillo y nítido. ¡Claro! No somos nosotros los que estamos ahí, arrojados como dados sobre el tablero sin saber que número hemos sacado. Qué nos importa el destino que les espera. Al fin y al cabo no es más que el experimento de un investigador chiflado. Un juego para nosotros. Pero en el juego se trata de perder o ganar. Y en función de lo que se apueste, lo uno o lo otro puede ser decisivo. ¿Y si fuesemos nosotros los que realizasemos la apuesta, con los que se estuviera experimentando? Algún día nos tocará. Es más, cada día, en mayor o menor medida, apostamos de una manera más o menos consciente. Y la vida no es juego. Alea jacta est.
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