Supongo que he llegado a viejo porque anteriormente he sido menos viejo, joven, incluso alguna vez fui niño, pero de eso ya no me acuerdo. La verdad es que siento que siempre he sido viejo. El caso es que esto es lo que soy, por dentro y por fuera. A mí esos viejos que dicen que se sienten jóvenes, o peor todavía, esos otros que dicen que tienen un niño dentro, me dan vergüenza ajena. Lo mismo que cuando oigo en la tele a esos faranduleros decir que sus hijos son sus amigos. El sentimiento de vergüenza ajena es a mi estado senil lo que las nubes al cielo. Porque un cielo abierto es un cielo vacío, nada. La mente se despeja, luce el sol, el marco perfecto para volar con la imaginación y soñar. Dicen algunos horteras, suponiendo que quede alguno que no lo sea. ¡Mandangas! Lo mío es el suelo; la vida que se desarrolla por lo bajo. No me ha quedado otra opción. Con la ayuda de este trotamundos, así es como llamo a esta cosa de hierros ligeros con ruedas que me mantiene en pie, voy de aquí para allá, calle arriba, calle abajo, unos cien metros diarios, eso es todo lo que da de sí mi cuerpo. Jorobado como estoy como un campanero medieval, que no jodido, en qué otra cosa me podía entretener más que en los culos y las piernas de la gente. De ahí para abajo. Lo que está a mi alcance. Culos ya veo pocos, también es verdad. De esto si soy consciente: que he dejado de ver culos, al menos, tan habitualmente como lo solía hacer. Como si estos años atrás el tiempo me hubiera ido asestando hachazos en el vientre, hasta que mi espalda ha cedido hasta casi planear a ras del suelo. Otra manera de volar, ven. Y entre que soy poquita cosa y paticorto, entenderán que mi campo de visión se limite a lo que hay por debajo de las corvas. Si acaso algún culito de niño chico, las apretadas nalgas de una enana, el frágil aleteo de las falditas de las mozas. Estas son las cumbres de mi mundo. Lo que haya por encima poco me interesa, porque ya nunca podré verlo. Tampoco lo añoro. Puede que ustedes me consideren un pobre miserable satisfecho con su estrechez, al que no le queda más remedio que dejar de anhelar lo inalcanzable, incluso puede que sientan compasión de este pobre anciano maltrecho. No lo hagan, se lo suplico, créanme que no les envidio en absoluto. Andan ustedes muy equivocados en ignorar o despreciar las cosas que aquí abajo suceden. Al suelo se tiran papeles, envoltorios, colillas de tabaco; también se pierden anillos, se caen carteras, lazos, etc. Es verdad. Pero eso es lo de menos. Al igual que cuando un avión sobrevuela la ciudad y se ven los edificios, el entramado de calles, los parques y las plazas, todo tan claro y nítido que llegamos a comprenderla, incluso a ser conscientes de su pequeñez; de la misma manera, desde aquí abajo, entre los papeles, las colillas de cigarro y el polvo, se observan los cimientos de la ciudad, sobre los que se alzan, majestuosos como columnas de templos griegos, los pies y las piernas de la gente que pasa, que corre casi siempre, ¡ya pudiera yo!, ¡dónde irán con tanta prisa!, a veces se detienen, otras trastabillan y tropiezan, incluso se caen, entonces aparto la mirada porque no quiero verles la cara, ni siquiera sus manos. Sí amigos, aquí está el origen de la confusa madeja que enreda nuestras vidas, la que teje nuestra civilización. Y es tan grandioso.
Ahora que es verano disfruto con el cimbrar trémulo de las pantorrillas desnudas. Con ese reflejo brillante del músculo sobre el que gravita toda la estructura del cuerpo. Y cuando se rozan una pierna con otra, de esa manera, ya saben, es un espectáculo tan hermoso como un choque de galaxias. Créanme. Pero lo que realmente me fascina son los cruces de peatones. Yo ya no cruzo las calles. Al ritmo que van las cosas hoy en día sería atropellado enseguida. Prefiero quedarme junto al semáforo viendo como se aproximan la columnata caótica de piernas como tambaleándose en un terremoto, mientras los motores de los coches rugen, ansiosos por cruzar como pura sangres por una pradera de árboles recién talados. ¡Ah! El olor del caucho quemado de los neumáticos, y las ráfagas de humo que se disparan de los tubos de escape y me apalean el vientre provocándome un delicioso zarandeo. De vez en cuando, siento la tierna caricia de unas manos que se ofrecen para ayudarme a cruzar la calle. Deniego la oferta meneando la mano, como si dijera adiós. No sé hacerlo de otra manera. Se me ha olvidado hasta hablar. Aquí abajo no hace falta. Hay otro lenguaje. Las palabras que se deben intercambiar allá arriba, las percibo como rumor de tormenta. Conocen esa sensación de estar tumbado plácidamente en la cama una tarde de verano, con la ventana entreabierta, por donde se cuela el viento que barrunta el aguacero, y cuando cae uno se ha quedado traspuesto. Pues así es como me llegan los diálogos de la gente. A mi edad nada interesante me queda por oir.
Esta tarde ha llovido intensamente. Rara vez me sorprende en la calle la tormenta, trato de ser precavido. La lluvia me apena. No porque la humedad inflija mayor debilidad a mis huesos desgastados, sino que, al contrario, me hace sentir rehabilitado moralmente en un mundo a que no quiero pertenecer. Las calles se limpian de pisadas, de colillas, de papeles y demás porquería. Las baldosas bruñidas de la acera vacía y lo enlutado que resulta el negro del alquitrán mojado en las calles me pone triste. Es como si me sintiera reverdecer, adquirir lozanía juvenil. Como si el reuma de los huesos me hiciera sentir que estoy creciendo. Y eso no lo puedo soportar. Por una parte, me hace sentir vivo y quisiera no estarlo, porque sé que es pasajero; y por otra, la lluvia me enseña la cercanía de la muerte, que tanto añoro sobre el suelo seco, y que con el suelo mojado, esa visión me hace detestarla. El estado contradictorio de mi mente cuando llueve, me hace caer en la cuenta de que mi postura encorvada en ángulo recto es la ideal para apreciar la vida, y la muerte como parte esencial de aquélla. Una y otra están tan solo un grado por encima o por debajo. No pertenezco a ninguna. Mi destino está en manos de la barra de hierro de mi trotamundos. Mientras resista, la vida ganará. El día que quiebre, habrá triunfado la muerte.
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