Nadie cercano a mí lo entendería. Ella menos. Prefiero que mantenga esa otra imagen de mí. Me pregunto, si no sabrá más. Hoy en la consulta, siempre me acompaña al médico, al quitarme la camisa, he sentido la insolente brisa helada de su exhalación en mi pecho enrojecido por los tirones de la cera del día de antes. Ha desviado la mirada y se ha llevado discretamente una mano a la melena, rebuscando entre su pelo canoso algún recuerdo viejo. Me he refugiado en los zapatos del doctor, y hasta que no me he abrochado el último botón no he levantado la cabeza y nos hemos vuelto a mirar. Tiene un sentido inquebrantable de la decencia, que yo he heredado, pero que solo conservo delante de los conocidos. Nunca me desvisto delante de un familiar o amigo. Si no me queda más remedio me vuelvo. En cambio, de niño, en los vestuarios de la piscina, cuando no había nadie conocido, me gustaba pasearme en pelotas, sobretodo entre adultos, y mirarles furtivamente.
La primera vez que ví a un estriper fue en el legendario Stonewall de Nueva York, durante un viaje de negocios, apenas un mes antes del 11-S. Todavía era ingeniero. Allí acudí tras dejar a mis compañeros en el bar del hotel trasegando cervezas, con la excusa de estar agotado. Acodado en la barra, entre caladas compulsivas, observaba a aquel fornido atlante contornearse encima de una tarima, con todos esos tipos rudos colgándole billetes de dólar en el tanga. Al regresar, me desnudé frente al espejo, y me quedé un buen rato imitando sus movimientos, acariciando obscenamente mi cuerpo, mientras yo mismo me colgaba billetes de dólar dentro del calzoncillo, e imaginaba que los cientos de lucecitas de los rascacielos que se proyectaban en las paredes de mi habitación eran los ojos exaltados de un público imaginario.
A la vuelta, me comencé a obsesionar con el culto al cuerpo. En la oficina me volví esquivo. Evitaba cualquier compromiso fuera del trabajo. Iba al gimnasio todas las tardes. Tomaba complementos para aumentar la masa muscular. Me daba baños de rayos uva, y paulatinamente me fui depilando el bello de todo el cuerpo. Lo último fue un tratamiento de alargamiento del pene. Por las noches, frente al espejo, como si de un rito sagrado se tratase, me desvestía, y montaba mi propio número. Una vez entre semana acudía a algún local de ambiente. Poco a poco, fui conociendo a gente y haciendo contactos.
Mi primer striptease ante un público real fue en una fiesta privada del dueño de un afamado club de la capital. Después de acostarme con él media docena de veces conseguí que me diera una oportunidad. Dejé mi trabajo de ingeniero. De esto hace ya cuatro lejanos años. Ahora, los mejores locales del circuito internacional se me disputan.
A ritmo de funky, superpuesto a una base de música sacra, irrumpo en el escenario ataviado de monje. Bajo la capucha, un pañuelo de la bandera de los USA cubre mi cabeza rapada. Tras quitarme el hábito, restriego sensualmente el cordón del sayal por mi cuerpo. De espaldas al público, me agacho bruscamente y hago estallar el tanga. Me descubro y coloco la bandera sobre el pene a modo de mástil, mientras la ondeo entre el griterío enloquecido del auditorio. Es mi número favorito.
Después de cada espectáculo, abandono el local furtivamente, con la cartera repleta de billetes de propina. Las miradas de la gente con la que me cruzo me parecen siempre suspicaces. No lo puedo evitar. Tampoco, el temblor de mi mano derecha que, insistentemente se asegura de que la bragueta esté cerrada y todos los botones de la camisa abrochados. Me da pánico pensar que, un día, cuando llegue a casa, al dar un beso a mi madre, la brisa helada de su mirada se cuele entre mi ropa por culpa de un botón.

Leave a reply