Mientras se hacía el café se sentó a esperar mirando la taza vacía sobre la mesa. Cuando la cafetera empezó a silbar humo se levantó. Voy a escribir a tía Gloria, sentenció. Escribió la fecha de hoy en un folio, bebió un sorbo de café, se encendió un pitillo y tras expulsar el humo de la primera calada escribió «Querida tía Gloria». Entonces se quedó en blanco durante unos minutos. Aplastó la colilla en el cenicero y se levantó para dejar la taza en el fregadero. Durante toda la mañana estuvo rebuscando por toda la casa, pero no la encontró. Otras cartas, últimamente solo enviaba quejas al ayuntamiento, las podía escribir con cualquier pluma. A tía Gloria sólo lo podía hacer con una. Su empuñadura morada de vidrio italiano trenzado le evocaba el tacto de los mechones de su pelo. El rasgueo de la punta sobre el papel le recordaba su voz de gorrión asmático cuando de niño la tiraba del pelo y ella le reconvenía. Se volvió a sentar en la cocina. Mientras fumaba y bebía café se sumió en el recuerdo vago de aquella pluma que le hacía sentir tan cercana a su querida tía Gloria. Llamaré a mis padres, resolvió al final.
Entre maitines y laudes la hermana Gloria se afanaba en el cuidado del jardín del claustro. Poco antes de que llamaran a oficio, se clavó una espina cuando trataba de arrancar una rama seca del majuelo que ella misma había plantado un mes atrás para sustituir al malogrado rosal lunero. Tal día como hoy murió la hermana Agustina, recordó. Abandonó su tarea y se dirigió cabizbaja hacia la capilla, con las manos cruzadas sobre el estómago sosteniendo el rosario de cuentas de olivo que le había traído la abadesa de su viaje a Tierra Santa. Al tomar su breviario manchó de sangre el canto. Sonó la campanilla. Las hermanas fueron llegando. Cuando comenzaron el rosario, ella ya llevaba cinco avemarías. Siguió a su ritmo durante todo el oficio. Al terminar, la hermana Filomena le ofreció un pañuelo. Hay heridas que ni la palabra de Dios puede restañar quiso decir al cogerla de la muñeca y devolverle la mano al bolsillo.
Rosas como aquellas de espléndidas no las había visto en su vida. Ni las verá señorita, le contestó el florista. No pudo comprarlas. Se había olvidado el monedero y no quiso que se las fiaran. Vuelvo por él y me las llevo. Pero no volvió. No fue capaz de dar con él. Como era posible. Recordaba perfectamente haberlo dejado en el cajón de la cocina, donde siempre, la tarde anterior, cuando regresó de dar la señal para el nuevo colchón. Y esa mañana había salido sin él, de eso estaba segura. Al colgarle el teléfono a su prometido se había sentido desconcertada y salió de casa precipitadamente. Por eso se olvidó de cogerlo. Resolvió bajar a la calle. Desde la otra acera contemplaba el cubo de latón que rebosaba de rosas de un azul violáceo en el escaparate de la floristería. De regreso a casa, todavía aturdida, decidió que no iría esa mañana al cementerio.
Todas las mañanas, tras asearse, escribía cartas sin parar, hasta la hora de comer. Cuando su mujer entraba en el despacho, con el primer café recién hecho, ya llevaba un par de ellas. ¿Qué me escribes hoy, amor?, le preguntaba al dejarle la taza sobre la mesa. Cosas mías, contestaba él. Solo le intentaba interrumpir de nuevo cuando había concluido las tareas de la casa. Menos la limpieza del despacho. Nunca se lo permitía. Tamborileaba con sus largas uñas sobre el cristal esmerilado. Ya me encargo yo, contestaba siempre. Entonces, ella se quedaba apostada junto a la puerta. Le gustaba escuchar el rasgueo de la pluma italiana sobre el papel. Había aparecido de imprevisto un día limpiando debajo del sofá. Mientras intentaba descifrar lo que su marido escribía sonó el teléfono.
LA ESPOSA VACILANTE
−Cásate conmigo.
−No
−Así sin más.
−No más de tí.
Y se quedó tan ancha. Claro que hubiera sido peor decir la verdad.
−Lo intentaré otro día. Más adelante cuando tenga la seguridad de obtener un si.
−Cásate conmigo.
−Si.
−Ese sí parece un no.
−Pues es un sí. No hay más que hablar.
Y se quedó tan ancha. Con un si como este casi que hubiera preferido un no.
−Lo intentaré más adelante. Necesito un sí como Dios manda.
Y así se fueron sucediendo los intentos. Con síes y noes, insulsos los primeros, contundentes los segundos. No hay mal que por bien no venga. Un refrán para un consuelo y una esperanza. El mismo refrán repetido una y otra vez consigue que uno se desespere. Cuando llega la desesperación se piensa que ya es demasiado tarde y que hay que tirar por el camino de en medio. Se llega a la determinación de que el primer si que llegue, que no es el si que se espera, será aceptado, un si cualquiera vale. Y es a partir de entonces que todo lo que llegan son noes. Vaya por Dios.
−No, no y mil veces no.
−Porque siempre lo intento con la misma: la primera, que de tanto despilfarrar noes se ha quedado para vestir santos. Pese a lo cuál, ella sigue, erre que erre, negándome eternamente. A mi edad solo me queda un blanco al que disparar, y una bala en la recámara. Un día de estos, sobre seguro. Un día que no llega. En eso consiste la desesperación. Saber que solo se tiene una opción, y que la posibilidad de acertar es prácticamente nula. Porque hasta cuando dice que sí, se la ve tan confundida, que parece que dijera que no. Entonces soy yo el que dice que no de verdad. Y así andamos últimamente, pareciera que desde siempre, descontando monosílabos, ya he perdido la cuenta. Síes como ensayos, y amagos de noes, esperando un día encontrar un sí de verdad para poder casarnos como Dios manda.
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