Fue ayer.
Me desperté bien entrada la tarde.  Un día en que hubiera preferido quedarme dormido. No llevo bien ir a destiempo con el ritmo de la naturaleza. Si amanezco cuando atardece, ideas opuestas me afligen: el día y la noche, nacer y morir, la tempestad y la calma, la recta y la curva. Como civilizaciones de acá y allá que pugnan con denuedo por dominar el mundo. Mi mundo y mi tiempo, la tarde cansada de ayer, lo habitaban los niños que todavía jugaban en el patio. Sus gritos inocentes se colaban por la ventana entreabierta de mi habitación. El viento bostezaba contra el postigo, meneándolo para dejar pasar ráfagas mortecinas  del sol  que no terminaba de zambullirse entre las cornisas de los edificios grises de enfrente. Tenía todo el cuerpo sudado. La cara hundida en la almohada, sujeta con los clavos de mis ojos. Las sábanas mojadas, retorcidas entre mis piernas y mis brazos, anudando los miembros entre los barrotes del cabecero.
Se hacía el silencio como un vacío minúsculo en que se vislumbraba el abismo. Y en seguida volvían los débiles murmullos de los niños, el golpeteo seco de la hoja de la ventana, y los rayos de luz cada vez más apagados, del sol.
 Una llamada en la puerta precedió la entrada de mi madre en la habitación, con un vaso de leche humeante en una bandeja que dejó en la mesilla. Me estiró las piernas y con un paño me secó el sudor de la frente y del pecho, me cubrió con una manta y se marchó. Volvió a abrir la puerta para apagar la luz y susurrar un tómate la leche hijo que te hará bien para dormir. El chirrido semicircular del picaporte es lo último que oí. Ya no había niños, ni  ventana  entreabierta, ni luz del sol, tan solo el reflejo turbador de los faros de un coche que cruzaba veloz afuera,  como la torre vigía de una prisión que busca fugitivos. Mi mundo y mi tiempo quedaron resumidos en las  buenas noches de mi madre, como un conjuro para que la fiebre se esfumara por la ventana entreabierta, una vez que amanecer y despertar coincidieran en el día después.
Hoy.