Me lavo las manos antes de acostarme. Es una costumbre que me enseñaron de niño. No sea que mientras duermo, cualquier cosa que hubiera tocado durante el día me tomara y me hiciera deambular sonámbulo por la noche. También me las lavo nada más despertarme. Así me veo libre en mi quehacer cotidiano de que mis actos sean conducidos por pérfidas voluntades nocturnas, esas que le hacen a uno amanecer patas arriba, con los pantalones del pijama puestos en la cabeza y la parte de arriba enrollada en las piernas. Eso suponiendo que durmiera con pijama, que no lo hago. Ya no. He llegado a una edad en que toda precaución es poca. No quiero acabar como esa profesora chiflada del instituto que se presentó en clase en camisón.

Me tiendo en posición fetal, una mano amarra al hombro contrario y la otra acaricia el costado opuesto. Los codos casi tocando las rodillas. Teniendo en cuenta que mi cama tiene dimensiones  de poligamia, con esta postura, podría decirse que la mayor parte del área se desperdicia. Sin embargo, así ha de ser. La misma proporción que hay entre yo y el mundo, cuando duermo se reduce a la que hay entre mis sueños y mi cama. La misma que guardan mis manos con mi cuerpo. Mis manos están limpias. Repasan mi cuerpo y lo resumen acurrucando miembros y se solapan sobre las zonas donde la piel concentra sus torres vigía. Guardianes nocturnos de mis fronteras. Ellas sostienen la batuta directriz de los latidos que hacen gravitar los elementos que pueblan la imaginación. Ellas azuzan el fuelle de la respiración que crea atmósferas sobre las órbitas de planetas inalcanzables. Mundos que solo existen en mi mente, y que solo se divisan desde el observatorio de mi lecho.

Dicen que la posición fetal es una reminiscencia de la placenta. Inconscientemente sentimos el deseo de regresar al útero materno. Podría ser. El cuerpo se contrae hasta creerse reducido en feto. Navega por la dimensión viscosa de los sueños, hasta que los afilados pitidos del despertador cercenan el cordón umbilical de la inconsciencia y nos expulsan a la tragedia de la realidad. Quizás por eso siento la nostalgia del exiliado apelmazada sobre los párpados cuando despierto. Pudiera ser también, que esa posición es fruto del anhelo de maternidad. Madre y criatura se identifican en el cuerpo durmiente, sin poder distinguir quién es quién. Quizá por eso tengo esa sensación desconcertante de oquedad estéril hormigueando en el vientre tras incorporarme.

Chorro de agua caliente sobre las manos agarrotadas que giran como turbinas bajo el grifo. Chorro de agua fría que se embalsa en la concavidad de mis palmas y que se lanza como catapultas sobre el rostro demacrado. Todo para aniquilar el proyecto virtual de mi mismo que todavía humea entre los pliegues de las sábanas, como fuego fatuo de cementerio. Después intento borrar las huellas. Meticulosamente ordeno la habitación. Descorro las cortinas. Alzo la persiana. Ese otro mundo esquivo entra por la ventana, mientras la visera de mi mano derecha me protege como si fuese un delincuente sorprendido por los focos de la policía. Pliso las sábanas.  Recojo las piezas del despertador que el manotazo del despertar súbito ha desparramado por el suelo. Mis manos limpias, tan pálidas como mi cara, blanquean el desconcierto de mi cuarto, desentendiéndose  de las pertenencias  que amarraron en la patria horizontal, apartando  con desdén cualquier rastro que las pudiera delatar. Ahora las proporciones se reajustan. Mi cuerpo estirado, apenas unos palmos más largo. El mundo, en cambio, disuelta mi cama en el halo de luz del amanecer, se hace infinito, inabarcable. Mis manos se juntan en vertical súplica para implorar piedad durante las horas de destierro luminoso.

Doy una palmada en el hombro al portero que me desea que tenga un buen día. Exhibo mi índice izquierdo por la ventanilla al imbécil del claxon que, indignado,  sobre el espejo central, gesticula exabruptos,  entrecomillados por sus puños vibrantes. Una mano apuntala la cabeza. La otra tamborilea sobre la mesa. Otra mano extraña cruza en diagonal mi mirada para aterrizar una taza de café. Espero al primer cliente del día. Estrecho su mano. Me mira con suspicacia. Su mano se abre y se cierra como un pestañeo como diciendo al grano. En medio de la conversación, una muchacha aporrea el cristal y hace un ademán de saludo a alguien que está detrás de nosotros. Mi cliente y yo la saludamos sin venir a cuento. Un golpe con la mano abierta en el tablero  sella la defunción del trato. Mi frente digiere su frustración sobre las muñecas. Las manos reposan sobre los muslos, caminan hacia las rodillas y allí despegan. Me levanto. Aprieto el nudo de la corbata. Me repaso el flequillo. En marcha. Una mano en el bolsillo juguetea con las llaves. La otra sostiene un cigarrillo. Las falanges histéricas de un guardia urbano me conminan a acelerar el paso para cruzar el paso de cebra.  Pulso el botón del ascensor. Quinta planta. Siguiente cliente. El ritual se repite. Esta vez hay suerte.

El día se va agotando firmando tratos, o no. Al final, las palmas de mis manos hierven como una sartén repleta de tactos ajenos.  Todo el tiempo expuestas a las radiaciones del mundo. Manoseando superficies indescifrables. Como ciego por la vida intentando interpretar el braile ilegible garabateado a diestro y siniestro. Por eso me las lavo antes de acostarme. Y sin embargo, parte se cuela entre los poros. Por mucho que me restriegue, inevitablemente, hay sensaciones que son como semillas que se quedan agazapadas entre lo surcos de la epidermis. Cuando germinen, a ver quién distingue qué plantas del jardín son autóctonas y cuáles importadas. Lo que si sé es que crecen de noche, alimentadas por la luz de mis sueños.  Algunas se agostan entre mis pesadillas, que son como una especie de selección natural. Aunque ya no duerma con pijama, a menudo me despierto patas arriba. Será que cuando me lavo las manos, no hago si no regar mi jardín. Será que cuando diariamente salgo a negociar tratos, inconscientemente, adquiero nuevas especies.