Seis en punto de la mañana.

Recogida de basura todos los días del año, rezaba una línea huérfana y diminuta en una página perdida del programa electoral del alcalde, y maldita sea la hora en que tuvo que cumplirse.

¿Hay alguien que se lea los programas electorales? Por el amor de Dios, quién iba a reclamar, un día como hoy, el incumplimiento de esta micropromesa. Hoy, precisamente hoy, que hasta el más hosco de los ciudadanos sale de su caverna y le crecen alas de algodón azucarado y vuela, para unirse a la bandada de buenos ciudadanos que  copan el cielo con sonrisas de dentífrico, derramando una lluvia pastosa de babas almibaradas. Todos ahí, miradlos, ciudadanos ejemplares, amigos de sus amigos, solidarios y tolerantes, iguales en la estupidez. Hoy nadie es más que nadie. Hoy no hay razas superiores, ni religiones verdaderas, ni ideologías políticas que se impongan. Las diferencias, a la basura. Hoy vale lo mismo el chiflado que el lúcido. Lo mismo el cristiano que el budista, el moro que el judío. Hoy, sólo hoy. Miden lo mismo la puta y el casto, el maricón y el fiel padre de familia; el bufón de la corte y el pívot de baloncesto. Pesan igual el obeso mórbido y la top model anoréxica. Ocho es igual a ochenta. Igual da Juana que su hermana, Tomasa que Nicolasa, Iván que Beltrán, el tocino que la  velocidad. Total, hay un tiempo para todo y hay más días que longanizas. Ya habrá momentos para darse de hostias, será por días y por motivos. Avionetas descontroladas recorren los cielos, ¡cielos!, con  pancartas descomunales, ¡F E L I C I D A D E S! ¡Hala!. Globos aerostáticos multicolores  se hinchan y desinflan, ascienden y descienden, como los deseos obvios. Paz y amor, y chimpún. Toda la fanfarria del universo retumba al unísono. Las alfombras se despliegan, los neones destellan. Adelante los trompeteros, los palmeros, los fuegos artificiales, los petardos, descorchemos el champán (o el cava que no se ofenda ningún catalán). Se acabó la miseria. Los valses, las rumbas, los tangos, la samba, la salsa y el merengue, el jazz, el blues, la jota y la polka, a todo trapo. Toma serpentín, toma matasuegras. Dale a la zambomba, las castañuelas, la pandereta y ring ring rang rang a la botella de anís del mono (patrocinador de este relato, por cierto,  aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid,).

Hoy, 25 de diciembre, un día en que se da por sentado que la maquinaria del universo se detiene. Un día sin prensa, sin noticias apocalípticas, valga la redundancia. El pan no sale del horno; cines y teatros cierran; la televisión emite la programación repetitiva del día anterior:  discurso de Juancar, Rafael y sus villancicos, cruz y raya o martes y trece o Los Morancos con sus zafios chistes y sus imitaciones más vistas que el tebeo.  Lina Morgan nos desea lo mejor para el dos mil y tantos, Carmen Sevilla se acuerda de las familias más necesitadas, Rocío Jurado como una ola. Lola Flores sigue siendo la más grande.

 

Un día en que la basura NO SE RECOGE. No, hoy no. Y punto pelota.

Montones de basura esparcida por las aceras. Los contenedores rebosan restos de materias inclasificables: postales de felicitación mezcladas con latas de conserva; huesos roídos por perros pulgosos que engullen lo que les han dejado las dentelladas desganadas de vuestras mandíbulas ahítas. Restos orgánicos salpican papeles de regalo. Emergiendo como restos de un naufragio entre las montañas de detritus, un cochecillo de niño, un balón pinchado, un neumático y unas bragas,  ¡demonios!, ¡enormes!. Testigos imperecederos de  una sociedad opulenta que tira por el hueco de la escalera  sus escrúpulos. Debería ser obligado dejar la basura al menos un día entero como una exposición de arte alternativo. Nadie notaría la diferencia. Porque hoy no se recoge la basura. No me cansaré de repetirlo. Hoy no. Y lo seguiré repitiendo, como un mantra. Ohmmmm, Hoy no se recoge. Ohmmmmmmmmm, Hoy no. La basura, hoy no. Ohmmmmmmmmmm. Hoy no. Pero esto ya es pasado. No era costumbre, pero los tiempos cambian. Hoy también se recoge la basura. Todos los días del año. Estaba en el programa electoral del alcalde, al que el cielo confunda, y lo cumplió.

Seis de la mañana. Seguirán siendo las seis de la mañana todo el día.

A esta hora comienza y termina la ruta, puntual. Recogida de basura en el distrito 25. Todos los días del año. También hoy, se entiende. Una mañana fría y sin amanecer, como todas.

El camión enfila la avenida central, perezoso y renqueante como un elefante con pantuflas, entre hileras de acacias desmochadas disimuladas con pelucas de lucecitas titilantes.

Los intermitentes del camión lanzan guiños somnolientos delante de los contenedores de cada parada. Dos hombres ateridos, ataviados con trajes reflectantes, con sus gorras caladas hasta donde da de sí la lana, bajan resueltos del pescante trasero. Dos manos, dos contenedores, tres exhalaciones vaporosas que se funden con la humareda del tubo de escape. Botón rojo y ¡ale!, tron tron tron tron, se abren las compuertas de la tolva que engulle la basura como fauces hambrientas de una bestia mitológica. Tres sacudidas, cla, cla, cla,  y los contenedores descienden ceremoniosos aliviados hasta el asfalto. Dos manos, una exhalación que se disipa y una patada rabiosa para colocarlos en su sitio. En marcha. A por los siguientes. Porque hoy también se recoge la basura. Todos los días del año. Y hoy que debería ser una excepción, no lo es. A las seis en punto de la mañana en el distrito 25. En los demás no lo sé, ni me interesa saberlo. Para mí hoy el mundo se resume en un camión de basura, y en un distrito. El 25.

¡Maldita sea! ¿Dónde va ese cabrón? Frena, frena. El camión se detiene bruscamente. Uno de los hombres se baja a recoger algo del suelo.  Un basurero, se entiende. Porque así nos conocen mientras trabajamos. Y no me duelen prendas en reconocerlo. ¿Qué soy?, basurero. Nada de eufemismos:  asistente cívico para la recolección matutina de excedentes domésticos y comunitarios; personal de carácter funcionaral intrínseco vinculado a la  sección medianera de tareas liberadas enfocadas a la retirada de materias críticas derivadas del consumo extrínseco de la ciudadanía perteneciente a distritos céntricos o periféricos con disposición disyuntiva… y otras cosas peores con que nos insultan los políticos y periodistas. Qué tropa. Para confundir a la gente y na más. Que no. Al pan, pan, al vino, vino, y la basura la recojo yo: el puto basurero. Lo de puto ahorrénselo ustedes, si no quieren que les parta la cara. Yo que lo soy, me permito la licencia. O es que a ustedes no se les ha pasado por la mente un pensamiento similar en momentos en que su trabajo se les atraganta: soy un puto abogado, un jodido director general, un maldito alcalde, verbigracia.

¡Demonios! ¡un anillo!. Ya en marcha, se descubre una mano, el basurero (no se me pierdan)  y coloca el anillo en su índice derecho. Me sienta como un guante. Todavía sumergido en su hallazgo, el camión frena en seco. Estos contenedores los han colocado hace poco y no hay costumbre de detenerse aquí. Ya se sabe, el alcalde es sensible a las protestas de los vecinos y, a veces, sus plegarias son atendidas. Ellos quedan satisfechos, el ciudadano siempre tiene la razón, más si se acercan las elecciones, y a nosotros que nos jodan. Por qué coño han puesto aquí esos putos contenedores. Pues pa joder y na más, digo yo. No puede la gente andar unos pasos más allá o más acá. Pues no, en la misma puerta del portal. Luego viene la preocupación por la obesidad, las dietas y demás tribulaciones de la sociedad sedentaria. ¡Mandangas! Queréis cuerpos estilizados. Pues a tirar la basura a tomar por el culo.

El hombre del anillo, desprevenido ante el frenazo, baja a trompicones. Dos manos, dos cubos, tres exhalaciones y una patada. Con una pierna apoyada en el pescante y la mano opuesta amarrada  en la barra lateral, justo antes de dar el brinco y proseguir, se detiene en la figura de una anciana que le hace señales  tras la ventana enrejada de un piso bajo. Se acerca…Una, dos, tres exhalaciones prolongadas. Señora, vengo a pedirle la mano de su hija, le dice mientras exhibe  sin rubor el revés de su mano desnuda entre un paréntesis de barrotes. La anciana abre la ventana y saca una mano sarmentosa que le hace entrega de un paquete de cartas ribeteadas con franjas azules y rojas con el sello “correo aéreo” para que las tire al camión. Yo ya no tengo hijas en edad casadera idiota, le espeta la vieja. El hombre del anillo, guarda el paquete en un bolsillo de su chaqueta reflectante  y se retira parsimonioso marchando hacia atrás, con su mirada fija en los ojos hundidos de la anciana, hasta que ésta corre la cortina de su ventana y desaparecen ambos entre gritos indescifrables que les conminan a proseguir sus respectivas tareas. ¡Chica cierra esa ventana que me pasmo de frío, y vuelve a la cama! ¡Tú, vamos que no tenemos todo el día! (me atrevo a transcribir, primero habla otro basurero y lo segundo es del marido de la vieja).

Son las seis de la mañana. Todavía no ha amanecido. Ni si quiera el alba a dado señales de anunciarse. El camión serpentea, alternando entre la avenida central y las callejuelas aledañas. Hacia la mitad, el distrito se extiende por una ladera de pendiente pronunciada. Desde aquí la ciudad parece como si un cielo estrellado se hubiese desmayado en el suelo una noche de cuarto menguante (y por qué de cuarto menguante se dirán, pues porque el escritor soy yo y me permito estas licencias. Lla imagen no tiene ni pies ni cabeza, pero le da un toque rebuscado,  además menguante rima con guante, ¡qué coño!, así que adelante). Las calles aquí son estrechas y de una dirección. Un día cualquiera el camión interrumpiría el tráfico. Los conductores impacientes apremiarían la recogida con sus cláxones estridentes. Jodeos so cabrones, les gritaría yo, exhibiéndoles mi índice majestuoso.  Hoy no.

Dos manos, tres exhalaciones, los contenedores se ensartan en el elevador. Una mujer en zapatillas y bata abierta dejando entrever un camisón rosa, irrumpe desgañitando imprecaciones intercaladas de algún que otro ¡Espeeeeeeeren! o ¡Paaaaaaaaaren! Tiene que estar aquí dice antes de zambullir sus  brazos menudos en cada contenedor para rebuscar desesperadamente  entre la basura, y  terminar con un ¡Maldita sea! que gritan todos a coro.  Exhausta, los cabellos pegados con sudor y rocío a las mejillas, mira frustrada alternativamente a los dos recogedores con una expresión de llanto congelado.  El del anillo se quita la gorra y un guante. Con la mano donde refulge la joya señala hacia la cabina. Acompáñenos, quizá lo encuentre más abajo. El rostro de la mujer muda en una mueca de alegría contenida. Una mano sale de la puerta delantera. La suya acude a su encuentro y de un tirón se mete en la cabina. El conductor la mira contrariado, escupe por la ventanilla y arranca mientras se enciende un cigarrillo negro entre toses compulsivas. La radio emite las señales horarias. Son las seis de la mañana. El camión lanza guiños ámbar con sus intermitentes, entre hileras de farolas todavía encendidas.

Y qué buscaba la tía hortera esta, se estarán preguntando. Pues sigan preguntándoselo. Sigamos.

            Todos los días del año, la recogida de basura en el distrito 25 traza su ruta invariable a partir de las seis de la mañana. De este a oeste. Desde que el amanecer se adivina hasta que se resuelve. Desde los barrios donde termina la ciudad hasta los que unen el distrito con la metrópoli. Todos los días la misma rutina. Mientras la ciudad se despereza. Como si el truntrún del camión fuera el despertador que sacara a puntapiés de la cama  a unos ciudadanos aturdidos y los arrojase al vertedero de los atascos, las prisas, el trajín de las idas y venidas, el marasmo diario de las obligaciones.  Por que a fin de cuentas, todos sois unos putos-algo. Por muy trajeados que vayáis, por muy rimbombantes que suenen vuestros cargos, por muy ostentosos que sean los coches que conducís, qué sois, qué sentido tienen vuestras vidas, decidme putos-lo-que-sea. Ni tampoco na. 

Día tras día. Un contenedor y otro y otro… Dos patadas… tres exhalaciones. La rutina resume los actos cotidianos en puras secuencias maquinales independientes, emancipadas de nuestra voluntad, que divaga entre las trincheras del encefalograma plano mientras las ejecuta (párense aquí a rumiar esto con tranquilidad. A veces tengo momentos de lucidez filosófica elevada que incluso a mí me resulta imposible descifrar). Hoy… ¡qué paradoja, el simple hecho de decir hoy! Podría ser ayer o mañana. ¡Qué carajo importa! Los días se suceden como las patadas a los contenedores (esta frase me pone). Y hoy que debería ser distinto, aquí me ven, propinando puntapiés a los cubos de basura. La misma basura no. Hoy abunda más y de más calidad. Vosotros que la generáis, no la veréis recoger. No veo vuestros trajes de ejecutivo ni vuestros monos de trabajo, ni vuestros coches histéricos, ni esas motos frenéticas de los mensajeros. Hoy no. La ciudad duerme el empacho. Estáis en casita, disfrutando del día nacional de la estúpida hermandad humana, despanzurrados en la cama. ¡Es acojonante!  Ni siquiera puedo imaginaros tras las persianas bajadas. Siento el vacío tras los muros de los edificios. Como si fueran decorados de una película. Y sin embargo, agazapados tras ellos, aguardan personajes extraños que solo actúan un día como hoy, que hace que por un día, mi cabreo mayúsculo se esfume, y por unos instantes sienta que formo parte de esto, que ame mi trabajo, en definitiva  (como ven también tengo momentos de elevada cursilería del mismo calibre que los filosóficos).

Regresamos a la avenida central, para recoger la basura de la otra acera (no confundir con Chueca, estamos en el distrito 25, hay que entenderlo tal cual, aquí no hay doble sentido). El camión hace surf entre los badenes. La mujer del camisón rosa y la bata de guata se ruboriza al no poder controlar el sube-baja de sus tetas con el traqueteo. Los ojos del conductor siguen  su movimiento, como si fueran controlados por el reflejo de aquéllas.

Dieron las seis. Última parada. El día tiene una luz ambigua. No se sabe si amanece o anochece. La tranquilidad es la misma que al comienzo. La ruta finaliza, aunque parece que empezara. El conductor mira una vez más las tetas de su acompañante, mientras los contenedores son sacudidos en la tolva. Ella cruza las solapas de su bata para taparse mientras le dirige de soslayo una mirada desdeñosa. Lo siento señora, aquí tampoco estaba, sentencia para cambiar de tercio y se baja del camión. Se dirige hacia el borde de un terraplén que mira hacia la autopista. Allí se detiene, a mear. Después enciende un pitillo, y mira hacia atrás. Sacude su pene. Las últimas gotas. Se sigue sacudiendo. La visión de las tetas sigue en su mente. ¡Qué! ¡te ha puesto caliente, eh!. El del anillo, que también se meaba, le sorprende. ¡Joder! podías avisar. ¡Qué, te mola eh so maricón! Le espeta, mientras hace ostentación de su órgano. El otro saca un sonajero del bolsillo y le propina un golpe. Soy el rey Sidas y lo que toco lo destruyo. La mujer contempla tras el cristal empañado las siluetas de los basureros tonteando a lo lejos. Regresan abrazados (este es el toque de solidaridad obrera para satisfacer a algún lector nostálgico del comunismo que quede por ahí) ¡Son como niños!, le dice el tercer basurero desde la ventanilla opuesta, mirándole las tetas. ¡Venga coño!, daos vidilla, que quiero irme a casa, y hay que llevar a esta muchacha a la suya. Les grita, molesto, porque se detienen y vuelven atrás. El del anillo trae algo entre los brazos. ¡La virgen, si es un bebe! Exclama el tercer basurero. La mujer forcejea con nerviosismo la puerta y sale con precipitación. Corre hacia ellos con la bata abierta. El tercero la sigue con una manta. ¡Mi niño, mi niño! Se lo arrebata de las manos al del anillo y lo aprieta con firmeza entre sus pechos. El del anillo acaricia la cabeza del bebe con una mano, mientras con la otra coloca los cabellos desmandados de la madre. Después se despoja de la alianza y se la coloca a ella, que no muestra oposición. Cásate conmigo, le dice el basurero.  Todos sois iguales, contesta ella mirándole con incredulidad.

El camión reposa en su última parada. Digiere la basura ya recogida. Lanza guiños con sus intermitentes junto a una acacia desmochada. En su copa reposa una estrella titilante. El día se va abriendo hasta adquirir una claridad detenida. Sentado al volante del camión, contemplo por el retrovisor las siluetas de la mujer que se aleja hacia el amanecer, con el niño en brazos. Detrás la sigue el del anillo, insistiéndole en que se case con él, que tiene un buen oficio y cuidará bien de ella y de ese niño que apareció agazapado en el terraplén mientras meaban dos basureros, como por obra y gracia del Espíritu Santo (sé que lo han pensado, pero así fue como ocurrió). A unos metros, persiguiéndoles apareció la anciana que le había entregado el paquete de cartas. Por los gestos de la vieja, parece que se las reclamaba. Estos viejos no saben lo que quieren.

 Un día más se ha recogido la basura.  Un día  que se parece a todos los días. Idéntico a muchos otros en que suceden hechos imposibles, que ya no soy capaz de percibir. Todos los días resumidos en uno. Toda la historia contada en un instante. Como si solo hubiese existido un día, y ese día fuese eterno. Hasta en la eternidad se recoge la basura.

Y con esta frase lapidaria termino mi relato. Sin más novedad se despide de ustedes, putos-lo-que-seáis, el basurero que conduce el puto camión de la basura, todos los días del año, hoy también.  Ese soy yo. El guardián de vuestra basura. El que se hace pajas al borde del terraplén excitado por la visión de unas tetas cualquiera. Un jodido deshecho social. Por eso he elegido este trabajo. ¿Acaso sois vosotros mejores personas? ¿Son vuestros trabajos más dignos? No es que lo dude, lo niego.

Acordaos de mi cuando tiréis la basura. Usad bolsas, y reciclad, lo orgánico a un lado, los envases a otro, el vidrio, el papel, las pilas en su correspondiente contenedor…  Y en las próximas elecciones, leeos bien los programas, que contienen frases que las carga el diablo. Y votad a quien os salga de los cojones.