Muerto de frío. La espalda pegada a la pared. La columna serpentea sobre el cemento rugoso de los pisos bajos. La cabeza ladeada, ofreciendo la otra mejilla, arañando besos trasnochados. Las luces de las farolas se van apagando paulatinamente a medida que me desplazo. Debe estar amaneciendo. Me desplomo sobre el terrazo seco de un portal. La garganta regurgita el vino caducado de tetrabrick. Elefantes de neón que vomitan fuegos artificiales orlan mi mente. Monjas benedictinas de figura estilizada se reflejan en los charcos ulcerados de mi estómago. Entonan réquies.
Me tomó de los pies. Alguien de proporciones descomunales y manos hinchadas como botos me arrastró hacia el interior. En algún peldaño del tramo de escalera me perdió llevándose mis zapatos. Antes de olvidarme me cubrió con su gruesa zamarra de oveja estéril. Para los pies no llegó. Descalzos, oscilan estremecidos sobre el vacío del hueco de la escalera. Miden el tiempo que dura el duelo entre el despertar y la muerte.
Una viuda enjuta clava las agujas de sus tacones de charol negro en medio de las palmas de mis manos. Tras santiguarse, prosigue impertérrita su camino al rosario de la aurora.
Las campanas de una iglesia cercana comienzan a doblar, ¿por quién? Un reguero viscoso se descuelga de la comisura de mis labios: sangre y agua. Cae al suelo sin salirse del cuadrilátero de la misma losa blanca trazando mi epitafio.
Resucito en la tarde del tercer día, tumbado en un banco de la plaza. La piel de oveja de la zamarra es ya mi piel. Siento que estoy desnudo y tengo frío. Alguien que me ha visto tiritar siente lástima y deposita una moneda en mi mano. Lo justo para un cartón de vino. Suficiente para entrar en calor y deambular por las calles hasta al amanecer. Cuando de nuevo, muerto de frío, termine el día en el suelo de un portal.
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