Aquel año, no hubo día en que los cronistas dejaran de señalar que iba a ser histórico. Cualquier causa servía. Siempre se batía un nuevo record. Un día cualquiera de invierno las temperaturas habían sido las más bajas del siglo, cuando no de toda la historia. Luego llegaría el verano en que jamás había hecho tanto calor. Hasta la noche de San Juán, la más larga del año, aquel año duró todavía más, nunca lo había sido tanto. Fue un año de muchas inauguraciones. Se abrieron los túneles más kilométricos de toda Europa, las estaciones que habrían de acoger más pasajeros, se levantaron los rascacielos más elevados y los centros comerciales de más extensión, a tanto habían llegado nuestras ansias de consumo. Además, las vidas perdidas en la carretera superaron todas las estadísticas, así como las cifras de vandalismo, los maltratos y los crímenes más abyectos fueron perpetrados también aquel año.
En medio de semejante océano de cifras inabarcables, poca importancia tenía que Benita del Corral, un día, que por ser un día de aquel año habría de ser histórico por cualquier razón, no bajara esa mañana a la panadería a comprar sus dos barras de pan blanco, pues había decidido eliminar de su dieta este alimento. Y sin embargo, para los vecinos del barrio, contagiados del afán exagerado de convertir los hechos minúsculos en acontecimientos históricos, se trataba algo sin precedentes que, sin duda, marcaba un antes y un después.
Benita había enviudado hacía más de cinco años. Su marido, Jesús Fuentes, “El Maño”, hacía ya tiempo que había pasado a la historia. Fue una mañana, un año en que no se recuerda que ocurriera nada histórico, cuando al ir a por el pan, se lo encontró despanzurrado en el rellano de la escalera. Crescencio Fuentes, que así es como se llamaba en realidad, hecho que no se desveló hasta el día de su entierro, había sido un hombre trabajador, había dicho Don Damián en la homilía. Nadie recordaba cuál había sido su oficio. En realidad, en aquel barrio de ancianos, pocos recordaban a qué se habían dedicado sus vecinos. Más bien, se les conocía por el vicio o manía que terminaría con sus vidas. Victoriano, el marido de “La Chispi”, tenía un huerto en la glorieta que habían levantado en el cruce entre la calle Zaragoza y la avenida de Burgos donde plantaba tomates y patatas. Fue atropellado por un camión cisterna una tarde en que cruzaba con el cesto cargado. El señor Eungenio, viudo de la señora Eungenia, era aficionado a rebuscar en la basura. Una noche se cortó con los hierros oxidados de un viejo somier que transportaba sobre la espalda, y murió desangrado. Era hemofílico. El señor Gervasio, solterón sexagenario que se había juntado recientemente con “La Mosca”, pasó sus últimos días tratando de demoler las ruinas de un antiguo horno de ladrillos, cansado de ir durante semanas, todos los días al ayuntamiento a pedir que hicieran allí un parque para los nietos de su compañera, que ahora eran los suyos también. Una tarde se subió a lo alto de una tapia, pues había llegado a la conclusión de que era más fácil derribarlo desde lo alto, y al quinto mazazo cayó descalabrado entre sillares abatidos. Por poner tres ejemplos insignificantes, para que se hagan una idea.
Jesús o Crescencio, «El Maño», tan sólo se dedicaba a echar la partida de mus en el bar Kibi, trasegando chatos, con las cuatro perras que le sisaba a la Benita, la cuál se había granjeado la fama de agarrada, aunque ella se justificara diciendo que para vino ni un duro. También tenía razón cuando decía que para agarrada la señora Pilar que se iba a la otra punta de Guadalajara para comprar la lejía en el Galeprix que la daban a peseta más barata que en el barrio.
Al final de cada tarde, regresaba “El Maño”, haciendo eses por el portal canturreando canciones militares del bando republicano. El nivel de alcohol podía medirse según fuera un piso por encima o un piso por debajo donde realizase varios intentos para introducir la llave en la cerradura. La noche anterior a su muerte había tenido bronca con el señor Gonzalo, el del piso de abajo. Le había sorprendido cuando se disponía a tirar la basura. “El Maño”, al verlo alzó su puño derecho y con voz gangosa comenzó a entonar la internacional. Lo cuál, al señor Gonzalo, que era el único interventor acreditado de la Falange Española que quedaba en toda la provincia, le pareció una provocación inaceptable. ¡Comunista de mierda! le espetó, agarrándole del pescuezo y elevándole una cuarta por encima del suelo. Empresa poco costosa dado que el señor Gonzalo era un hombre corpulento, todo lo contrario de «El Maño», cuya dieta era a base de chatos de vino, pipas y cortezas (come menos que un gorrión decía mi madre), apenas frisaba los cuarenta kilos. Los detalles de la trifulca los narró en la crónica diaria de la escalera, la señora Carmen, que siempre tenía la puerta de la calle entornada para que entraran sin llamar los rumores de la escalera. Además poseía un finísimo oído que captaba los ecos ahogados de los secretos mejor guardados tras los tabiques, como un zahorí encuentra aguas subterráneas.
Este hombre me va a quitar la vida. Decía quejumbrosa cuando en la panadería abría el monedero para pagar y comprobaba que le faltaban veinte duros. Los que se gastaba el maño en chatos. Los primeros. Los siguientes los pagaba con lo que se había ganado en el mus. Porque a buen jugador no le ganaba nadie, con lo que sus perrillas para ir bien entonado a casa se las ganaba con facilidad. Aquella tarde le había salido la real, con lo que se dio la juerga padre. Esa fue su perdición. Si no, hubiera subido hasta la casa de la señora Justa, que estaba como una tapia, y la cosa no hubiera llegado a mayores. No se le habría ocurrido salir tan temprano de casa al día siguiente, con la intención de ponerle un petardo bajo la puerta al señor Gonzalo (se va a enterar ese puto facha, se decía) y resarcirse de la humillación de la noche anterior. Habría salido más tarde, cuando ya la señora Carmen habría fregado la escalera y el suelo estuviera seco.
La señora Benita, que siempre había sido una señora entrada en carnes, tras la muerte de su marido se había abandonado y llegó a engordar más de treinta kilos. De hecho, en el camino de la panadería a casa, piquito a piquito, devoraba una barra entera. El día en que en la panadería se la echaba de menos, ella discutía con su hija en la cocina. Con qué cara me presento yo ahora en la panadería. Le decía a su hija, que le acababa de confesar que se había quedado embarazada, hecho que ya era evidente para medio barrio.
No se volvió a comer pan en casa de la señora Benita hasta el día en que se encontró a su nieta gimoteando en la cocina. ¿Abuelita por qué no se come pan en esta casa? Esa misma tarde la señora Benita decidió que era hora de romper la cuarentena. A la mañana siguiente, regresaba ufana de la panadería, con tres barras de pan en la bolsa, mientras, piquito a piquito, no paraba de masticar la deliciosa miga del pan blanco. A pesar de tratarse de un hecho de nuevo histórico en el barrio, esta vez, nadie pareció prestarle la debida atención. La señora Carmen fregaba el portal, mientras canturreaba, cambiando a su aire la letra de las coplas que sonaban por la radio de la Justa, a todo volúmen. En el Kibi, los jubilados echaban la partida mientras trasegaban chatos de vino con el dinero que le sisaban a sus esposas. En la panadería se despachaba pan entre los chismorreos de la mañana, a los que se sumó la señora Benita, después de tantos años, como si no hubiera dejado de hacerlo nunca. El señor Gonzalo, tras cerrar la puerta con cuatro vueltas de llave, se guardaba el llavero de la bandera de España en el bolsillo, y salía a comprar el periódico con sus gafas oscuras, la boina calada hasta las orejas, fumando en pipa, renqueante y carrasposo. La señora Pilar subía por las escaleras, cargada con dos bolsas llenas de botellas de lejía del Galeprix, jadeante y desinflándose entre ayes en cada descansillo. Un camión cisterna circulaba con sigilo por la glorieta del cruce entre la calle Zaragoza y la avenida de Burgos, y en el lugar en que otrora se levantaba un horno de ladrillos las excavadoras allanaban el terreno donde se levantaría un parque. En la parroquia del barrio Don Damián enterraba a Jacinto, un hombre trabajador.
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