Ese, un día de estos nos da un disgusto, que la cabra tira al monte. Estuve todo el día dándole vueltas al comentario que había hecho Don Ricardo Peláez el día que enterramos a Rocío cuando le pregunté sobre su hijo, antiguo compañero mío del instituto. En realidad, me importaba un bledo lo que Antonio Peláez hiciera o dejara de hacer. Pero mi padre, que es cortés por naturaleza, porque supongo que a él le importaban las cosas de Don Ricardo lo mismo que a mí las de su hijo, tuvo que abordarlo a la salida de misa, y cuando se le agotaron los recursos, me miró como para pasarme el testigo. Ahí va, lidia tú este berraco. Claro que después del tirando, del no somos nadie, y el miá tú, aquella sentencia me dejó desconcertado. Para mí Antonio Peláez siempre había sido parte del decorado. Además hacía siglos que no nos veíamos. Lo que recordaba de él es que era un muchacho esmirriado, y eso que en el recreo se zampaba casi una barra entera de embutido, donde la echaría, se lo comía con la misma desgana con que hacía todo. Siempre andaba con la boca abierta. Cuánto me habré divertido jugando a encestar bolitas de papel entre sus dientes en clase de religión, mientras el pánfilo de Don Julián no se enteraba de nada. Yo lo tenía fácil, como torcía la boca hacia mí, aprovechaba el rebote en sus napias, considerables por cierto, cuando estudiamos a Quevedo, se quedó con eso de Peláez, un hombre pegado a una nariz, no fallaba una. Era un estudiante bastante mediocre. Tampoco jugaba bien al fútbol. No es lo mío decía. Cuando nos fallaba algún jugador lo poníamos de portero. El caso es que todo lo que tiraban a puerta se lo colaban. Pero era raro que lo hiciesen. Verlo ahí en frente a tan sólo unos metros, con esa pose de primate, y sobretodo esa mirada, como si tuviese los ojos en tensión, que parecía medio retrasado, distraía a cualquiera. Muchas luces no tenía. Inclumplía todos los requisitos para que me interesase lo más mínimo por su persona. Yo necesitaba derrochar adrenalina. Por tanto, necesitaba competir con alguien que me hiciera mantener los motores a pleno rendimiento. Luego con el tiempo, la percepción de las personas cambia. Por eso cuando su padre me salió con esas, se me rompieron los esquemas. Porque de aquel muchacho de aspecto desgarbado, cuya cercanía resultaba fastidiosa por pusilánime, la imagen que había quedado, supongo que por no tener que sufrirlo día a día, era la de un tipo bonachón. Bobo, pero buena gente. Después de todo las dos o tres veces que me vi obligado a utilizarlo, siempre estuvo dispuesto a ser engañado. Sobretodo durante aquella convivencia en Sigüenza con las monjas, cuando subí a la habitación de las chicas, con la intención de secuestrar a la Silvia Ruiz para cepillármela en el servicio, y le pedí que saliera fuera y tirara piedras al cristal con el fin de despistar a la madre Concha, que era más lista que el hambre. Y qué hago cuándo salga la monja, me va a castigar. Tu sales corriendo, que no te vea, pero asegúrate de que te sigue. Diez minutos, vale, chaval tú puedes, algo se te ocurrirá. Y vaya si pudo. El jodío salió desnudo, a principios de diciembre, y en Sigüenza, ahí es nada, qué cojones le echó. Se tiznó todo de negro con los tizones de la hoguera que habíamos hecho en el patio por la tarde, se puso a caminar junto al ventanal, golpeando el cristal con una cadenas herrumbrosas, de dónde las sacaría, gimiendo como un alma en pena, con una voz profunda y estentórea que a ninguno en la vida se nos habría ocurrido atribuirle. Y la madre Concha corriendo detrás de él, gritándole ¡gamberro, como tecoja! Arrojándole pedruscos. Qué huevos tenía aquella monja. Mientras las otras cinco andaban afanadas aporreando la puerta del padre Andrés, que estaba sordo como una tapia y ni se enteró de la trapisonda. Y con qué rapidez y maestría se lavó y volvió a la cama para estar listo para pasar revista ante la madre Concha, tan exhaustiva ella, que nos miró y remiró por todos los lados, levantando la nariz de sabueso desde su escaso metro y medio, y él tan pancho y taciturno como siempre, no levantó ni la más mínima sospecha. Es más, fue el primero en volver a la cama. Estuvo sembrado el Peláez. Nos castigaron a todos sin comer, menos él. Por una vez fue el protagonista. Porque de lo mío con la Silvia, un desastre. Apenas si me dejó que le tocara las tetas.
Ese, un día nos da un disgusto. Esto lo podía entender. Un tipo así, superada la edad escolar solo podía ser una carga. Pero lo de que la cabra tirase al monte, no le sacaba yo el misterio.
Quién me iba a decir que aquella conversación anodina con su padre no era más que el primer nudo de la cuerda que había empezado a tirar el día que enterramos a Rocío, y que me lo habría de encontrar días más tarde. Después del funeral de la semana, salí a pasear solo por la ciudad. Al pasar por el Palacio del Infantado, se me ocurrió entrar a pasar un rato en la biblioteca. La de tardes que me habré tirado aquí en mis tiempos, pensaba mientras subía por las escaleras. Menudas juergas, con el Chaves, el Antoñías y el Busons. Menos estudiar, cualquier cosa. Qué habrá sido de esos cabrones. Y qué notas sacábamos, los primeros siempre, y siempre en el mismo orden: yo el primero de la clase, por supuesto. Y lo que le jodía al Lario comprobarlo cuando nos daban las notas. El puto empollón, tan resabiado y pedante él. Con esos discursos que se marcaba. Como aquella tarde en que Don Rodolfo, el profe de literatura, le pidió que comentase un poema de Machado. La inabarcable casuística que envuelve la potencialidad de los conceptos abstractos que de forma evidente emanan de la lectura de este verso derivan en una, como diría yo, irreconciliable dicotomía entre el ser y el poder ser, que solo se resuelve con la anuencia de la ineluctable limitación de la existencia humana. Todo eso dijo tan sólo de ‘caminante no hay camino’. Joder, nos dejó a todos catatónicos. Hasta que el Antoñías, siempre al acecho, se puso en pie, y con los brazos en horizontal se puso a cantar como un monje de Silos, Palabra de Dios. El otro se quedó cohibido, no fue capaz de andar más por los derroteros de su palabrería retorcida.
Merodeando entre las estanterías, me detuve en la sección de psicología. Conteniendo la risa, fui pasando la mano por el lomo de los libros de autoayuda, mucho de los cuales había devorado en aquella época tenebrosa de la universidad. Qué cosas, pensaba. Cuando me disponía a salir me topé con una mesita junto a la puerta donde estaban expuestas las novedades. Destacaba un mamotreto titulado ‘Escuela de asesinos en serie’. El autor era ¡Fernando Grajera! ¡Hostias! Exclamé. El soplapollas del Grajera, que nos atormentaba en segundo de BUP, con esa basura de Jacinto Luzón, aquel perspicaz superdetective que daba siempre con el sádico asesino que descuartizaba a troche y moche ora indefensas ancianitas, ora inocentes doncellas. Me senté a hojearlo un rato. Todavía conservaban esos sillones de gruesa espuma, tapizados de estofa verde, que solo con posicionar el culo tenías la sensación de caerte dentro de una sima. La de veces que me habré quedado sopa allí mismo, sobretodo la época que me dio por leer a Joyce, Ibsen, Becket. Maldita saga de irlandeses. Así me he quedado, esperando a Godoy eternamente. El libro era un claro ejemplo de cómo algunos cuando alcanzan la madurez y son conscientes de la miseria que adorna su mediocridad, cargan las tintas contra los que consideran responsables de su frustración: padres, profesores y fundamentalmente la iglesia católica. El daño que ha hecho la psicología de prêt-à-porter a nuestra civilización. Pues bien, la tesis del Grajera, el soplapollas, parecía resumirse en lo siguiente: la severidad de los métodos empleados por un sistema educativo autoritario había conducido a unos cuantos alumnos, pobres víctimas, en despiadados asesinos de sus profesores. En un relato titulado ‘Ablativo absoluto’, un tal Antúnez (qué tendrá este apellido que abunda tanto en la ficción más somnolienta) que aparentemente pasaba por ser uno más, no encontraba mejor manera de reafirmarse, de demostrar su autosuficiencia, que declinando la palabra Iudex, icis con la sagre de la profesora de latín, tras cargársela de una pedrada mientras corregía exámenes, sobre los blancos muros del instituto. En ‘La incógnicta’, otro infeliz, tras un clamoroso suspenso, había descuartizado al de matemáticas, y había esparcido los restos por varias papeleras de la ciudad. En el despacho del interfecto había dejado un plano de la ciudad, con un muñeco de papel de esos de inocente, con una cifra escrita, con sangre, faltaría más, en el pecho, y una interrogación en la cabeza. El misterio radicaba en que si uno contorneaba la figura del muñeco sobre el plano, tomando cada guarismo de la cifra, podía hallar cada miembro del malogrado profesor, en la calle donde estaba dibujado el miembro, y a la altura del número correspondiente. Menos la cabeza, que era la incógnita. Todo un prodigio. Se pueden imaginar como murió el profesor de química, en un relato titulado ‘Combustión sin oxígeno’. Arrojé con desprecio el flamante premio Castilla-La Mancha de jóvenes narradores, y salí fuera a tomar un poco de aire. Acodado sobre la balaustrada del segundo piso, contemplaba melancólico la joya isabelina del patio de los leones. Tanto me abismé en mis pensamientos, que me sorpendieron rugiendo al vacío del patio, como si aquellos pobres felinos pétreos me estuvieran acechando para de un momento a otro abalanzarse sobre mí y devorarme. Quieto fiera. El que me agarraba del cuello para aplacar mi ímpetu rabioso era el mismísimo Peláez. Resultaba que trabajaba allí mismo. En la fonoteca municipal. El cabrón estaba igual, como una foto en sepia de sí mismo hacía quince años. Vamos a tomar un café, hombre, y recordamos viejos tiempos, me insistió.
Joder, joder, joder. Es lo primero que dijo tras encender un pitillo. Luego lo repitió varias veces intercalado entre su fluida conversación. El cabrón, antes tenía siempre la boca abierta para no decir nada y ahora había aprendido a cerrarla para no dejar de hablar. Eso sí, seguía igual de escuálido, y con el estrabismo de los ojos algo más acentuado. Dame uno anda, le supliqué, que lo estoy dejando, pero no hay manera. Joder, joder, joder, el Rodri fumando. Cuando lo cuente no se lo van a creer, con lo deportista que eras. Claro, que siendo escritor, tienes que fumar, coño, cierto, cierto, cierto. He leído todos tus libros. Solo me han publicado uno, pero le dejé continuar. Además no se encuentra en ninguna parte. Creo que salieron dos mil, y más de la mitad creo que son ahora papel reciclado. Tú no te desanimes hombre, me dijo, como leyéndome el pensamiento. Mira el soplapollas del Grajera, vende como churros. Aquí lo tienen como una gloria nacional. Está metido en todos los fregados. A tí no te han hecho justicia. Porque tienes talento, dónde va a parar. Y te escucho en ese programa que haces en la radio, cómo se llama, joder. Aullidos al alba. Eso, coño. Te metes bien en el papel. Dijo después de enfatizar una risotada chirriante con varios puñetazos en la barra. Te admiro tío.
No te ví en el entierro de la Roci. Es que la quise mucho, sabes. Se justificó, bajando la mirada. Yo creo que nunca la dejé de querer. Qué muerte más tonta. Un amor platónico de esos, sabes lo que te quiero decir, continuó abandonando el tono melancólico. Y ni caso que me hizo nunca, la zorra. Hombre, Antonio, le reconvine. Si, por que te voy a decir una cosa, tú, a pesar, de que aparentabas ser el puto amo, tú has ido a tu bola siempre, tú has vivido siempre en tu mundo, y no te das cuenta de las cosas. ¿A dónde quieres llegar? le pregunté ante aquella asombrosa sentencia sobre mi persona. Joder Rodri, pues que a la Roci le pasaba contigo, lo mismo que a mí con ella. Ni más ni menos. Y tú, como un picha floja, de flor en flor. Con la Raquel, la Isa, bueno, el otro día que nos juntamos unos cuantos de la época, incluso alguno dijo que llegaste a mariconear con el Daniel Palma, no te digo más. No me extraña que te hicieras escritor. Bueno, y aquel putón verbenero, que te quisiste envainar en Sigüenza, te acuerdas, con la madre Concha, la cabrona, corriendo detrás de mí como una loca, qué fuerte tronco.
No me iba a acordar. Si a uno le queda algo es memoria. No siempre las cosas están a mano, pero no hay más que como un libro, abrirlo y leer y ahí está todo, detallado, el tiempo como si fuera ahora, y las personas que ya no lo son, convertidas en personajes, cuando no en cadáveres. Terminamos el café que se había convertido en un ritual de exhumación. A ver si te dejas caer por aquí más. Eso está hecho. Nos despedimos.
Cuando iba por la calle de correos, me abordó de nuevo. Rodri, tronco, mira que antes me ha dado corte, pero me he dicho, qué coño, hay que aprovecharse un poco de las influencias. Yo te hice muchos favores, yo solo te pido una cosa, pequeña. Sacó un CD del interior de su chaqueta, soy cantautor, rollo canción protesta, sabes, y me pidió, por favor, por favor, te lo pido, que lo escuchase y que lo pusiera en mi programa, para darle un poco de publicidad, que él haría lo propio con mi libro. Para eso estamos los colegas, para ayudarnos. Además tiene mensaje, como tus relatos, concluyó. Te dejo mi número de móvil. Llámame y dime qué te ha parecido.
Qué diablos es eso que tienes puesto. Irrumpió mi madre en mi habitación y sin mediar más conversación desenchufó el equipo de música. Y eso que lo había puesto bajito. Hijo mío, que está tu padre echándose la siesta, ten un poco de consideración. Y tenía razón, aquello superaba mis peores expectativas. Dejando a un lado la mala calidad de la grabación, aquello era insufrible, que hasta me parecieron psicofonías, con eso lo digo todo. Todas las canciones tenían el mismo patrón. Empezaban con un punteo infernal de guitarra eléctrica desafinada. Después se acoplaban unos tambores atronadores con ritmo de procesión de semana santa. Se unía al mejunje impiadoso una especie de comparsa de feria. Y finalmente, empezaba él a cantar, mala voz no tenía, quién lo diría. Lo único que variaba de canción en canción: la letra. Desinformados, desinformados, desinformados, el gobierno miente, nos manipula, la puta que parió al que nos gobierne, antes o después, armados hasta los dientes, en la trinchera lo veremos con un tiro en la frente. Y otra vez el estribillo. Así abría el álbum, el cantautor Antonio Peláez “El Profeta” se hacía llamar. Ni izquierda, ni derecha, y el centro, a la mierda. Yo, rojo, como el fuego, rojo como la tierra. Soy un demonio jodido, un jodido satanás. Estoy poseído.Y no hay más. Efectívamente, ahí acababa cosa.
Joder, joder, joder. ¿Serán así todos mis lectores? Los cuatro que debo tener. . Tengo que replantearme mi carrera. En estas cosas pensaba en el autobús de vuelta a Madrid. Esa noche tenía programa. Estuvo tétrico, lo reconozco. Pero aquella semana, sólo había podido reflexionar sobre la muerte, y sobre el amor, que venían a ser lo mismo. Recuerdo que terminé con el Soneto Sacro nº X de John Donne …¿y por qué te envaneces?/ Pasado un breve sueño despertamos eternos,/ y ya no habrá más muerte, tú morirás, oh muerte”. Al terminar, siempre me pasaban un par de llamadas o tres de oyentes rezagados que no habían podido entrar en antena. Cuando terminó de sonar Air à dancer, de la Penguin Cafe Orchestra, la sintonía de “Aullidos al alba”, miré a Nieves, la editora del programa, que desde el otro lado del cristal negaba con la cabeza. Cuando recogía mis apuntes, aporreó el cristal e hizo ese gesto con la mano para indicarme que había una llamada. Tenía ese presentimiento y se cumplió. Era Antonio Peláez, El Profeta. Antonio, dije, luego de una pausa larga. Encendí un pitillo mientras pensaba por donde abordarle. Pero no hizo falta, no quería conocer mi opinión sobre el disco. Te estaré eternamente agradecido, comenzó. Rocío ha estado presente en todo el programa. Ahora sé que tú también la querías. Sólo te pido una cosa. Que la semana que viene, o la siguiente, no me importa, sea yo el que esté presente. Lo escucharé de nuevo, y veré lo que se puede hacer, Antonio. Pero ya había colgado.
No sé si fue el trajín de aquellos últimos días, llenos de agotamiento, o quizás, fuese eso que me había dicho Antonio con tanto acierto tomando café, que pese a las apariencias voy a mi bola y estoy siempre en mi mundo. Lo cierto es que no supe, o no quise, captar el mensaje que encerraban sus últimas palabras.
A eso de medio día, me despertó el teléfono. Era mi padre. Te tengo que dar una mala noticia, hijo. Después vino una pausa larga en la que el eco de la palabra hijo seguía resonando. Antonio, te acuerdas que estuvimos con su padre en el entierro de Rocío. No hizo falta que siguiera. Precisamente fue su padre quien lo encontró, en aquella pocilga alquilada por cuatro perras del viejo Alamín, donde pasaba las tardes y últimamente las noches, ensayando. Se había ahorcado con unas cadenas oxidadas. Estaba desnudo, prácticamente chamuscado. Debajo, había hecho una hoguera con su batería, su teclado y su guitarra eléctrica. Todo en aquel cuartucho inmundo había ardido. Excepto, junto a la puerta, un libro, mi libro y un teléfono móvil cuya última llamada había sido a la emisora.
Nunca pude cumplir su deseo. Después del entierro, me llamó el director de la emisora para comunicarme, de una manera sutil, que los últimos datos de audiencia arrojaban que mi programa era un desastre. Así que, querido Antonio, aunque se dice que la última voluntad de los muertos es sagrada, en cierta manera la he cumplido, a mi aire, desde mi mundo, a mi bola, como tú decías. En cualquier caso, he escrito esto para que quede constancia, no sea que un día, con las vueltas de la vida, al echar mano de los recuerdos, no dé con esta parte; y así, al estar escrito, al detalle, ya no me quede otro remedio que leerlo, tal cuál, quizás así algún día llegue a entender por qué los malos escritores escriben para matar, y los buenos matamos para escribir.
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