¡Qué haces aquí otra vez, desvergonzada! Me soltó sin mirarme a la cara. No se atrevió la vieja bruja. Ni ella ni ninguna de las otras que me miraban con las mismas ganas de decirme lo mismo, allá al fondo de la plaza todas las viejas, parapetadas tras la barandilla del locutorio, como un racimo de uvas pasas. Vestidas igual: zapatillas de paño negro, medias de lana negra, falda negra bien ceñida, camisa reventona negra, pañolón negro para tapar bien los cuatro pelos ralos que les quedan, blancos como sus caras de saco de harina. Hasta los mandiles los llevan negros, viejas viudas negras gordas y chismosas. Ahí estaba la Jacinta, apoyada sobre el caño de la fuente, con su mano macilenta y arrugada como la zarpa de un buitre. Aprovechaba el rumor cantarín del chorro escuálido del agua que llenaba con parsimonia su bidoncillo de cinco litros, para entreverar sus imprecaciones. ¡Cómo te atreves! ¡Qué descaro! Se remangaba embutiendo las magras blancas y flácidas de sus brazos entre la doblez de la camisa. Meneaba la cabeza y ahuecaba la nariz para agravar el gesto de repugnancia que por sí mismo ya tenía su cara de manera permanente. El bidoncillo que siempre parecía estar medio vacío. Y ella que continuaba con su perorata. ¡Mírate muchacha! El día menos pensado te cogemos de los pelos entre todas y te arrastramos por todo el pueblo y luego te arrojamos al pilón, bien merecido te lo tienes. Y quién te va a socorrer, ¿eh? Y la claque de viejas que asentían cada vez que la otra abría el pico, como si lo tuvieran ensayado. Yo, ni caso, con la cabeza bien alta, con mi cántaro apoyado en la cadera, haciendo caso omiso a sus palabras. Así que caigas enferma, cualquier día de estos, que tú no estás hecha para andar por los riscos de la sierra. Tú eres de la paramera. Tan remilgada. Qué harás entonces, dime. Quién te cuidará. Si te quedara un poco e vergüenza, te marcharías esta misma tarde. Deberías haberte ido cuando lo de tu marido. Está lleno la dije, por fin, cuando el chorro ya hacía rato que había colmado el bidoncillo. Se incorporó y con los brazos en jarras levantó la cabeza, mirándome con los ojos entreabiertos desafiando al sol que la daba de frente, como si quisiera dispararme desde el hoyuelo de su barbilla, y la verruga vellosa que tenía ahí mismo fuera el proyectil. No quise mirarla, de puro asco que me daba la vieja. Los cuatro pelos desmandados pegados a la frente, como empapada de lluvia; el sudor cayendo de detrás de las orejas, royendo las mejillas, y cayendo sobre sus pechos caídos. Yo ladeaba la cabeza, como abanicándome para disipar el tufo que desprendía la vieja. Ande tire, que el agua es de todos, la contesté. Y se marchó. Será de todos, y todos vamos a partes iguales, menos tú. Ya es el cuarto viaje que haces. Me respondió por detrás otra voz vieja y cascada. Era la Estefana. Ésta tenía un aspecto menos repugnante, pero tenía la lengua más suelta que todas las demás juntas. Anda, apártate, que ya que abusas del agua, déjame que llene yo primero. Que digo yo, que para ti sola, mucha sed debes pasar. Tanto te da el agua que yo beba, agua que no cae en recipiente, agua que se pierde, la contesté. Apartó mi cántaro del caño, y colocó su balde de zinc. El agua caía, cada vez más parsimoniosa, arrancando risotadas como de doncella en noche de bodas, mientras ella miraba con sonrisa complacida hacia las viejas, dándome la espalda, que ni se habían meneado de sus puestos. Lo que tiene una que aguantar repetía yo, aliviando el aire de mis pulmones, que me empezaba a oprimir. Claro, ahora me explico, tanta agua pal cuerpo, que luego no haces más que mearte por todas partes. Al menos, podías poner cuidao donde pones el trasero, que te podrían estar mirando, so guarra, que en este pueblo somos cuatro gatos, pero tenemos mil ojos. Cada comentario que hacía destilaba una burda socarronería mayor que el anterior. Después hacía una pausa, y terminaba con un ¡ea!. No me ayudes, puedo yo sola, dijo con sorna, colocándose el balde sobre la cabeza. Ni pensaba, repliqué. Cruzó la plaza cimbrando el cuello como una gallina clueca, derramando chorros de agua por los lados. Y tan hueca que iba la vieja. Por fin podía llenar mi cántaro en paz. Cuando apenas se hubo cubierto el culillo, el agua se cortó. ¡Maldita sea! Y en esas llegó la Margarita, la mujer del alcalde. Vaya por Dios, qué oportuno, farfulló para sí misma, mirando la pila de la fuente. Pues esperaremos concluyó girándose para mostrarme su gesto de suficiencia y así se quedó, como congelada por unos minutos, mirando de frente al sol, como si el sol fuera ella y el propio sol mi cara. Tras lo cuál me preguntó si iba a tardar en volver. Tú que vienes tanto lo sabrás. Y usted que es la alcaldesa lo debería saber mejor, le repliqué. Me despachó con un ¡ja! y volviéndose hacia el grupo de viejas chismosas, comenzó a canturrear. Esto si que no, me dije. Recogí de mala gana mi cántaro y regresé a casa. Total, tenía agua de sobra en casa. Media hora más tarde volví a salir. Ya habría vuelto el agua. Además estaba a punto de llegar el coche de línea de la capital. Con mi cántaro en ristre, con paso decidido y grácil, paseé mi figura donosa por medio pueblo, despertando chismorreos y comentarios maledicentes entre las brujas que se las veía descorrer visillos y cerrar puertas tras de mí. Y allí seguían como centinelas del purgatorio, arrebatadas de furia, la media docena de cucarachas pegajosas dispuestas a continuar con sus juicios y especulaciones malvadas y sus planes alevosos para tenderme emboscadas. Pues andáis listas. Todas juntas, ni cosquillas. A ver cuál es la próxima, me dije cuando coloqué mi cántaro bajo la boca del grifo del que se despegaba una gota un segundo sí y otro no. De aquí no me muevo. Lo que tarde. Así sea todo el día. Ninguna se acercó esta vez. El coche de línea hizo su entrada por el arco de la calle de la Iglesia. Bajaron los obreros de la fábrica de caolín, bajaron también los empleados del balneario, y no bajó nadie más, para mayor regodeo de las brujas que se habían arracimado en la parte trasera del autobús, estirando sus cuellos por encima de los destellos de los intermitentes, asomando sus jetas rijosas. Pues vaya. Qué te pensabas que iba a volver, ilusa. Me decía a mí misma, mi subconsciente mutado en una bruja más del lugar. No a todo el mundo le importa un bledo las habladurías. La gente tiene mucho que perder, menos yo que no tengo nada. Pues este viaje no lo hago yo en balde. De aquí no me muevo hasta que no se llene el cántaro.
Se hizo la noche. Poco antes me había ido a la cama. No valía con mis huesos, de tanto viaje a la fuente. Ni tiempo me dio para darle vueltas a mis cosas. Anda y que las zurzan a todas, fue lo último que pensé mientras buscaba la posición en la cama. Me di la vuelta y caí en un sueño profundo y vacío.
Qué te ha traído el día, hombre, le preguntó Margarita, la alcaldesa, a su marido, el Tomás, cuando entró en la cocina a la hora de la cena. Poca cosa, mujer, le respondió. No hubo más conversación. Hasta que cuando la Margarita secaba los platos, el Tomás rompió su mutismo. Hemos andado el Pitís y yo sondeando los pozos esta tarde. Mal va la cosa, mujer. A partir de mañana tendremos que dar el agua una hora lo más. No veo otra manera. Esperemos que para el Pilar empiece a llover algo. Si no, mal ojo se le pinta a la burra, mujer, ¡ea! Sentenció adoptando una mueca melancólica, de pie, junto a la ventana, siguiendo con la mirada el humo de la chimenea de enfrente. Parece que el Jacinto está asando chuletas. Se juntaban todos esta noche. ¡Bien está! concluyó su mujer mientras pasaba un paño húmedo a la mesa. Se sentó en el sofá a continuar la colcha de ganchillo que le estaba haciendo a su sobrina. Tan formalica mi Jesusa, pesaba mientras ejecutaba los puntos. Uno del derecho y otro del revés. Pues digo yo, mujer, que los tiempos han cambiado. La Margarita dio un respingo y se le soltaron varios puntos del ganchillo. Luego, con voz recia y mirando por encima de la montura de las gafas inquirió a su marido. Se puede saber a santo de qué me saltas con esas. Pues eso digo yo, qué a santo de qué vas enlutada todo el día, tú y toda la recua de viejas. Que ya hace diez años que se nos fue el Basilio. Mira la alcarreña, un mes clavado lo ha llevado. Tan flamenca ella, que da gloria verla. Santísima Virgen del Carmen. No te conozco Tomás, dijo la Margarita persignándose. Se levantó y se fue a acostar, sin más. Mañana me voy al cerro del fraile a amontonar leña, mujer. Dijo al hueco de la escalera. Ella no contestó. En fin, se dijo. A mí como si te ahorcas del pino más alto del cerro, se la oyó por fin antes de dar un portazo. En fin, volvió a repetir el Tomás.
A la mañana siguiente me desperté tarde. No sabría precisar la hora. Por lo ruidoso del aire que se sentía tras de la persiana, sería más de mediodía. Me quedé remoloneando en la cama un rato más. No tengo ganas de na me repetía cada vez que cambiaba de postura. Hoy toca tregua. A veces, estando del lado de la ventana, abría los ojos y echaba un vistazo al retrato de mi boda sobre la mesilla. El Jonás se me había ido dos meses atrás. En cambio, parecía mucho más lejano. Cerraba los ojos para sentirlo más cercano. En balde, se alejaba mucho más. Entonces me daba la vuelta y me veía en la penumbra reflejada sobre el espejo del armario, y se me hacía que aquello no había sucedido nunca, que no era yo la de la foto, y el Jonás no había sido nunca mi marido. De qué me habría yo casado con un gárrulo como ese. Bien empleado le estuvo despeñarse por el barranco. Quién le mandaba decirme aquella mañana que iba para la peña del Águila a echarle un ojo a los pastos. Nunca lo hacía. Martín es otra cosa, donde va a parar. Tan apuesto, y tan inteligente. Nada más verlo aquella mañana junto a la fuente señalando hacia el valle, por aquí irá la variante, aquí doblará para sortear la loma, por allá bajará para enfilar la vega, que no hacía ni falta que hicieran la carretera. Tan sólo escucharle una viajaba donde dijera. Por qué no vendría ayer.
Por orden del señor alcalde se hace saber, que a partir de mañana domingo, y hasta nueva orden solo se podrá coger agua de la fuente entre medio día y la una de la tarde. Eso, o que caiga el diluvio universal, que no paece. Al segundo cornetazo del alguacil me sobrevino de nuevo el sopor y me quedé traspuesta un par de horas más. Luego me levanté, comí algo y me volví a acostar. Y así estuve todo el día y toda la noche siguiente, levantándome y acostándome cada dos por tres. Abriendo y cerrando los ojos. Pensando en Martín y olvidando a Jonás. Solo Martín.
Cuando dieron la tercera salí con mi cántaro para la fuente. Hasta la salida de misa no darían el agua, pero aprovecharía para pasearme por el pueblo sin nadie que me malmirase. Tampoco habría nadie cuando llegase a y media el coche de línea. Hoy vendría, seguro. Trataré de escaparme durante la semana, pero no te lo aseguro. Sino, el domingo, fijo. Me había prometido la última vez. Todas las brujas estarían en la iglesia, en los primeros bancos, tan beatonas ellas, escuchando las sandeces del bobalicón de Don Matías. Alabado sea el señor que me permite ir a mi aire en su día.
Las brujas habían colocado en fila sus cubos, bidones, baldes, barreños, cántaros y botijos. Será posible, me dije. Brujas, más que brujas, han rebuscado por toda la casa y se han traído todos los cacharros que han encontrado. Hasta orzas de matanza habían puesto. Y latas grandes de aceitunas. Tanto me da. Yo he llegado la primera, a ver cuál de ellas me impide a mí que llene el cántaro. Las cojo de los cuatro pelos que les queden, una a una y las arrastro por torda la plaza, y una a una las tiro al pilón.
A y media en punto llegó el coche de línea. Vacío. Y vacío emprendió el camino de vuelta, por donde había venido.
Las campanas repicaron para señalar la salida de misa. El agua empezó a manar casi al mismo tiempo. Me levanté del banco junto al olmo y fui corriendo hacia la fuente. Las brujas comenzaron a llegar, tomadas de los brazos, de tres en tres, todas de un negro más negro que el habitual. Negro de domingo. Nada más verme comenzaron a despotricar todas al unísono. Me así con todas mis fuerzas al grifo de la fuente. Cuando el cántaro se hubo llenado, lo alcé y haciendo contrapeso con mi cadera izquierda, marché, con la cabeza bien alta, contoneándome con donaire. Ellas seguían, dale que te dale. ¡Descarada! ¡Desvergonzada! y otras cosas que no quise escuchar. Al pasar junto al olmo sentí un ligero vahído. Me apoyé en el banco, y noté que las fuerzas se me iban. El cántaro se deslizó y cayó al suelo, rompiéndose en pedazos. Me recosté como pude sobre el banco. Lo último que recuerdo es un insoportable dolor de cabeza y gotas de sudor frío que me brotaban de la frente. Como si me hubieran estampado el cántaro. Desperté en mi cama con una fuerte sensación de náusea. Martín estaba allí de pie, recortado contra la ventana, a contra luz, su silueta de contornos dorados era como una aparición angelical. El doctor Elías sentado sobre la cama, me tomaba el pulso. Cuando me vio abrir los ojos, me puso la mano en la frente. Mejor, sentenció. Luego se levantó, miró con resignación a Martín y se marchó.
Martín, por fin. Qué me ocurre. El permanecía impertérrito, en pie, distante, sin despegar los labios. Con la misma apostura con que aquella mañana había mirado al valle, pero esta vez como si su mirada no fuese capaz de imaginar la carretera. Esto no va a ninguna parte, concluyó. Sácame de aquí, mi amor. Llévame contigo, le supliqué. Lo tenías todo previsto, verdad. Y si te llevara conmigo a Cuenca, ¿cuánto crees que tardarías en dejarme? No digas eso, mi amor. Yo te quiero. Eso le dijiste al Tomás para que te sacara de tu pueblo, ¿no es así? A ti te quiero de verdad. En serio me quieres. Preguntó como quien se interesa por el tiempo. Claro que sí, mi amor. Contesté solapando mis palabras a su pregunta, incorporándome torpemente. ¿Cuánto? Mucho. Cuanto es mucho, insistió. Hasta matar, sentencié. Tómate esto. Me dio un calmante y un vaso de agua de hacía dos días. Le vi marchar sin más, cuando los párpados terminaron de ceder.
No salí de casa hasta el domingo siguiente. Toda la semana tuve náuseas. Apenas probé bocado. El agua me duró justo hasta el día de antes. Me puse aquel traje que llevaba el día de la fiesta de mi pueblo, cuando conocí a Tomás, que había ido a cortar pinos a la Alcarria. El mismo día que amaneciendo me pidió que me fuera con él a su pueblo, que me haría la mujer más feliz del mundo. Y yo, tonta de mí, le creí y viaje hasta aquí. En balde.
Tocaron la última cuando salía de casa, con mi cántaro apoyado en la cintura. Me senté junto a la fuente a esperar el agua, mirando hacia el fondo del valle. El padre Matías terminaba el evangelio. Aquel de vosotros que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.
Todavía no había terminado la misa cuando oí unos pasos que se aproximaban. Se detuvo a la distancia en que oía su respiración como si fuera la mía. La negra figura de la Inocente, la hermana de Tomás, que no había visto desde el día del entierro, se alzaba frente a mí, apretando con rabia los dientes, como el tronco de un árbol a punto de abalanzarse sobre mí. Le temblaba la mano derecha, como si la piedra que sujetaba le quemase la piel. Cerré los ojos. Entonces oí un crujido como de tejas rotas y después sentí que regresaba.
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