Les sentí entrar. Debió de ser cuando todos dormían y la calma envolvía la noche. Pero esto es solo una suposición, pues me había acostado y levantado varias veces. Pudo ser en cualquier momento de duermevela. Llevaba varios días sin poder conciliar el sueño. Por otros motivos. Ese día mi cuerpo cedió a la fatiga. Nada más llegar por la tarde me tumbé en el sofá y me quedé traspuesto. Unas dos horas. Me desperté cuando estaba atardeciendo. Los niños todavía jugaban afuera en el parque. Bebí agua y oriné. Luego quise irme a la cama a descansar a gusto lo que fuera necesario. No me importaba llegar tarde al trabajo al día siguiente. Como si no llego. Últimamente es como si no estuviera, pensaba cuando le quitaba con desgana las pilas al despertador. A los cinco minutos no soporté estar más con los ojos como platos y me puse a leer. Avancé bastante, eso es todo. No podría precisar de qué libro se trataba, pues tengo varios apilados en la mesilla. Dependiendo de la causa de mi desvelo tomo uno u otro. A veces estiro la mano y cojo uno al azar. Es para quedarme dormido, no me interesa lo que me cuenten. Por eso, nada más caer rendido, ya no recuerdo de qué se trataba. Si recuerdo que cambié varias veces de postura en la cama, lo cuál quiere decir que pasé varias páginas. Las páginas tenían una letra muy pequeña y las líneas apretadas. Lo sé porque había un grifo, debía de ser por la cocina, que goteaba y eso me despista bastante cuando llego al final de una línea, con lo que en varias ocasiones tuve que buscar la línea correcta para continuar la lectura. Lo recuerdo perfectamente. Cuando abrí los ojos, la luz de la mesilla estaba encendida. Ya era de noche. Ya no se oía el grifo gotear. Puede que me levantara entre medias a cerrarlo. No lo recuerdo. Busqué el libro entre las sábanas. Todavía lo recordaba. No lo hallé. Oriné y bebí agua de nuevo. No se sentía un alma que suspirara. Tan solo el crepitar de los objetos al ceder la materia cuando se enfrían en la noche. Poco antes de echarme de nuevo en el sofá, oí unos murmullos aquí y allá, debajo del suelo y tras el tabique del salón, pero no eran ellos. Seguro. Encontré el libro apoyado sobre un cojín. Puede que entraran antes o más tarde. Quizás me levantara de la cama y continué leyendo en el sofá, luego volviera a la cama. O puede que entraran también en casa y alguno de ellos me lo quitara de las manos, siempre me quedaba dormido agarrando las pastas firmemente, y se sentara en el sofá a leer un rato. Puede que me vieran de esa guisa y pensaran que ya estaba muerto. Eso me salvó. El caso es que amanecí en el sofá, por tanto este fue el último lugar donde me quedé dormido. Últimamente siempre termino las noches en el sofá. Ya tiene el molde de mi cuerpo hecho, y parte de mi cuerpo adherido en las hendiduras. Huele a mí. Sudo bastante bajo la mantita con la que me cubro. Suelo caer en estados febriles mientras estoy tumbado en él. Eso no me pasa en la cama. Fruto de estos estados me suelo rascarme hincándome las uñas de forma compulsiva hasta hacerme sangre, las de la mano con el brazo contrario, las del pie con la otra pierna. La cubierta está llena de manchas como de tinta china. Así es el color de mi sangre cuando se seca. El cojín sobre el que reposo la cabeza tiene una fina capa de pelos y caspa. Desde que decidí dejarme el pelo largo, me meso con frecuencia los cabellos, eso me relaja. Como último recurso para quedarme dormido, cuando ya se ha agotado todo, la lectura, la televisión, la radio, zambullirme en el vacío entre las grietas del techo, termino haciéndome una paja. También hay mucho semen apelmazado y reseco en mi sofá. Pero esa noche no lo hice. Por eso mi sueño no fue tan profundo como para no recordar nada. Gracias a ello les sentí entrar.
Antes o después, entraron. Y yo estaba dormido en el sofá, casi seguro.
Oí el tintineo de unas llaves, varias veces, en diferentes puertas de distintos pisos del edificio. Pasos en el aire que se acercaban. De tres personas. Hombres todos. Mantenían conversaciones inquietantes. Fueron juntos de puerta en puerta, de piso en piso. Y los pasos en el aire no dejaron de oírse en ningún momento. Ni el leve tintineo de llaves buscando cerraduras. Y era como si se desdoblaran, pues a medida que subían, empezaron desde abajo, los nuevos sonidos se acoplaban a los de más abajo que continuaban como un eco. Quise despertarme antes de que llegaran a mi puerta. Porque les había sentido y les tenía metidos a los tres en mi sueño. Por eso veía claro sus intenciones y quise huir. Hasta que conseguí despertar estuve forcejeando con mi cuerpo, como si se hubiera transformado en un ataúd y yo me hubiera quedado dentro atrapado, pero no fui capaz de levantarlo. Parecía que me hubieran asestado un golpe seco en el cogote. Como si tuviera una cuerda anudada a los párpados, una polea en la nuca y una pesa de gran tonelaje colgada, de manera que cuando empujaba hacia arriba, sentía que se me cerraban más los ojos, que me estrujaban el bulbo raquídeo, y la sangre de todo el cuerpo se solidificaba de manera que sentía todos los miembros como bloques de hormigón armado. Y cada vez sentía más próximos sus pasos, sus voces ahogadas y el roce metálico de las llaves. Pero cada vez se demoraban más en cada casa.
Cuando llegaron a mi planta, imaginé como los vecinos de uno y otro lado gritaban y pedían socorro. Primero los del A, después los del C. Yo vivo en el B. Pero esto no lo quise oír. Entonces les sentí tan cerca que les pude ver la cara. Les pude ver porque se metieron en mi sueño. Era difícil distinguirlos. Los tres parecían hermanos gemelos. Lo hicieron a oscuras. Uno de ellos blandía un cuchillo describiendo semicírculos en el aire, de derecha a izquierda, y de abajo arriba. Otro disparaba fotografías en el momento en que la punta del cuchillo tocaba un cuerpo, justo antes de que se hundiera hasta el puño. Y el otro tomaba notas en una libreta.
Cuando desperté todavía sentía la presión de la nuca contra el cojín y la pesadez en los brazos y las piernas. Solo pude abrir los ojos. Afuera ya había amanecido, y se sentía el alboroto de la muchedumbre que se agolpaba en la puerta de la maldita iglesia esa evangelista de los últimos días que me colocaron hace un par de años enfrente de casa, tapando las espléndidas vistas que tenía sobre la ciudad. Seguro que es una secta destructiva. Un día amanecen todos muertos, fijaros bien en lo que os digo, les decía a mis amigos cuando venían a visitarme. Todos mis antiguos vecinos se habían ido mudando desde entonces. Los nuevos eran todos miembros de la secta. Yo era el último en resistir. Llevaban intentándolo desde que se instalaron. Últimamente habían querido captarme. Pero yo hace tiempo que dejé de creer en nada.
Ellos fueron los que dieron la voz de alarma, al percatarse de que ninguno de mis vecinos había llegado después de cinco minutos de comenzar la asamblea. Eran puntuales.
Les sentí y no pude hacer nada. Es todo lo que puedo declarar. Antes o después de que me quedara dormido en el sofá. Quizá pensaran que ya estaba muerto como he dicho antes. Por eso no pude hacer nada.
Quizás me golpearan para dejarme impedido y utilizarme como cebo. Para luego sembrar de pistas mi casa y hacer que todas las sospechas recayesen en mí. Me robaron la cámara de fotos, mi diario y el cuchillo de la cocina. Pero se llevaron el carrete y arrancaron las páginas escritas. El hecho de que mis huellas estén en la empuñadura del cuchillo y sobre el cuerpo de la cámara y que mi letra se corresponda con los trazos invisibles que han quedado grabados en el diario no quiere decir nada. Por eso no pueden culparme. Yo les sentí, antes o después. Eran tres.
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