Entonces me quedé en blanco. No sabría decir por cuanto tiempo. Tampoco cuando sucedió. Creo que andaba por casa  no sabría bien decir si pensando, escribiendo, escuchando la radio, fregando los cacharros, o regando las plantas mientras rezaba porque no se me secaran otra vez.. Alguna de esas cosas, eso es casi seguro. Pero la incertidumbre es lo que me angustia. No saber contestar de una manera fiable a las cuatro o cinco  preguntas elementales.

Se fue la luz, de repente. Y un momento esencial quedó suspendido en alguna parte del tiempo, del espacio. En la nada. Eso fue todo. Ha sido la soledad pensé ¿cuando? Luego, por decir algo. Mucho después, quizás. Ahora, ¿por qué no? Pero fue el primer pensamiento. Nunca alcanzaré a comprenderlo. Pensé más tarde. Y esto si que fue después. A partir de la soledad viene todo lo demás. Sea lo que sea. Puesto que la soledad es una superficie inabarcable donde se despliega cualquier cosa, menos lo absoluto que no cabe en ninguna parte, tan sólo se manifiesta, como cuando me quedé en blanco. En ese momento, por llamarlo de alguna manera, aunque no sea preciso, supe, tampoco el tiempo es el adecuado, ninguno lo es, que nunca comprenderé lo que significan las palabras. Por ejemplo, creía saber lo que era la soledad. Un estado en el que te sabes muerto en medio de vivos. O al revés, eres el único superviviente rodeado de cadáveres. Tanto da.  Adán expulsado del paraíso. El último tras el apocalipsis. Y no. Siempre quedará por vivir aquello que te sitúe frente a algo que te hará decir. No. Esto otro es la soledad.

Lo que pensé entonces, ya no es válido. Y vale para la soledad todo lo que se nos ocurra durante la soledad misma: los anhelos, los recuerdos, las esperanzas, los proyectos, el amor, la historia. Cuántas cosas. Todas. El diccionario completo. Y todas las combinaciones  posibles de todos sus registros. Y si nos fuera posible realizarlas todas, jamás llegaríamos a aprehender el absoluto. Ni por asomo.

Un perro ladra bronco en la noche, asomado al abismo. Es el miedo. No. Oigo a un niño llorando al otro lado del tabique. Le falta su madre. Tampoco. El viento menea con suavidad la hoja de la ventana en una tarde apacible. Barrunta la tormenta. Quizás. Un plato cae al suelo y se quiebra en mil pedazos al sacarlo de la alacena. Es el hambre. Qué va.  Más tarde sabremos que no era cierto, porque creemos haber encontrado una definición más acertada de la palabra buscada. O una palabra más exacta para la definición que teníamos. Atajos todos para llegar al absoluto que se aleja más y más, mientras nos acercamos.