Lisos lienzos polares, la piel de mis manos.
De algodón núbil, sus huesos.
Blancas grúas de estructura blanda, erigidas al alba,
apuntalan tus almas, huérfanas de rostro.
El alma adherida a la cara. La cara derretida como granizo de tormenta en la boca de un volcán. El rostro congelado en la memoria, en el ocaso arrumbada. Tu rostro extraviado entre tus caras. Tus caras sin rostro. Tus caras, fósiles sepultados bajo hondos estratos de fatigadas glaciaciones.
Las caricias de mis yemas, suaves roces en tu piel, apartan los desconchones de la fachada que tapa tus caras,
que aprisiona las almas detenidas entre las ruinas de la historia.
El amanecer ennegrecido en tus cejas.
Tu pelo que peina el humo de los tubos de escape.
Sueños contaminados tansitan desnortados  por avenidas tropezadas entre las cloacas desmayadas de tu nariz.
Noches de neones deslumbrantes, duermen apretadas en la curva de tus ojos soñando con lunas menguantes.
El puñal oxidado de  penas gemelas deshojado en treinta esquirlas
Clavados como lápidas en las encías.
Tu pensamiento, redactado a última hora, la hora póstuma, doblada en un testamento roto en pedazos,  agazapados bajo los surcos yertos de tu frente.
La risa que se desliza ociosa en el tobogán partido de tus labios
Tus caras, salpicadas de muecas dispares que esculpe la mano insaciable del tiempo.
El tiempo que erosiona tu rostro,
lo fulmina, lo olvida.

Mis manos lo recuerdan.
Mis manos lo deshielan al calor de mis palmas entre tus mejillas.
Mis manos vigorizan su expresión ,
arañan su tersa palidez con reveses del dorso en las sienes.

Tus caras reunidas en el harén del que son sultanas vírgenes, mis manos.
Acuden a solicitar esponsales en el trono de mis palmas.
Mis yemas, surtidores de mariposas que revolotean al aire.
Hilos invisibles tejen su vuelo.
Tienden la red que atrapa la distancia  entre tus caras y tu rostro.
Se zambullen en estanques repletos de pigmentos traídos allende las fronteras cardinales.
Emergen, embadurnadas las alas, para devolver el brillo al arcoiris deslavado de tu mirada.
Ungüentos ancestrales, entre  fórmulas transmitidas de generación en generación obtenidos,
para hacer perdurable el efímero rescoldo de la pasión en tus mejillas.
Especies y néctares de ultramar, conquistadas en aventuras legendarias, para endulzar el viento de mi voz en tus labios, y sazonar el grito de tu rostro en la garganta.
Mis manos, guardianes danzarinas, cimbrean el vientre de sus dedos,
hipnotizan tus caras,
pastorean el huracán que las huye,
las envuelve en el cepo de sus velos nupciales para reunirlas entre mis palmas,
amansarlas en tu rostro.

Mis manos, novias desposadas en tu rostro, consumado el acto,
mueren y desaparecen sin ceremonia.
Tus caras, viudas de mis manos, heredan tu rostro.