No quiero volver a tener ese sueño. Por eso no puedo quedarme dormido. Sé que si me rindiera al cansancio, en ese momento moriría. Y, aunque a veces pienso que sería lo mejor, hay algo dentro de mí, que inexplicablemente se resiste.

Duermo por el día. De día no sueño. Sólo la noche me hace soñar. La oscuridad, la calma y el misterio de la noche pueden conducir a cualquier parte. Solo yo sé que solo conducirían a una si me durmiera de nuevo. No habrá próxima vez.
Me paso la noche en pie, caminando por la casa, de un lado a otro, asegurando que todo esté dispuesto para que no quede rincón  por el que pueda colarse siquiera un resquicio de penumbra: las persianas bajadas, las cortinas corridas, todas las luces encendidas. Tampoco quiero silencio. Dejo un grifo goteando. Con eso me basta. Cualquier otro ruido me distraería. No debo pensar en nada. Los espejos los he quitado. Me da pánico solo pensar que pudiera verme reflejado, tras tanto tiempo sin salir de casa, sin descansar, ver lo demacrado que debo de estar, los ojos hundidos y ojerosos, el pelo crecido y descuidado, canoso, tan viejo seguramente. No, eso me llevaría a ese sueño directamente, sin tener que quedarme dormido.
Los muebles los he tapado con sábanas limpias. Las cambio cada día. No sé muy bien por qué. Es como un rito preparatorio que inicio al atardecer, y aunque parezca absurdo, no veo el motivo de dejar de hacerlo.

Aquel día tardé en quedarme dormido. El bufido del viento golpeaba la persiana con insistencia, parecía que trajera un visitante perseguido que quisiera refugiarse en mi habitación a toda costa. Los perros afuera ladraban desesperadamente, como si anunciaran su propia muerte. Di tantas vueltas, que mis sábanas remedaban la orografía de un choque de placas. Antes de cruzar el umbral del sueño, todo signo de vida salió de mi cuerpo: inconscientemente me hice de vientre y oriné, después eyaculé. Sudé hasta quedar exprimido. En algún momento tomé la daga que escondo bajo la almohada y me asesté tantas puñaladas como hicieron falta hasta quedar exangüe. El tiempo se detuvo cuando quedé sepultado bajo el caparazón costroso de mis propios fluidos orgánicos, una vez solidificados. En el revés un espejo, en el que me miraba eternamente, que reflejaba mi cuerpo, reducido a huesos, blancos y esbeltos.